viernes, 23 de diciembre de 2011

Éramos Tan Pobres (II)

ÉRAMOS TAN POBRES II
Por Rebelde Buey


5.

El Joselito pensó que aunque se habían gastado todo lo que tenían en ropa interior de la fina para ella, al menos le quedaba el consuelo de disfrutarla. Si su mujercita había comprado todo eso era porque le estarían viniendo por fin las ganas.
Pero pasó el domingo y la Yésica nada de nada. Qué raro, había comprado tanta ropa y ahora no la usaba. Se imaginó el Joselito que la estaría guardando para el otro sábado. El sábado parecía el día destinado a que la ella le hiciera los favores maritales.
Cómo se equivocó. Porque el martes a la mañana, mientras ella se cambiaba frente al espejo para ir a trabajar a lo de don Brótola, la descubrió poniéndose una tanguita blanca con encaje, de esas nuevas y tan lindas. El Joselito no entendió al principio.
—¿Hoy te quedás en casa?
La Yésica se sobresaltó, no se esperaba la aparición de su marido en ese momento.
—No, no podemos darnos el lujo de faltar al trabajo.
—¿Vas a trabajar así con esa ropa, estás loca…?
Titubeó un segundo la Yésica y luego se la empezó a sacar.
—Me la estaba probando para ver cómo me quedaba… Para usarla esta noche con vos, tontito.
La alegría desbordó de tal manera al iluso Joselito que se olvidó por completo de la actitud un tanto sospechosa de su mujer.
—Andá para lo de don Brótola que ya es tarde —le ordenó ella a su marido—. Yo voy atrás tuyo en cuanto me cambie.
Pero a la noche, la Yésica no quiso hacer nada con el Joselito. Estaba muerta, de cama. Se notaba que don Brótola la tenía con el lomo doblado porque la pobrecita venía siempre como si la hubieran fajado.
Sin embargo, quizá por desconfiado, quizá porque ya se olía algo feo, el Joselito fue a curiosear al canasto de la ropa sucia. Y allí la encontró: la tanguita de encaje blanco que la Yesi se debía sacar estaba allí, bien abajo, como si la hubieran ocultado entre las demás ropas. Tuvo el impulso de olfatearla, no de depravado o asqueroso, sino de desconfiado. Es que esa misma tarde, la siesta había sido más larga que nunca en lo de don Brótola, y la Yésica había desaparecido en consecuencia. Como siempre, no lo dejaron entrar a la casa ni para mojarse con agua. El Joselito se angustió, no le terminaba de cerrar todo eso de que no lo dejaran entrar, pero tampoco quería enfrentar a su mujer y mostrarse receloso. Seguramente todo era una mal entendido y no quería ser el desubicado que lastimara a la Yesi, que encima estaba embarazada y trabajando más que él para parar la olla.
Decidió morderse la lengua y esperar a ver qué decía ella en esos días.
A la mañana siguiente, justo antes de ir a lo de don Brótola, el Joselito entró al baño y encontró a su mujer poniéndose otro de los conjuntitos sexis que había comprado el sábado. La Yésica se había calzado una tanguita mínima que se le enterraba entre las dos nalgas y le hacía el culo más querendón que nunca. Por encima de esa prenda llevaba un culote, un especie de pantaloncito demasiado corto, cavadísimo, negro y semi transparente, que obviamente no le tapaba la tanguita, al contrario, la resaltaba, porque además el culote era de tiro bajo y entonces la tanguita también sobresalía por arriba, lo que la hacía parecer muy pero muy puta, como las putas de la ruta.
El Joselito se enamoró de tal manera que se le abalanzó a su mujer con desesperación.
—No seas pesado, Joselito, que tenemos que ir a trabajar.
El pobre Cristo rogó y llorisqueó como una criatura, mendigando un poco de lo que hasta el cura que los casó dijo que le correspondía.
—Dejame tocarte un poquito, mi amor… Aunque sea un poquito la cola… —y la manoseaba desesperado, como un pajero.
La Yésica solo le permitió ayudarla a ponerse el corpiño del conjunto y no dijo nada cuando su marido, pícaro él, le sobó de contrabando uno de sus pechitos. El Joselito entonces se ofreció para ponerle la calza y ella casi se le rió por la cara de desesperado que llevaba. Le aceptó la ayuda, sabiendo que con la excusa de la ropa ajustada le manosearía la cola en cuanto pudiera. Y así fue, se le arrodilló detrás y le subió la calza que se le pegaba a ella como una segunda piel, y el Joselito con la cara pegada a su cola, babeaba de calentura reprimida, mientras le subía la prenda y el culo fabuloso de su mujer se le desbordaba en su narices.
—¡Vamos, que don Brótola nos va a matar! —dijo ella, sabedora de que su esposo estaba totalmente al palo.
El Joselito acomodó con disimulo su pijita, doblada, incómoda dentro del pantalón, y salió detrás de su mujer rumbo al trabajo.



