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lunes, 19 de enero de 2026

Cartas Marcadas (I) • Rancheros 06. (Sofía 3)


CARTAS MARCADAS (I)  • RANCHEROS (Sofía 3)
(VERSIÓN 1.0-CRUDO)

Por Rebelde Buey

Estas y otras cartas privadas pertenecen a la Biblioteca y Centro Cultural de Alce Viejo. Correspondencias como ésta, así como oficios legales, testamentos y todo tipo de registros privados son hallados regularmente en casas antiguas o demoliciones, ocultos en baúles y cajones con dobles fondo, y donados por la gente a esta institución pública para gestionarlos como registro universal de las costumbres, idiosincrasia y don de gente del pueblo. 
Este blog tiene el honor y el privilegio de haber sido elegido para publicar por vez primera algunos de estos imprescindibles documentos que son testimonio de la historia viva y real no solo de Alce Viejo, sino del mundo.

LEÉ LAS CARTAS ANTERIORES EN ORDEN:
01. Carta 1         
02. Carta 2
03. Carta 3 



06. Sofía a Coriolano — Respuesta 3

Alce Viejo
2 de mayo de 1930

Mi muy amado y siempre respetado Coriolano,

Recibo tu carta con el corazón en un puño y los ojos anegados en lágrimas de vergüenza y remordimiento. Tus palabras, tan llenas de preocupación y una confianza que ya no merezco, han sido como un espejo oscuro en el que he visto reflejada la bajeza de mis actos. No, no me mereces, mi amor. Eres un hombre bueno, íntegro, y yo… yo he sido débil, tan terriblemente débil.

Debo responderte con total honestidad, aunque se me estruje el alma. Tienes razón en preocuparte por los manoseos. No eran tan inocentes como yo creía. Como siempre, esposo mío, tú eres el racional e inteligente de nuestra relación, yo apenas si soy un manojo de emociones desatadas, especialmente cuando no te tengo cerca para aferrarme a tu pecho, como una roca.
 Me han estado sucediendo emociones contradictorias y reprochables, sensaciones que me recorren el cuerpo de maneras que nunca imaginé. Pero entiéndeme, mi cielo: es la soledad. Es tu ausencia. La seguridad y virilidad de estos hombres que me miran con deseo me tiene alterada, agitada, confundida.

