CARTAS MARCADAS (I) • RANCHEROS (Sofía 1)
(VERSIÓN 1.0-CRUDO)
Por Rebelde Buey
Estas y otras cartas privadas pertenecen a la Biblioteca y Centro Cultural de Alce Viejo. Correspondencias como ésta, así como oficios legales, testamentos y todo tipo de registros privados son hallados regularmente en casas antiguas o demoliciones, ocultos en baúles y cajones con dobles fondo, y donados por la gente a esta institución pública para gestionarlos como registro universal de las costumbres, idiosincrasia y don de gente del pueblo.
Este blog tiene el honor y el privilegio de haber sido elegido para publicar por vez primera algunos de estos imprescindibles documentos que son testimonio de la historia viva y real no solo de Alce Viejo, sino del mundo.
Leé primero las cartas anteriores:
01. Carta 01.
02. Sofía a Coriolano — Respuesta 1
Alce Viejo
22 de marzo de 1930
Coriolano, amor de mi vida:
Recibí tu carta y la leí tantas veces que el papel ya muestra las huellas de mis dedos. Cada palabra tuya es un bálsamo, aunque también me recuerda lo lejos que estás y cuántos meses aún nos separan. Cada noche rezo por tu salud y por que el camino te sea leve, y cada mañana despierto con el corazón encogido al ver la cama vacía a mi lado. Esta separación es la mayor prueba que el Señor ha puesto a nuestro amor, pero la sobrellevo pensando que todo es por nuestro futuro.
Los vecinos han cumplido fielmente lo acordado, mi cielo. Cada tarde y cada noche, uno diferente pasa a ver que yo esté bien, y debo decirte que se han mostrado extraordinariamente solícitos y mucho más atentos. Incluso más que cuando tú estabas aquí. Quizás sea porque me ven ansiosa —y lo estoy, Coriolano, terriblemente ansiosa sin ti— y esta ansiedad que me produce tu ausencia se manifiesta en agitación al respirar y pequeños temblores constantes en mi pecho que… bueno, hace que el escote de mis camisolas se estire y se abra un poco, mostrando algo más de lo que debiera. Es por la ansiedad de tenerte lejos, estoy segura. La ansiedad hace ver a mis pechos más prominentes de lo que son. Yo creo que eso les preocupa a nuestros buenos vecinos, porque se quedan mucho tiempo mirándomelos subir y bajar por la respiración, a través del escote. También me hablan con más dulzura, y hasta me toman de la cintura para ayudarme a entrar a la casa o sostenerme en una silla o escalera cuando busco algo en una alacena alta. Son gestos de caballerosidad que yo aprecio, ahora que estoy sola y más vulnerable.
Respecto a lo de Motongo, tu decisión me ha dejado un poco dolida, Coriolano. Creí que con mi explicación y tu posterior perdón se había enterrado el asunto. Al menos yo me había enterrado lo de Motongo, no sé por qué tú no. Ya te dije que cuando me encontraste en el granero, el pobre hombre había sido picado por una abeja en un lugar… bueno, ya viste dónde, en su miembro. Todos saben que yo hice el curso de primeros auxilios de la Cruz Roja Cristiana y se hubiera visto poco misericordioso que yo no lo salvara.
Sé que se veía mal cuando entraste en el granero y me viste arrodillada frente a él, con mis dos manos sosteniendo su enorme y gordo miembro inflamado (los hombres brutos como ustedes le dicen verga, ¿no?), y él agarrándome la cabeza desde arriba con una mano... Pero era la zona afectada, ¿qué otra cosa podía hacer sino intentar desinflamarlo? La única manera de sacar el veneno es chupando la pus blanca y ponzoñosa de las abejas en el órgano afectado, como se hace con las picaduras de víbora. Por eso tenía todo eso gordo, duro y palpitante en la boca. Fue un acto de caridad humana.
Comprendo que te pudo parecer inapropiado porque no hay otra manera de deshincharlo que no sea como me viste hacerlo, y me mortifica tanto como a ti pensar que se corrió el chisme en el pueblo, sobre que tú eres eras un cornudo y todo eso. Pero nadie se hubiera enterado si tú mismo no hubieses hecho semejante escándalo por una tontería médica. En fin, de todos modos, los rumores desaparecieron en cuanto nos casamos, así que quédate tranquilo. El único que te sigue diciendo cornudo es Motongo, pero de resentido porque tú confundiste todo aquel día y no le permitiste que yo terminara de bajarle la inflamación.