6.

La de la siesta era la mejor hora para la Yésica. Era cuando entraba a la habitación de don Brótola y el viejo la usaba como quería y cuanto quería. Se apuraba a terminar de limpiar lo que le quedaba de la cocina o del lavadero, para ir más rápido y aprovechar más tiempo. Es que don Brótola era todo lo que su fama decía y mucho más. No era solamente el terrible vergón que portaba con soberbia. Era un viejo hijo de puta que la sojuzgaba y la sometía a todo tipo de caprichos, que le llenaba el vientre de verga y la cabeza de ideas raras y morbosas. Ya le había ordenado que al Joselito lo deje coger solo una vez por mes, y que en cuanto la panza se hiciera grande, ni eso. Que el único macho que se la iba a gozar iba a ser él. Y la Yésica, nunca supo por qué, nunca le interesó saber por qué, le dijo que sí, como le decía a todo. Le dijo que sí para que la siga llenando de pija.
Era un viejo morboso, se la cogía acariciándole la pancita todo el tiempo, y regodeándose con los cuernos que le estaban metiendo al pobre Joselito. Seguramente disfrutaba sabiendo que mientras él le cogía la mujer, el otro infeliz estaba en su parquecito trabajando al sol para él. El viejo le acababa litros de leche a la Yesi, y le acababa adentro y sin condón. Total, decía, vos estás embarazada y no es que vas a tener mellizos.
Y así la Yésica se dejaba inundar. De verga, de leche, de morbo. El viejo le acababa adentro y siempre se lo dedicaba a su marido: “Esta leche es para el Joselito, Yesi… Toda la lechita para el Joselito…” Y de tanto morbosearle la oreja, la Yésica se fue morboseando también, y empezó a disfrutar de esas extravagancias de don Brótola.
Ahora el viejo la tenía arriba suyo y frente a él, sentada en su pija, cara a cara. La tenía de la cinturita, como le gustaba, y la levantaba y bajaba sobre él para clavársela más a fondo. La Yésica transpiraba como una esposa sorprendida con su amante, y lo tomaba al viejo de la cabeza, que el muy turro hundía con hambre en sus pechitos.
Y la Yesi, como siempre…
—Ay, don Brótola, qué pedazo de pija… Ay por Dios…
Y don Brótola, como siempre…
—Ay, Yesi, qué pedazo de puta… Si supiera el Joselito…
Y ella se calentaba más. El viejo le aumentaba la presión sobre su pelvis, entonces la Yésica comenzaba a agitarse más y más y a subir la intensidad de sus jadeos y grititos, y don Brótola ya sabía lo que se venía.
Aceleraba la serruchada y trataba de clavársela lo más hondo posible, así su putita comenzaba a gritar, y don Brótola le tapaba la boca con la mano.
—¡Shhht, chiquita! Que el cornudo te va a escuchar.
Y esto solo aceleraba a la Yésica, que empezaba a orgasmar entre gritos ahogados por la mano.
—Mmmmfffgg…
—¿Estás acabando, chiquita…? —preguntaba el viejo, como si no supiera. Tenía a la mocita pegada a él, cara contra cara, separados solo por su mano que le ahogaba el grito de orgasmo. La Yésica asentía con la cabeza y se iba en medio del polvazo—. Acabá, chiquita, acabá para el Joselito… —y ella se calentaba más—. Acabale así, llena de verga como estás ahora, dedicaseló…
Le sacaba la mano para que acabara gritando:
—Para vos, cornudoooh… Ahhhh… Para vossss… Ahhhhh…
Y el viejo, contento y caliente, la hundía a ella desde sus hombros, enterrándole la verga hasta lugares la Yesi no sabía que una pija podía llegar.
—Así me gusta, putita… —le jadeaba el viejo en el oído—. Que seas agradecida y respetuosa de tu marido…
—Ahhhh…. Sí…. Para vos, Joselito, toda esta verga clavada adentro es para vossss… mmmmmssssíii…
Y se la seguía garchando. Y la Yésica podía seguir acabando. O no. Dependía a fin de cuentas de las burradas que se le ocurrieran al viejo. Esa tarde la tenía remachada a su verga, la empujaba hacia adentro más y más, y ella se sentía literalmente rellenada de pija. Estaba dedicándole otro orgasmo a su marido cuando desde el pasillo se escuchó la voz del cornudo.