Tu aritmética fue acertada, amor mío. Aquella tarde en que me bañaba en la barrica y los cinco buenos vecinos me llevaron hasta nuestra habitación, fue muy particular, algo que nunca había vivido. La adrenalina de haber sido vista desnuda por tantos hombres. Mis pechos hinchándose, mis pezones poniéndose como piedras. Si hasta mi trasero parecía más grande, me dijeron. Y fue lo primero que intentaron cubrir con sus manos, para preservar mi honra y de esa manera respetarte. Incluso dos de los vecinos se disputaron un rato, ya caminando, la protección de mi cola —o de tu cola, como te gusta tanto decir a ti—. En el fragor por tomar mis nalgas, de alguna manera uno de ellos terminó metiendo sin querer un dedo en mi antes estrecho agujerito. Me abochorna contártelo ahora, pero en el momento no dije nada porque me sentía tan humillada por mi desnudez, aunque los cinco me halagaban y me metían más manos (siempre para cubrirme). Como sea, supongo que, por error, el dedo no se salió durante todo el trayecto hasta que llegamos a la habitación. Allí, abochornada por el momento, les pedí que salieran para poder cambiarme. Y salieron. Pero todavía tenía el dedo en mi agujerito, que era de Torniquete. Se ve que él también tenía cierto bochorno porque se quedó inmovilizado, primero. Hasta que los otros cuatro se fueron.
—Señora Sofía, la veo muy necesitada. Dígame lo que quiera y yo se lo doy —me dijo con una respiración pesada. Yo estaba tan turbada por la situación, sentada en la cama, con mis pechos subiendo y bajando por mi agitación, y los pezones que no aflojaban.
Le dije:
—No hace falta, Torniquete. Ha sido usted y los otros vecinos tan amables, y yo… Yo solo necesito ponerme la ropa.
—Yo se la pongo, señora Sofía —me respondió.
Y juro que no parecía que hablaba de la ropa. Sus ojos tenían un brillo que nunca había visto. Tener a ese hombretón tan viril de pie frente a mí, de espaldas anchas como un ropero y su bulto creciente justo sobre mi rostro, me desorientó. No sabía si mirarle el bulto o sostener su mirada, que parecía desnudarme aún más.
—¿Vos me la ponés? —le dije. Sin darme cuenta lo tuteé, qué descarada.
—Yo se la pongo toda, señora… —repitió. Y se vino y me tomó los pechos, se llenó las manos con cada una, fregándome suavemente los pezones con los dedos. 
Por supuesto, reaccioné, mi amor. Aunque admito que estaba como en trance, así que tal vez me demoré un poco más de la cuenta.
—Torniquete, recuerde que soy una mujer casada… —le advertí mientras sentía en mis tetas un hormigueo como hacía tiempo no sentía y mis pezones se ponían peor. 
Pero estaba siendo prejuiciosa. Como yo había entrecerrado los ojos, no me di cuenta que el bueno de Torniquete no me estaba manoseando los pechos descaradamente, sino que me tomaba de ahí para girarme sobre mí misma y ponerme de espaldas. Quedé arrodillada sobre el borde de la cama, mirando hacia la cabecera y quedando hacia afuera y con mi trasero y… ya sabes qué, tu preciado tesorito, amor… en punta.
—¿Se la pongo, señora?
Escuché el rasguido de un cierre y me imaginé que sería mi bolsa con mi ropa.
—Sí —le dije, aunque más sonó a un jadeo desesperado.
Y me la puso.
Pero no la ropa interior de la que pensé que hablaba. 
Ay, no sé cómo decirlo, me siento tan sucia. Supongo que la vulnerabilidad de mi desnudez y las… ansias contenidas que arrastro desde que te fuiste, crearon en mí una tempestad de sensaciones que nublaron mi juicio. 
Sentí entre mis piernas, ya sabes dónde esposo mío, en ese lugar que siempre dices es solo tuyo y que ya no lo podrás decir más, una dureza rígida y amable horadarme y penetrar suave pero firmemente. Sentí su carne entrar de a poco y llenarme como no recordé nunca desde que nos casamos. Imaginé que tal vez por haber pasado tantas semanas sin hacer el amor, ese pedazo de miembro parecía mucho más grande que el tuyo. Él me lo confirmaba al clavar: “Qué estrechita la siento, señora Sofía…”. Pero cuando lo vi después, resultó que no, que en verdad la tiene mucho más grande y gorda que la tuya, mi amado Coriolano. No es que me resulte importante, desde ya, pero la diferencia de hombría, por así decirlo, fue notable. 
