CARTAS MARCADAS • TEMPORADA 1: RANCHEROS
(VERSIÓN 1.0-CRUDO)
Por Rebelde Buey
Estas y
otras cartas privadas pertenecen a la Biblioteca y Centro Cultural de
Alce Viejo. Correspondencias como ésta, así como oficios legales,
testamentos y todo tipo de registros privados son hallados regularmente
en casas antiguas o demoliciones, ocultos en baúles y cajones con dobles
fondo, y donados por la gente a esta institución pública para
gestionarlos como registro universal de las costumbres, idiosincrasia y
don de gente del pueblo.
Este
blog tiene el honor y el privilegio de haber sido elegido para publicar
por vez primera algunos de estos imprescindibles documentos que son
testimonio de la historia viva y real no solo de Alce Viejo, sino del
mundo.
01. Coriolano a Sofía — Carta 1
Camino del Arroyo,
15 de marzo de 1930
Mi adorada y bellísima Sofía, dueña de mi corazón:
Estas primeras líneas que trazo con mano temblorosa por el cansancio del camino, pero sobre todo por el peso de tu ausencia, van dirigidas a ti con todo el amor que este corazón sencillo es capaz de albergar. El primer alto en nuestro largo viaje me da un respiro para pensar en ti, y debo confesarte, querida mía, que la nostalgia ya se ha apoderado de mi alma por completo. Cuánto echo de menos tu risa, tu belleza, tu mirada, incluso tu blondo cabello y por supuesto esa paz que solo tú sabes brindarme. En estos momentos de soledad, me aferro a la certeza de nuestro compromiso con Dios y nuestros votos matrimoniales, que son el faro que guía nuestra existencia y la prueba más pura del amor que nos profesamos.
Qué desafío a nosotros mismos será esta ausencia, ¿verdad, esposa mía? Separados por necesidad material, pero unidos por la pureza de nuestra sagrada alianza.
He de mover este ganado a pie hasta la ciudad, y el viaje toma lo que toma, pero con un poco de suerte y el clima a nuestro favor, serán apenas cinco meses, y luego solo una quincena de regreso. Eso hace que el camino se presente duro, aunque más por la nostalgia que por el polvo. Los animales están nerviosos —parece que hasta ellos echan en falta tu mano suave—, y los hombres que me acompañan no hacen sino hablar de los rumores de cuatreros por la zona y gente extraña merodeando los caminos. Todo el mundo anda con el dedo en el gatillo.
Y ahora lo entiendo: un rancho con mujer sola es tentación para cualquier malviviente. Por eso, aunque tú me decías que lo haga y yo me negué, antes de partir entré en razón y hablé con cinco de nuestros vecinos rancheros —el viejo cascarrabias Don Rapiña, el joven y fuerte Torniquete, el Boa con sus años a cuestas, el colorado Longagruesa y Don Turbio, siempre misterioso— y todos, como buenos cristianos y amigos, accedieron de inmediato a turnarse para pasar por nuestra propiedad. Y aceptaron sin que yo tuviera que insistir demasiado. ¡Qué nobleza la suya! El Boa vino a despedirme con un apretón que me dejó la mano dormida, y dijo que no dejaría pasar ni una oportunidad sin darse una vuelta para verte y cerciorarse de que todo vaya bien por allí.
Me deja tranquilo saber que, aunque yo no esté, habrá una presencia masculina que se vea de afuera y disuada a cualquier cuatrero furtivo y malintencionado. Lo que arreglé es que ellos se turnarán uno cada día para pasar por nuestro rancho, una vez a la tarde temprano, y otra al caer la noche. Así que dime, por favor, ¿estás bien? ¿Pasan con regularidad a asegurarse de que todo esté en orden? Son hombres de palabra, pero debo confesarte que la inquietud no me abandona. Tú eres mi princesa, mi única, y lo más valioso de toda mi existencia.
Antes de cerrar, aprovecho para rogarte que me excuses por excluir a Motongo de la ronda de vigilancia. No lo hice de racista, sé que es un hombre fuerte y capaz y que su ayuda vendría bien, pero… Ya sé que dirás que aquello no fue lo que parecía, que fue cosa del pasado de cuando aún éramos novios, y sé que así es. Y que ese episodio confuso e inapropiado me lo aclaraste y por supuesto lo entiendo, pero no termino de quitarme de la cabeza la imagen tuya arrodillada ante Motongo. Sí, ya me explicaste que lo estabas socorriendo en una emergencia médica, pero, llámame inseguro si quieres, preferí dejar al negro fuera de la recorrida diaria a la casa, especialmente con las cosas que se dijeron aquellos días y las habladurías de la gente… No quisiera que pasemos por eso otra vez. Y más con la “enorme” fama del moreno, que tú misma me has podido confirmar cuando aquel episodio.