—Yesi… ¿estás ahí…? —Era un susurro, pero bien claro—. Yesi… ¿dónde estás, mi amor…?
Ella se quedó quieta. Don Brótola siguió bombeándola como si nada.
—Es el Joselito, don Brótola —le murmuró—. Aguantesé un cachito que lo despacho y me sigue dando.
Se salió del viejo, se puso una remera y fue a abrir la puerta de la habitación.
Ahí adelante estaba el Joselito, todo transpirado y sucio, ya sin los guantes de trabajo. Se le notó la sorpresa al pobre cuando la vio salir de la piecita, y sus ojos casi se le salen cuando la notaron solo en remera, sin nada abajo más que una bombachita y los soquetitos blancos.
—¡Yesi! ¿Qué hacés así?
—¡Shhht! —lo retó ella, tapándole la boca—. ¡Que don Brótola está durmiendo!
El Joselito estaba más confundió que de costumbre. Igual obedeció y le increpó en un susurro:
—¿Por qué salís desnuda de la pieza de ese viejo sinvergüenza?
—¿Cómo desnuda? ¡Si estoy con la remera puesta!
—¡Y sin nada abajo!
—Entré a buscar algo de ropa seca…
—¿Te mojaste otra vez? —El Joselito no parecía convencerse.
—Sí, no sé qué me pasa, creo que don Brótola me pone nerviosa, cada vez que se me acerca termino toda mojada. Igual, antes que se despierte de la siesta me voy a poner decente.
El Joselito se conformó, o quizá su nivel de concentración frente a su esposa en bombachita no era la más sólida. Sonrió estúpidamente y le toqueteó los muslos desnudos con gula de pajero.
—¡Ya sabés que no tenés que estar acá mientras don Brótola duerme la siesta!
—La puerta de atrás está cerrada. Me tenés que abrir por adelante.
La Yésica se quitó el manoseo de encima con cierto desprecio. Fue hacia la puerta que daba a la calle, con su marido atrás, que no lograba despegarle los ojos de la fabulosa cola y de la bombachita blanca enterrada entre sus nalgas, cubiertas ni siquiera a medias por la remera de algodón. El Joselito se fue al palo en el acto, las caderas bamboleándose sensualmente, esa cola que ya conocía bien moviéndose hacia acá y allá, esas redondeces, esa piel que él ya sabía era tan suave. ¡Todo ese pedazo de hembra solo para él! ¡Qué suerte tenía!
—¡Mi amor, estás hermosa! —le gritó siempre susurrando, y se le acercó cuando ella iba a abrir y la tomó de atrás con las dos manos, de las nalgas. El solo tocar esa cola perfecta y exclusivamente suya le hizo largar una gotita de semen en el calzoncillo—. Hagámsolo, Yesi. Aprovechemos ahora que el viejo está dormido.
—¡No seas degenerado, Joselito! —lo retó con el ceño fruncido y la voz dura—. Ya sabés que en la semana no me gusta… A vos te toca el sábado a la noche… Además, en esta casa a mí me pagan para otra cosa, no para hacerlo con vos.
Pero el Joselito estaba desesperado, y ya se había echado abajo, así de caliente iba.
—Mi amor —le dijo arrodillado entre sus piernas—. ¡Estás mojadita! Apenas te toqué un poco la cola y ya estás empapada.
—¿Qué hacés ahí abajo? ¡Levantate y andá para la casa!
Por toda respuesta el Joselito le corrió para un costado la tanguita blanca y delicada, con bordes de encaje y se lanzó de boca hacia la conchita empapada de su esposa. La comió con ganas, con muchas más ganas que las otras veces que había hecho eso. Al principio la Yésica se asustó porque creyó que su marido se daría cuenta de todo, pero por suerte se había elegido un esposo bueno y que no sabía nada de mujeres.
El Joselito se asomó de entre sus piernas con el morro embadurnado de su saliva, de los jugos de ella y de la leche sucia de don Brótola.
—Mi amor, hoy estás distinta…
—Joselito, dejate de embromar y andá para la casa que si se levanta el viejo nos echa.
La posibilidad de quedarse sin la única entrada de dinero pareció asustarlo al Joselito, quien se levantó de un salto y se secó la trompa con la manga. La Yesi casi lo saca a empujones a la calle.
—Andá de una buena vez. Y prepará la comida para cuando llegue. Yo acá tengo una o dos horas más.
La Yésica cerró la puerta y regresó muy suelta y alegre al matadero.