Y aunque sé que no es un gran consuelo ni repara mi falta, te aseguro mi amor, que mientras la verga de Torniquete me iba entrando despacio, pero sin pausa, yo cerraba los ojos y te nombraba como en un rezo.
—Ay, Coriolano… Ahhh… No te merecés esto, Coriolano… Uhhh…
Era mi manera de no mostrarme tan débil, mi amor, de no serte tan infiel. Aunque cada vez me costaba más hablar, conforme la verga iba entrando. Qué vergüenza, por la diferencia de tamaños me sentí como si me estuvieran desvirgando de nuevo. Aunque más de la mitad entró de un saque, como si vergas así me cogieran a diario, y luego, apenas comenzó el bombeo, el miembro fue entrando completo hasta hacer tope con el propio Torniquete.
—Ahí va, putita… Hasta los huevos —me dijo, y comenzó a bombear con mejor ritmo—. Ahora sí, con toda la verga completamente adentro ya podés dejar de decirle a tu marido Coriolano y podés decirle “cornudo”.
No sé por qué dijo eso. No sabía que había una reglamentación informal para eso. Deberé consultarla a mi prima, pues a su marido todos en la cuadra le dicen cornudo. Quizá ella sepa algo.
De todos modos, para mí no lo eres, mi amor, pues yo estuve los veinte minutos pensando en ti.
—Ay, Coriolano, no te lo mereces… No te lo mereces… —repetía, y la voz me temblequeaba porque la cabeza se me sacudía por los embates cada vez más violentos.
Pero creo que nombrarte animaba a Torniquete, porque cada vez que escuchaba tu nombre me agarraba más fuerte de las nalgas y clavaba con mayor furia.
—Pero vos sí te lo merecés, putón. Merecés pija de verdad y la leche de un macho que te llene.
No sé qué pasó por mi cabeza en esos momentos. Yo creo que estaba hipnotizada, porque era como otra mujer. Sentí temblores, piel de gallina, un fuego que me subía desde adentro. Como a los diez minutos que me estuvo dando en esa posición o variantes parecidas, porque luego me subió a la cama, tuve una explosión interior que me hizo gritar y que no sé cómo explicarte, esposo mío. Algo que no había sentido nunca contigo. Aunque gemí y grité como sí lo haces tú cuando me montas como un toro salvaje esos minutitos.
Y así fue la primera vez, porque luego hubo una segunda explosión. Mía. Cuando Torniquete volvió a cambiar de posición, y luego otra vez. Me llevó por toda la cama, y hasta fuera de ella. No me lo hizo yo boca arriba y él encima, como lo hacemos nosotros. Nunca imaginé que en esta cama se pudieran hacer tantas cosas distintas. Quizá sea porque su verga es mucho más grande y gorda que la tuya, no lo sé.
La cuestión es que en un momento me tenía montada en el aire, abrazándonos como amantes, pero yo literalmente en el aire atenazándolo con mis piernas y él subiéndome y bajándome sobre su pija. Ahí tuve mi segunda explosión, que estoy segura lo escucharon los otros cuatro vecinos que nos aguardaban en el living. ¡Qué bochorno, qué escarnio, qué vergüenza, qué pedazo de pija la de nuestro vecino! Porque lo cortés no quita lo valiente, Coriolano. Él estuvo mal y yo estuve peor, pero la verdad es que por primera vez en mucho tiempo no me sentía así de llena de… masculinidad, por decirlo de una manera decente. Está mucho más cerca del tamaño de Motongo que del tuyo, para que tengas una idea.
Pero me estoy yendo por las ramas… Capitulé, eso quería decirte. Porque además de votos de fidelidad, tú y yo también hicimos votos de honestidad y compromiso. Y si he faltado a uno, no quiero, por respeto a ti, faltar a todos. Fui infiel a nuestra unión, Coriolano. He mancillado con otro hombre el lecho que compartimos. No hay excusa que valga, solo la entendible verdad de mi flaqueza. No sé qué me poseyó. Fue como si otra mujer habitara mi cuerpo. Te pido perdón de rodillas, como cuando me encontraste con Motongo, aunque sé que no lo merezco.