Prefiero mantenerlo alejado. Espero que lo comprendas y no me juzgues mezquino.
Dime si has podido darle algo de pienso a la burra y si la gotera del cuarto de las visitas ya no es un problema. Me castiga la culpa por dejar asuntos pendientes antes de partir, pero el tiempo se me fue de las manos.
Te amo con todo mi ser, mi bella y fiel Sofía. Cuídate mucho, no tomes frío, y que esta separación fortalezca nuestro amor y nuestros votos.
Te ruego que me escribas pronto. La próxima carta puedes enviarla a la oficina postal de San Jacinto, donde haremos la próxima parada.
Con todo mi corazón y mi devoción,
Coriolano.
Alce Viejo
22 de marzo de 1930
Coriolano, amor de mi vida:
Recibí
tu carta y la leí tantas veces que el papel ya muestra las huellas de
mis dedos. Cada palabra tuya es un bálsamo, aunque también me recuerda
lo lejos que estás y cuántos meses aún nos separan. Cada noche rezo por
tu salud y por que el camino te sea leve, y cada mañana despierto con el
corazón encogido al ver la cama vacía a mi lado. Esta separación es la
mayor prueba que el Señor ha puesto a nuestro amor, pero la sobrellevo
pensando que todo es por nuestro futuro.
Los
vecinos han cumplido fielmente lo acordado, mi cielo. Cada tarde y cada
noche, uno diferente pasa a ver que yo esté bien, y debo decirte que se
han mostrado extraordinariamente solícitos y mucho más atentos. Incluso
más que cuando tú estabas aquí. Quizás sea porque me ven ansiosa —y lo
estoy, Coriolano, terriblemente ansiosa sin ti— y esta ansiedad que me
produce tu ausencia se manifiesta en agitación al respirar y pequeños
temblores constantes en mi pecho que… bueno, hace que el escote de mis
camisolas se estire y se abra un poco, mostrando algo más de lo que
debiera. Es por la ansiedad de tenerte lejos, estoy segura. La ansiedad
hace ver a mis pechos más prominentes de lo que son. Yo creo que eso les
preocupa a nuestros buenos vecinos, porque se quedan mucho tiempo
mirándomelos subir y bajar por la respiración, a través del escote.
También me hablan con más dulzura, y hasta me toman de la cintura para
ayudarme a entrar a la casa o sostenerme en una silla o escalera cuando
busco algo en una alacena alta. Son gestos de caballerosidad que yo
aprecio, ahora que estoy sola y más vulnerable.
Respecto
a lo de Motongo, tu decisión me ha dejado un poco dolida, Coriolano.
Creí que con mi explicación y tu posterior perdón se había enterrado el
asunto. Al menos yo me había enterrado lo de Motongo, no sé por qué tú
no. Ya te dije que cuando me encontraste en el granero, el pobre hombre
había sido picado por una abeja en un lugar… bueno, ya viste dónde, en
su miembro. Todos saben que yo hice el curso de primeros auxilios de la
Cruz Roja Cristiana y se hubiera visto poco misericordioso que yo no lo
salvara.
Sé
que se veía mal cuando entraste en el granero y me viste arrodillada
frente a él, con mis dos manos sosteniendo su enorme y gordo miembro
inflamado (los hombres brutos como ustedes le dicen verga, ¿no?), y él
agarrándome la cabeza desde arriba con una mano... Pero era la zona
afectada, ¿qué otra cosa podía hacer sino intentar desinflamarlo? La
única manera de sacar el veneno es chupando la pus blanca y ponzoñosa de
las abejas en el órgano afectado, como se hace con las picaduras de
víbora. Por eso tenía todo eso gordo, duro y palpitante en la boca. Fue
un acto de caridad humana.