  
7.

Entre que llegó a su casa, se bañó con agua fría para bajarse el calor, se cambió y fue a la casa de sus suegros, el Joselito tuvo tiempo de tranquilizar su cabeza y entonces pudo pensar. ¿Qué fue lo que había pasado un rato antes? La calentura lo había cegado pero ahora que se daba cuenta que algo andaba mal. Su mujer había salido semidesnuda de la habitación del viejo, dentro del horario en el que nunca lo dejaban entrar. De pronto estaba preocupado, y con un nudo en la tripa que ni lo dejaba respirar. ¿El viejo le estaba cogiendo a su mujer? Sonaba imposible, pero las señales estaban todas ahí. ¿La estaría obligando, para darle la plata que se habían ganado trabajando? El viejo tenía fama de poder hacerlo.
Se sentó tan abatido a la mesa que la Marta, su suegra, le preguntó:
—¿Te pasa algo, hijo?
Le ofreció un mate y su suegro soltó el diario de la tarde. El Joselito hubiera preferido no decir nada, ya era suficiente la angustia como para agregarle humillación, pero el alma le hervía y la lengua se le soltó.
—Creo que la Yesi me está metiendo los cuernos.
Su suegro cerró los ojos, como resignado, y a su suegra le tembló la mano cuando fue a cebar por segunda vez.
—¡Estás diciendo locuras! —le increpó ella.
—¿No la notaron rara últimamente?
—Está embarazada, Joselito. Todas las embarazadas se ponen raras…
—Creo que se deja por don Brótola…
El suegro se agarró la cabeza, casi imperceptiblemente.
—¿Pero vos la viste…? —quiso saber la Marta—. ¿La viste con don Brótola…?
—No, no… ¡Si no me dejan entrar nunca a la casa!
Su suegra se distendió. Le ofreció otro mate. Su suegro, en cambio, tragó saliva.
—¡Dame ese mate, me toca a mí! —le reclamó el viejo a su mujer.
—Son todas alucinaciones tuyas, Joselito… —intentó su suegra—. La Yesi sería incapaz de hacer eso. ¿No, Alcelmo?
El aludido pareció despertarse de un trance.
—¿Ehhh…? Ah, sí, sí… Incapaz… Seguro…
—La vi salir de la pieza de don Brótola en remera y bombacha de esas que se compró para mí…
—¡Puta! —se quejó Alcelmo, que se había quemado con el agua caliente del mate.
—¿Y qué te dijo?
—Que el viejo estaba durmiendo y que había entrado a buscar ropa seca porque la otra se le había mojado.
—¡Ahí tenés, desconfiado! —se alivió la Marta—. ¿Ves que había una explicación?
Joselito podía haber agregado la costumbre que había descubierto de la Yesi, esa de andar poniéndose la ropa linda para ir a trabajar, pero prefirió callar.
—Mirá Joselito, acá en esta casa las mujeres somos decentes, ¿no, Alcelmo? —dijo su suegra. El marido asintió—. Mi madre me crió en la decencia y con la virtud como vara rectora. A veces más vara que virtud, pero sus valores morales eran más altos que los cuernos de un ciervo viejo, y por eso yo le salí derecha. Y a la Yesi le enseñé lo mismo, y de la misma manera.
—Puede ser —cedió el Joselito—. La Yesi casi ni me deja tocarla, solamente los sábados y con la luz apagada.
—¡Seguro! Porque la Yesi es una chica virtuosa, de las de antes, mirá si va a andar revolcándose con ese viejo asqueroso. ¿A vos te parece que con lo linda que es la Yesi le va a dar bolilla a ese viejo repugnante?
—No, la verdad que no…
—¡Decí algo, Alcelmo! ¿No vas a defender a tu hija?
—Sí, por supuesto… Es que… creo que la verdad está muy clara…
—Lo que pasa es que… bueno, ya saben la fama que tiene don Brótola en el pueblo…
—No te dejes llevar por los chismes, Joselito… Que don Brótola es un degenerado… que la Yesi es una putita…
—¿Qué??? ¿Qué dicen de la Yesi en el pueblo??
—No importa, hijo. Lo que importa es que tenés que darle a las cosas el valor por lo que son, no por lo que dicen por ahí… ¿Sabés qué decían de mí, cuando era joven…?
—N…no sé, suegra…
—¿Qué decían de mí, Alcelmo?
—No importa, querida… Fue hace tanto ya que…
—¡Que era una puta, decían!
—No, mi amor, no lo decían queriendo decir eso… —Don Alcelmo giró nervioso y le explicó al Joselito—. Era la época brava de don Brótola, cuando el viejo se volteaba a todas las chinitas del pueblo… Se corrió el chisme de que… bueno… como don Brótola vivió siempre acá al lado… y como se sabe que los dos terrenos están comunicados por los fondos…
—¡Decile, Alcelmo, decile!
—Se comentaba en el pueblo que don Brótola me cogía a mi mujer… —Don Alcelmo se puso rojo como el cuernito de la suerte que llevaba su esposa Marta colgando del cuello.
—Sí, Joselito. Así como lo escuchás. Decían que me pasaba a lo de don Brótola todas las tardes por el parque de atrás, mientras mi marido se iba a trabajar. Y a tu pobre suegro le gritaban cornudo. Cornudo, le gritaban, ¿te parece? ¿Y durante cuántos años todo el pueblo decía que eras un cornudo, Alcelmo…?
—Querida, no hace falta…
—Que yo era una puta, que me acostaba con cualquiera. Que le metía los cuernos con el carnicero, con el verdulero…
—¿Con Tito…? —don Alcelmo se sorprendió.
—Sí. Eso decían, mi amor. Y con tus amigos del bar de la plaza, ese verano que te fuiste a trabajar a Pico Truncado.
—¡¡¿¿Con esos cuatro zánganos también!!??
—¿Ves lo que te digo, Joselito? ¡Puras habladurías! La gente es mala, hijo… Decile, Alcelmo.
—Sí, la gente es… ¿En el pueblo también se decía que te acostabas con mis amigos…?
—No eran tus amigos, eran esos vagos del bar… —y al Joselito:—La Yesi es como yo, Joselito. Una mujer de valores, de virtud, una mujer hecha y derecha. Así que quedate tranquilo que en este momento tu mujer debe estar arrodillada delante de don Brótola fregando pisos.
El Joselito suspiró aliviado. Estaba tranquilo.