Así que nadie piensa en eso. Si los vecinos creyeran semejante cosa, ¿acaso pasarían por el rancho con tanto esmero? No, mi bien, ellos te respetan y saben que tienes una esposa decente.
Y hablando de los vecinos, la otra noche me asusté terriblemente. Estaba revisando la gotera de la habitación de huéspedes que no arreglaste antes de irte. Escuché ruidos afuera y pensé en los cuatreros. Salí corriendo al porche en mi camisón de dormir —ya sabes, el de algodón fino casi transparente y con los tirantes delgados— y allí estaba Don Rapiña, que justo había venido a verificar que todo estuviera en orden. Me vio así, con tan poca ropa, y yo sentí una vergüenza terrible. Porque además de estar tan poco decente, ahí me di cuenta que el agua de la gotera me había salpicado el camisolín en los pechos y se había puesto prácticamente transparente. ¡Qué horror! ¡Qué bochorno! Con el agua y el viento de la noche los pezones no solo se hicieron visibles sino que se me pusieron duros, como en nuestra luna de miel. Por suerte el bueno de don Rapiña, que es todo un caballero, enseguida vino a cubrirme y cerrarme el escote.
“Señora Sofía, por el honor de su marido”, me dijo, y llevó su mano a la botonera del escote para cerrarlo, pero con tan mala fortuna que, en ese momento, por mi propia nervios, me moví hacia él y su mano se coló entre la tela y tomó mi pecho con su mano abierta completa. Ay, Coriolano, si vieras lo apenado que estaba el pobre hombre. Quiso retirar la mano, por supuesto, pero estaba nervioso, como yo, que también me quería zafar, y en ese vals de magreo la mano iba y venía sobre mis pechos, y como yo ya venía con los pezones duros como un roble, sin querer el bueno de don Rapiña me tomó la tetina con dos dedos y lo estrujó con suavidad, sin querer. “Ay, señora Sofía”, no paraba de repetir. Yo estuve ruborizada —peor que un pimiento— los dos o tres minutos que no lográbamos desenganchar los dedos de dentro del escote. Por suerte el vecino estuvo despierto y se ayudó con la otra mano. Así que, por un instante, nada más, me magreó con ambas manos, pero solo para zafarse de ese momento tan embarazoso.
Te suplico perdones a don Rapiña por este pequeño desliz involuntario, pues mi corazón solo palpita por ti, no es que la soledad me confunde. De modo que no te preocupes, mi amor, pues esperaré casta tu regreso.
Por último, debo comentarte que los arreglos pendientes empeoran. Además de la gotera, la llave del granero sigue sin funcionar bien y la ventana de la cocina no cierra del todo. Pero no quiero abusar más de la bondad de los vecinos, ya hacen demasiado estando conmigo dos veces por día. Aunque Don Rapiña, anoche después del manoseo, insistió en que no dudara en contar con él para cualquier cosa, a la hora que fuera, especialmente de noche. Es un buen vecino.
No te preocupes por mí, mi bien. Sigo tus consejos y rezo cada noche por tu pronto regreso. Prometo esperarte incansable y recatada, como corresponde a una esposa que solo respira para su marido.
¡Que Dios te traiga pronto de vuelta a mis brazos!
Tu devota esposa,
Sofía
(La respuesta de Coriolano, pasado-mañana lunes)
NOTA: Al final de la seguidilla de cartas publicadas, todo se compilará como un solo relato (o dos, depende de la extensión) y copiaré los comentarios de los que quieran participar.
CARTAS MARCADAS será una serie de historias y personajes distintos cada vez. Hoy es el turno de Sofía y Coriolano. Posiblemente la serie de cartas que le siga a esta serie de cartas sea entre Julieta y Octavio, de EL FARO, el spin-off de LA ISLA DEL CUERNO. Y hay un par más de historias en el baúl.
— Versión 1.0 (00/00/26)
(c) Rebelde Buey
Lo que en verdad pasó en la puerta de la casa con don Rapiña:

1 COMENTAR ACÁ:
Me gusta mucho la idea de las cartas y aunque si las partes son cortas no decepciona el contenido. Me gusto mucho el video en ai al final de esta parte, espero que puedas hacerlo tambien por las otras.
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