Prometo no volver a faltar a tu confianza. Pero comprende también mi soledad, el peso de las noches y el pavor que me producen los ruidos nocturnos de probables cuatreros.
Y como tú siempre dices que no hay mal que por bien no venga, déjame contarte algo que te tranquilizará sobre otros asuntos. Ya que no te gustaba que Motongo se quedara a pernoctar, encontré una solución perfecta. Como los ruidos me siguen aterrorizando y el frío del invierno ya se siente en las madrugadas, los vecinos ahora pasan la noche completa en la casa, cada uno el día que le corresponde vigilar. Originalmente iban a usar el cuarto de invitados, pero como sigue estando la gotera y faltan los arreglos, momentáneamente dormirán conmigo en la habitación. No tuvimos opción, Coriolano. No pienses que se están abusando de tu confianza, para nada. Fue por necesidad, y te aseguro que todo ocurre en el más estricto respeto, ninguno de ellos me mete mano ni me posee carnalmente. Bueno, excepto Torniquete, pero eso es completamente lógico. Me lo hizo una vez y me hizo acabar dos veces en veinte minutos, no es que fueras a ser más cornudo porque me llene de leche cada vez que sea su guardia, ¿no?
Así que, por ese lado, puedes dormir tranquilo.

Respecto a Motongo, y para que veas hasta qué punto intento enmendar mis errores, he seguido tu consejo. Fui a verlo para pedirle que hiciera los arreglos solo de día, pero convencerlo de que trabajara para ti no fue sencillo, después de tu destrato. Resultó en una situación terriblemente incómoda. Él, con razón, se sentía discriminado por tu decisión de excluirlo y se mostró reacio. Para que aceptara, me exigió que… terminara el trabajo que yo misma había comenzado y que tú interrumpiste aquel día en el granero. La inflamación aquella, Coriolano, seguía allí, en el mismo lugar. Y, la verdad, por lo que pude ver, estaba más gorda, dura, hinchada e imponente que nunca. Motongo me exhortó a que, como entonces, le bajara la inflamación. ¿Qué podía hacer? Me vi sin opción. Me arrodillé y, recordando las enseñanzas de la Cruz Roja de la Orden de Cristian Castro, me persigné sobre mi pecho, o más bien sobre mi escote un poco abierto, y me encomendé al Señor. Al señor que tenía sobre mi rostro. El negro.
De inmediato Motongo me mostró su miembro oscuro, grueso como mi antebrazo, venoso, con la cabeza brillando. Lo vi pendular ante mis ojos y de inmediato me vino tu recuerdo. En este caso, por comparación. Solo la cabeza de su miembro es tan grande como tu masculinidad completa, mi amado Coriolano. Creo que por eso se me escapó un murmullo, cuando la tomé con mis manos frente a mi rostro:
—Es grande como la de mi marido…
Yo me refería a su glande respecto de tu miembro entero, pero Motongo entendió otra cosa y sonrió con suficiencia.
—Vamos a coronar otra vez a la bolsa de cuernos que tenés por marido —me dijo. A veces Motongo habla herméticamente, como si mantuviera el idioma propio de su África natal. No sé qué quiso decir.
En fin, como ya estaba arrodillada, solo debió apoyar su manaza sobre mi cabeza y guiar mi rostro hacia su verga. Así que abrí bien grande la boca y engullí todo lo que pude. Pero apenas me cabía semejante pedazo. Ay, esposo mío, qué bochorno estar a sus pies y no poder tragar todo lo que él necesitaba. Me sentí una mala socorrista de la Cruz Roja, pero es que era muy difícil. 
Sin embargo, Motongo le tenía fe a tu esposa (eso es para que empieces a perderle la inquina que le tienes) y me alentó en todo momento:
—Tragá todo, putón —me rugió con voz cavernosa—. Hasta que no te toque la campanilla no salís de acá.
Tuve que abrir hasta dolerme la mandíbula mientras él me agarraba el pelo y empujaba hasta el fondo de la garganta. Me entró la mitad, se me dificultaba respirar y la baba comenzó a hacerse espesa y salirse por alrededor de la verga del negro. Luego de un minuto de bombearme así, me tomó de las orejas y comenzó a… no se cómo decirlo, fue como si me cogiera la cara. Me bombeó el vergón dentro de la boca y así poco a poco fue metiéndomelo cada vez más profundo. Empecé a toser, a tener arcadas y soltar moco. Mi vida, qué bueno que contigo estas cosas no suceden. Sentí que me ahogaba. Me siguió bombeando unos diez minutos, y solo cuando me tragué absolutamente toda la verga se quedó tranquilo. 
—Bien hecho, putón… Como en los viejos tiempos… —me dijo. Entonces retiró media pija y ya pude respirar, le masajeé el tronco con las dos manos, pues con una sola no alcanzaba, y lo fui mamando un buen rato con mucho esmero hasta que comenzó a gemir muy fuerte, como si sufriera (sería el veneno de las picaduras), me tomó de los cabellos y me anunció: “Me vengo, pedazo de puta”. No sé de quién se estaba vengando. De vos no, Coriolano, a vos te respeta mucho.
Empezó a soltarme la ponzoña por la verga y entonces me llenó la boca de leche caliente y líquida. Tragué lo que pude, pues no terminaba nunca de llenarme y encima me apretó la boca sobre la barra de carne para que engullera todo. Pero bueno, una parte igualmente se escapó y se me chorreó por la barbilla y el escote. 
—Contale a tu marido que por fin me curaste la hinchazón en la verga. Y de rodillas —me dijo.
Y yo, no sé por qué, le di las gracias. 
Supongo que, por la necesidad de que fuera a comenzar a hacer los arreglos, porque tú, Coriolano, no hiciste el trabajo del hombre de la casa cuando estabas aquí y dejaste estas cosas pendientes. Y hasta que llegues parece que el trabajo del hombre de la casa lo va a hacer Motonogo. Yo solo estoy poniéndolo al día.

Perdóname, Coriolano. Por todo lo primero. Soy una esposa de verdad terrible y muy arrepentida. Pero mi corazón no te traicionó, te amo más que antes de hacerte cornudo. Y bueno, felicítame por conseguir que Motongo trabaje en la casa durante el día y no a la noche. 
Son mis altos y bajos, cielo mío; hoy, la única verdad que me sostiene.

Con el amor más genuino y la carne más arrepentida,
tu Sofía.

PD: Por alguna extraña razón, desde que los vecinos duermen conmigo —y a pesar de los ruidos que se escuchan en la noche, supongo que animales del campo— duermo mejor y me levanto más relajada que nunca. Así que puedes quedarte tranquilo.




(La respuesta de Coriolano, el jueves 22)


NOTA: Al final de la seguidilla de cartas publicadas, todo se compilará como un solo relato (o dos, depende de la extensión) y copiaré los comentarios de los que quieran participar.

CARTAS MARCADAS será una serie de historias y personajes distintos cada vez, pero compartiendo un mismo formato y estilo. Hoy es el turno de Sofía y Coriolano. Posiblemente la serie de cartas que le siga a ésta será entre Julieta y Octavio, de EL FARO, el spin-off de LA ISLA DEL CUERNO. Y hay un par más de historias en el baúl.

 — Versión 1.0 (00/00/26)
(c) Rebelde Buey

2 COMENTAR ACÁ:

Anónimo dijo...

Que bonita la sinceridad de Sofia

Nacho dijo...

Algo parecido me dijo mi novia cuando se quedó a dormir una semana con un amigo, me dijo que dormían en la misma cama pero no hacían nada, solamente se besaron. Al menos a Sofia no la manoseaban: Como los ruidos me siguen aterrorizando y el frío del invierno ya se siente en las madrugadas, los vecinos ahora pasan la noche completa en la casa, cada uno el día que le corresponde vigilar. Originalmente iban a usar el cuarto de invitados, pero como sigue estando la gotera y faltan los arreglos, momentáneamente dormirán conmigo en la habitación. No tuvimos opción, Coriolano. No pienses que se están abusando de tu confianza, para nada. Fue por necesidad, y te aseguro que todo ocurre en el más estricto respeto, ninguno de ellos me mete mano ni me posee carnalmente.

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