8.

—Me voy a lo de don Tito, mi amor…. —La Marta pasó con una bolsa de compras y un monedero rumbo a la puerta.
—¿Otra vez? ¿No fuiste hoy al mediodía? —quiso saber don Alcelmo.
—No había de lo que fui a buscar. Y don Tito me pidió que vaya a esta hora que me iba a dar un buen pedazo de peceto.
Don Alcelmo estaba notoriamente angustiado cuando su esposa cerró la puerta para irse con don Tito. El Joselito ni cuenta se dio. Iba a levantarse para tirar la yerba del mate cuando don Alcelmo se le abalanzó por sobre la mesa como un perro famélico.
—¡Joselito, son todas mentiras!
Don Alcelmo lo tomó de las solapas con desesperación, asustando a su yerno.
—¿Qué cosa, suegro?
—¡Todo! ¡Hablá con la Yesi! ¡Hablá con la Yesi, Joselito! O mejor… ¡escapate!
—¿Qué dice, suegro? ¿Está loco?
—¡Lo de don Brótola…! ¡Todo lo que se dice de don Brótola es cierto!
—No jorobe, su mujer ya dijo que son todas habladurías de….
—¡Es cierto, Joselito! ¡Los chismes sobre mi mujer eran pura verdá! ¡Don Brótola me la cogió durante años y todo el mundo lo sabía! ¡Me hizo el cornudo del pueblo, Joselito! Esperaba que me fuera a trabajar y se bañaba y se ponía linda y zafada como una puta, se iba al patio de atrás para que los vecinos no la vieran y se cruzaba a lo de don Brótola por un alambrado caído… Todas las mañanas, Joselito. Me la cogió todas las mañanas durante veinte años.
—¿Y usté qué hizo?
—¡Cuando lo supe fue peor! Tu suegra ya ni se molestó en disimular, se vestía de puta delante mío, ¡se maquillaba y se iba a hacer coger por ese viejo hijo de puta sin que le importara nada! ¡Si hasta me hizo colocar la puerta que comunica los dos fondos para no tener que saltar el alambrado! ¡Fueron los años más humillantes de mi vida, Joselito!
—Me está jorobando… —repetía el Joselito, pero en la cara se le notaba que ya entendía.
—¡Las mujeres de esta casa son unas putas, Joselito! Mi mujer, la Yesi… ¡Y hasta mi suegra era una flor de puta!
—¡No puede decir eso, don Alcelmo!
—¡Les gusta la pija, Joselito! ¡Se pierden por una buena pija, y don Brótola tiene un pedazo tremendo, yo lo vi… ¡y te aseguro que lo sabe usar! Tiene una poronga del tamaño de un brazo de bebé... ¡pero de uno grande! Si una mujer prueba esa pija, ya no quiere otra cosa. Ese viejo ladino es un brujo, una vez que se coge a tu mujer, te la coge por años, y te tocan solo las sobras de lo que él deje, si es que deja algo alguna vez…
Al Joselito le bajó la presión. Comenzó a sentir escalofríos y sofocones al mismo tiempo. Vio toda su vida sexual en cámara rápida en un segundo; es que no se necesitaba mucho más (¡Dios, qué poco o nada había hecho! Apenas un puñado de revolcones con la Yesi, solo eso). Se dio cuenta en ese segundo de varias cosas. De que todas las señales habían estado ahí y no quiso verlas. De las negativas de la Yesi para hacerlo más seguido. De que seguramente —ahora se daba cuenta— él nunca la había hecho gozar de verdad a su mujer.
Y ató cabos y llenó los huecos vacíos, y todo le daba para el lado de los cuernos. El encierro con el capataz de la curtiembre para conseguirle trabajo, el fin de semana que se había ido con un ex novio para arreglar ya ni recordaba qué cosas, la negativa y la insistencia de ella para que él no fuera al viaje de estudios del grupo del colegio, un grupo de seis varones y ella que debían ir en carpa a la montaña durante una semana para observar la fauna en su hábitat, aunque ella había abandonado el colegio el año anterior.
El Joselito se sacudió como si despertara.
—¡Me la está cogiendo, suegro! ¡Don Brótola me la está cogiendo ahora mismo!
Se soltó de don Alcelmo, que todavía lo tenía agarrado de las solapas.
—Mi hija no es mala, Joselito… —Pero el Joselito ya abría la puerta que daba al parque de atrás—. La Yesi no es mala, ¿mentendés…? —el Joselito lo miró, dispuesto a salir. El pobre viejo había sido vencido ya tantas veces por sus mujeres que le dio pena. O lástima —. Es que le gusta mucho la pija…