Comprendo
que te pudo parecer inapropiado porque no hay otra manera de
deshincharlo que no sea como me viste hacerlo, y me mortifica tanto como
a ti pensar que se corrió el chisme en el pueblo, sobre que tú eres
eras un cornudo y todo eso. Pero nadie se hubiera enterado si tú mismo
no hubieses hecho semejante escándalo por una tontería médica. En fin,
de todos modos, los rumores desaparecieron en cuanto nos casamos, así
que quédate tranquilo. El único que te sigue diciendo cornudo es
Motongo, pero de resentido porque tú confundiste todo aquel día y no le
permitiste que yo terminara de bajarle la inflamación.
Así
que nadie piensa en eso. Si los vecinos creyeran semejante cosa, ¿acaso
pasarían por el rancho con tanto esmero? No, mi bien, ellos te respetan
y saben que tienes una esposa decente.
Y
hablando de los vecinos, la otra noche me asusté terriblemente. Estaba
revisando la gotera de la habitación de huéspedes que no arreglaste
antes de irte. Escuché ruidos afuera y pensé en los cuatreros. Salí
corriendo al porche en mi camisón de dormir —ya sabes, el de algodón
fino casi transparente y con los tirantes delgados— y allí estaba Don
Rapiña, que justo había venido a verificar que todo estuviera en orden.
Me vio así, con tan poca ropa, y yo sentí una vergüenza terrible. Porque
además de estar tan poco decente, ahí me di cuenta que el agua de la
gotera me había salpicado el camisolín en los pechos y se había puesto
prácticamente transparente. ¡Qué horror! ¡Qué bochorno! Con el agua y el
viento de la noche los pezones no solo se hicieron visibles sino que se
me pusieron duros, como en nuestra luna de miel. Por suerte el bueno de
don Rapiña, que es todo un caballero, enseguida vino a cubrirme y
cerrarme el escote.
“Señora
Sofía, por el honor de su marido”, me dijo, y llevó su mano a la
botonera del escote para cerrarlo, pero con tan mala fortuna que, en ese
momento, por mi propia nervios, me moví hacia él y su mano se coló
entre la tela y tomó mi pecho con su mano abierta completa. Ay,
Coriolano, si vieras lo apenado que estaba el pobre hombre. Quiso
retirar la mano, por supuesto, pero estaba nervioso, como yo, que
también me quería zafar, y en ese vals de magreo la mano iba y venía
sobre mis pechos, y como yo ya venía con los pezones duros como un
roble, sin querer el bueno de don Rapiña me tomó la tetina con dos dedos
y lo estrujó con suavidad, sin querer. “Ay, señora Sofía”, no paraba de
repetir. Yo estuve ruborizada —peor que un pimiento— los dos o tres
minutos que no lográbamos desenganchar los dedos de dentro del escote.
Por suerte el vecino estuvo despierto y se ayudó con la otra mano. Así
que, por un instante, nada más, me magreó con ambas manos, pero solo
para zafarse de ese momento tan embarazoso.
Te
suplico perdones a don Rapiña por este pequeño desliz involuntario,
pues mi corazón solo palpita por ti, no es que la soledad me confunde.
De modo que no te preocupes, mi amor, pues esperaré casta tu regreso.
Por
último, debo comentarte que los arreglos pendientes empeoran. Además de
la gotera, la llave del granero sigue sin funcionar bien y la ventana
de la cocina no cierra del todo. Pero no quiero abusar más de la bondad
de los vecinos, ya hacen demasiado estando conmigo dos veces por día.
Aunque Don Rapiña, anoche después del manoseo, insistió en que no dudara
en contar con él para cualquier cosa, a la hora que fuera,
especialmente de noche. Es un buen vecino.
No
te preocupes por mí, mi bien. Sigo tus consejos y rezo cada noche por
tu pronto regreso. Prometo esperarte incansable y recatada, como
corresponde a una esposa que solo respira para su marido.
¡Que Dios te traiga pronto de vuelta a mis brazos!
Tu devota esposa,
Sofía
Lo que en verdad pasó en la puerta de la casa con don Rapiña:
San Jacinto
29 de marzo de 1930
Mi querida Sofía:
Tu
carta llegó a mis manos como agua fresca en medio de este polvo
interminable. Me reconforta saber que los vecinos cumplen con lo
acordado y que te sientes protegida, aunque debo confesarte que ciertos
detalles de tu pequeña crónica me producen una inquietud que me cuesta
apaciguar del todo.