9.

Cruzó a lo de don Brótola por la puerta que unía los dos fondos. Nunca había entendido por qué existía esa puerta, ahora sabía. ¿Seguiría cruzando, su suegra? ¿O solo conservaba la puerta para estremecerse con el recuerdo cada vez que salía a tender ropa o regar las plantas?
El Joselito entró a la casa de don Brótola, y fue acercarse a la piecita del viejo y escuchar el concierto de jadeos y gemidos de su mujer. Es que la Yésica ahora no se reprimía ni un poco, confiada en que no había ningún cornudo en la casa.
Venía con envión, él. Ahogado de locura. Dispuesto a todo. Iba a abrir la puerta y los iba a sorprender. Le iba a gritar “puta” a su mujer, en la cama, y se iba a agarrar a trompadas con don Brótola, sin importarle que lo fajen. Porque don Brótola era mucho más grandote y más fuerte. Pero igual le iba a pegar.
Llegó a la puerta, agarró el picaporte para abrir y lo que escucharon sus oídos lo congeló.
—¡Tomá, putita, para el cornudo! —la voz cavernosa del viejo daba miedo.
—¡Sí, don Brótola! ¡Mándeme la leche para el Joselito! —La Yésica no jadeaba, gritaba directamente. Y era un grito animal, un grito animal de goce y muerte. El Joselito se asustó. No de miedo, sino de darse cuenta que no había tenido una real dimensión de lo que le estaban haciendo a su mujer, y de darse cuenta ahora que esos gritos estaban en un plano al que él no había imaginado.
—¡Qué estrechita sos, Yesi…! ¡Qué rico te siento, bebé…!
—¡Es que usté la tiene es muy gruesa, don Brótola!
Se dio cuenta que no iba a haber retorno. Hasta ese instante creía que un buen reto, que un buen susto, que una amenaza de mandarse a mudar iban a hacer recapacitar a la Yésica, y todo quedaría en una pequeña aventura que con el tiempo él olvidaría. Ahora se daba cuenta que estaba perdiendo a su mujer.
—¡Te acabo, putita! ¡Te enchastro la cola de leche, y que te la limpie el Joselito!
Entonces no entró. Golpeó la puerta con un puño, con dolor. Dos golpes fuertes.
—¡Yesi! —reclamó con un nudo en la garganta—. ¡Salí inmediatamente de ahí! ¡Soy el Joselito!
Al otro lado de la puerta la Yésica dijo:
—¡Es el cornudo! —Don Brótola festejó con una pequeña carcajada y un chirlo en la cola y la surtió con un pijazo más hondo y violento. Ella Yesi amagó salirse.
—¿A dónde vas, chiquita? —El viejo la tomó de la cintura.
—El Joselito… ¡está llamando a la puerta!
—¡Que espere! ¿Dónde se ha visto que el cornudo la interrumpa a su mujer cuando ella coge?
—¡Ay, don Brótola, no sea así! El Joselito no se merece que lo dejemos ahí colgado como un imbécil…
El viejo festejó el morbo de la gurisa y le sacó el vergón de adentro.
—Sacáteló de encima rápido. Que empiece a entender cómo es la cosa en un matrimonio…
—Sí, don Brótola, yo se lo hago entender, ya vengo…
Se puso una camisa que encontró al pie de la cama y se la cerró apenas con un botón, dejando las tetitas que le explotaban en ese escote improvisado.
El Joselito vio la puerta abrirse y a la Yésica, apenas visible tras la angosta abertura. La vio con el pelo todo revuelto, con la camisa blanca que apenas le cubría los pezones, y que le dejaba los muslos desnudos.
—¿Qué querés Joselito? —la Yesi estaba muy molesta; increíblemente lo estaba retando a él—. ¿No ves que estoy trabajando?
—¿Es cierto…? ¿Es cierto, Yesi, que me metés los cuernos con don Brótola…?
Miró la trompa mojada de su mujer, el brillo libidinoso en sus pupilas y las rodillas enrojecidas.
—¿Cómo me decís eso, Joselito? ¡Soy tu mujer!
—Solo quiero… Decime la verdad, Yesi, aunque me duela…
La Yesi vio que El Joselito estaba a punto de llorar. La mandíbula le temblaba mientras le recorría su desnudez de punta a punta. Desde adentro de la habitación se escuchó un carraspeo grave y firme de hombre. Supo entonces que su marido estaba mucho más que quebrado, estaba ya doblegado.
—La culpa es tuya, Joselito, por hacerte echar en la curtiembre… ¡Mirá las cosas que me veo obligada a hacer para que no le falte nada a tu hijo!
El Joselito a esa altura se preguntaba si de verdad sería su hijo. Es que habían hecho el amor tan pocas veces…
—¿Me vas a abandonar…? —rogó más que preguntó, él—. ¿Te vas a venir a vivir con el viejo…?
Ella rió de la ternura que le inspiró su marido.
—No te preocupes, mi amor —lo tranquilizó—. Vos siempre vas a ser mi marido… Ya sabés, el hombre de la casa…
La Yésica entrecerró aun más la puerta y desapareció. El Joselito no tuvo agallas para entrar. Se quedó ahí clavado como una estaca y al cabo de unos segundos su mujer reapareció con unos billetes.
—Tomá, Joselín, es lo de esta semana —estiró la mano hacia él y en el movimiento se le abrió más la camisa y se le vieron los pezones grandes, rozados de fricción, aun paraditos de calentura—. El bueno de don Brótola me dio unos pesos extra por mi dedicación al trabajo.
El pobre cornudo se quedó petrificado, sin atinar siquiera a agarrar el dinero.
—¿¿No querés la plata? —preguntó ella—. Como digas, pero si no la aceptamos no sé qué vamos a comer. Yo no veo que vos puedas conseguir un trabajo mejor.
—Pero Yesi, yo no puedo… Vos no…
—No es mucha plata pero es la que hay...
—No quiero que me hagas esto… por favor… No quiero ser el cornudo del pueblo…
—Selo por nuestro hijo, Joselito.
—Vos me vas a dejar… Seguro que me vas a dejar…
Ella abrió más la puerta y le dio un corto beso en la boca. De adentro se escuchó:
—Yesi, largá de una vez al cornudo que se me está bajando la verga…
La Yésica hizo un gesto como de sorpresa.
—¡Qué bestia que es! —le murmuró divertida al Joselito. Le puso el dinero en la mano y agregó—. Bueno, ahora andá a casa. Yo acá tengo para dos horitas más…
El Joselito era un fantasma.
—Yesi, que no te coja mucho… No gocés, Yesi, por favor, prometeme que no vas a gozar…
Ella sonrió, medio mala, y le cerró la puerta en la cara, de un portazo, dejando al Joselito solo, de pie y con los billetes de la paga de esa semana en su puño apretado.

Fin. - 46.704

Siempre es mejor comentar. Siempre.

25 comentarios:

  1. me gusta esa esperanza del cornudo de que su mujer no goza cuando otros la cogen, querer reservarse algo para si, ya que no tiene reservado el sexo con su mujer... que solo el cornudo pueda venirse adentro, o solo él pueda venirse en su boca, o cogerle el culo... y al final hasta esa esperanza pierde...

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    1. hola este relato es exelente me gusta mucho el morbo que da la actitud de brotola y la respuestas que tiene la yessi con joselito

      saludos

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  2. jajaja!! seeeee...!! esa pérdida del último aliento está piola! :P

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  3. Me encanto!!! Tiene parte 4?

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  4. no sé. creo q no. esta es la parte 2, y recién estoy tratando de armar la parte 3, que en principio sería la última.
    Salvo q te refieras a la parte anterior (mini capítulos 1,2,3 y 4.
    Ese relato está en la columna de la derecha:

    http://rebelde-buey.blogspot.com/2011/11/eramos-tan-pobres-i.html

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  5. Increible! Rebelde me matas cuando excribis, un gusto leerte la verdad. Segui asi amigazo, un abrazo enorme y que sigan asi de morbosos !
    me.ezequiel

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  6. Si la primero parte me encanto n te digo la segunda, magistral como siempre maestro, un gran morbo en varios aspectos.
    El embarazo de ella, lo puta de la suegra y que el cornudo chupe los jugos despues de la cogida fueron momentos increibles asi como la confesion del suegro.
    Un gran trabajo Rebelde y que siga por favor!!

    VM
    http://vikingomiron.blogspot.com/

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  7. JAJAJA QUE GRAN PERSONAJE DON BROTOLA, SIN DUDAS ES UNO DE TUS MEJORES RELATOS AMIGO, EN LO QUE SE REFIERE A MI GUSTO LOGICAMANTE.
    ESPERO CONTINUES CON ESTA TEMATICA Y ESTA SAGA.
    FELIZ NAVIDAD Y AÑO NUEVO!

    SALUDOS PERVERT

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  8. Bien Rebelde! Muymuy bueno! Q alegria ver que volves y con creces! Excelente relato! Me encato el vocabulario, bien adaptado a la clase social.

    Que lindo que sigan los relatos,

    Un abrazo y feliz navidad.

    Santiago

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  9. Mikel (de vacaciones)29 de diciembre de 2011, 12:09

    genial, la inclusion del suegro me ha parecido morbosa y el cornudo cada vez es mas pardillo, del nivel del de leche de engorde , del de dedo al camion(serie genial) y de vicente de la novela. Todos me encantan...jeje

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  10. VIKINGO:
    sigue al menos una parte más. A mí también lo q más me gustó es la confesión entre desesperada y graciosa del suegro, jajaj! fue un placer escribir esa escena :)

    PERVERT:
    gracias, amigo. en la variedad está el gusto, por eso todos los relatos trato de que vayan teniendo variantes. me alegro q te haya gustado.

    SANTIAGO:
    ahhh... el tema del vocabulario... gracias por notarlo. te digo q es un tema que me está volviendo loco. me gusta, pero es mucho trabajo, y siempre corro el riesgo de que la frazada me quede corta y no me tape los pies, jejeje...

    MIKEL:
    fue respuesta por mail ;)

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  11. travalenguas23@hotmail.com15 de septiembre de 2012, 23:36

    buenisimo! amigo! me gustan los relatos con corneadores maduros!
    noo me agradan tanto los corneadores jovenes.

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  12. Tremendo relato, man!!!! La verdad que se me hace agua la boca (se me para la pija, bah) pensando en garcharme una putita asi con el dorima mirando o escuchando, je!
    Me encantaria seguir leyendo la saga... te felicito!!!
    Pui

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  13. muy bien seguid con ese morbo de don brotola es la mera ostia tio, y ese joselito es un verdadero buey

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  14. como me gustaría ser la yesi y sentir la tremenda pija de ese viejo en mi conchita, deagrrandome, haciendome tener los orgasmos que el cornudo nunca me pudos hacer. Y el pobre de Joselito, como la mayoria de los novios o maridos es un gran cornudo, seguro ni el hijo es suyo, con la pequeña pija que tiene no puede hacer otra cosa mas que limpiarle la casa al macho corneador que hace volverse puta a su novia, aunque la yesi siempre fue puta por lo que parece... como yo. je.
    besos a todos, nadia

    mi msn es nanyinfiel69@hotmail.com
    si quieren me pueden agregar y hablamos. Amo ser puta y hacer cornudos a mis novios

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  15. como siempre me encantan tus relatos me podrias mandar el ue sigue besitos paula paulaygaby@yahoo.com.ar

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  16. Dos palabras: LEVANTÉ FIEBRE.

    carlos nava

    carlosnava57@hotmail.com

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  17. que lastima que fueron solo dos capìtulos. Me fascino
    divharris

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  18. La misma calidad que el primero. Te felicito Rebelde. Me caliento nada mas imaginar el culazo ensartado de la Yesi. Uff, qué culazo.

    kzdor88@hotmail.com

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  19. Tremenda serie, muy buena ambientación y los personajes estan muy bien desarrollados. Mucho morbo y ningún apuro, la clave del éxito en este tipo de relatos. Felicitaciones, creo que la época de lactancia de Yesi nos puede dar muchas alegrías. ;) Triko(gmb1970)

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  20. muy bueno cada dia cada relato que leo me sorprendes mas y me atrapa mas cada uno de tus relatos excelente forma de escribir

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  21. Grande..
    vava@no-spam.ws

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  22. Muy bueno sigue asi trayendo lo mejor

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Se publica el 15 de Septiembre

Se publica el 15 de Septiembre
Las cuotas no están al día. El cornudo, tampoco. La única que está al día es Gimena, que en ese club garcha cada vez más y con más tipos.