No
desconfío de las intenciones de nuestros buenos vecinos —Dios me libre
de semejante flaqueza—, pero me sobrecoge que te hayan tomado de los
pechos de esa manera para ayudarte. Un roce casual, vaya y pase, pero me
dices que te estuvo manoseando los pechos desnudos durante un puñado de
minutos. Y aunque sé que todo habrá sido sin ninguna mala intención por
todo el respeto que se le tiene a una mujer casada, me pregunto: ¿era
estrictamente necesario ese contacto físico? Comprendo que la gotera de
la habitación de huéspedes te mojó el camisón, eso tal vez lo distrajo y
no vio donde ponía las manos.
También
me inquietó un poco el hecho de que a veces te tomen de la cintura o
que, sin querer, rocen otras partes de tu cuerpo. Supongo que es por ser
hombres rudos, acostumbrados a la vida campestre donde los modales
suelen no son tan finos, y estoy seguro de que no hay maldad en sus
actos. La ansiedad que sufres puede nublar tu percepción, mi amor, y
hacer que aceptes ayudas que, en otras circunstancias, considerarías
impropias. Por favor, sé cauta. Tu inocencia y tu bondad son tan puras
que no quiero que nadie se aproveche de ellas.
Ahora
lo único que me preocupa de verdad es esa gotera. Debemos arreglarla
antes de que se repita otra escena como la que me relataste, y que
seguro te dejó traumada. Debiste pasar una vergüenza tremenda, con tus
pezones entre sus dedos sin que ninguno de los dos pusiera hacer nada,
pobrecita mía.
Así
que, aun cuando quedó sin reparar por mi culpa, por favor suplícales a
los vecinos que la arreglen. Sé que suena descarado pedirles más, si ya
nos ayudan tanto, pero ese episodio que te dejó los pechos casi al
desnudo y provocó el manoseo… Me estremezco solo de imaginar que algo
así pudiera volver a suceder. Por favor, pídeles que lo reparen, aunque
nos cueste después devolverles el favor de algún modo.
Sobre
el asunto de Motongo, es cierto, mi vida, me lo explicaste y con toda
lógica, y yo te perdoné. Y me disculpo si mi preocupación no desiste. Es
solo que la imagen de ese hombre... en esa situación, dentro de tu
boca… aun cuando sé que fue por motivos de vida o muerte, me persigue.
Es mi corazón de marido inseguro, que me traiciona. ¿Qué puedo decir?
Aunque fuerte como un toro, también tengo mis debilidades. No pensemos
más en ese asunto; concentrémonos en el presente y en achicar la
distancia con el amor y el respeto que nos profesamos.
Yo
por mi parte sigo avanzando al ritmo del ganado. Los caminos se llenan
de polvo y de rumores, y hay noches en que me cuesta dormir pensando en
ti. Cuando cierro los ojos te veo en la puerta del rancho, esperándome,
con tu cabello rubio suelto y esa sonrisa que me devuelve el alma al
cuerpo. Aunque estas últimas dos noches, luego de leer tu última carta,
cuando cierro los ojos te veo en la entrada de pie con el camisón fino y
los pechos gordos escapándose del escote, y también veo una mano que
magrea y estruja tus pezones. Pero no estoy seguro si es mi mano, amor
mío. Creo que sí. Espero que sí. También tengo extraños sueños donde tú
estás con el camisón con el que te vio don Rapiña, dándome un besito de
despedida en nuestro rancho, al inicio de este viaje. Pero en vez de
estar en mi cuerpo humano de siempre, estoy en el cuerpo de un buey, y
tú me das besos y me acaricias los cuernos con fascinación y enorme
alegría, mientras allá lejos los vecinos observan tu belleza a través
del camisolín transparente y diminuto. Dime, mi amor, tú que crees en
los horóscopos y en esas cosas, ¿qué significará ese sueño? Amanezco más
turbado que cuando me acuesto.
Te extraño más de lo que las palabras pueden expresar.
En dos semanas estaré en Villa Esperanza. Escríbeme allí, por favor.
Tu esposo fiel,
Coriolano
04. Sofía a Coriolano — Sofía 2
Alce Viejo
10 de abril de 1930
Mi único y adorado Coriolano:
Dices
que andan cuatreros por doquier, ¡y ¡tienes toda la razón! Desde hace
unos días, he estado escuchando ruidos de noche, unos crujidos tan
extraños que me dan un terror cerval. Por ello, los vecinos, en su
infinita generosidad, ya no se conforman con pasar por fuera: ahora
entran a la casa y la revisan por dentro cada noche, con linternas y
mucho celo. Me dijeron “Desde ahora, Sofía, cada noche vamos a entrarle
bien a fondo, hasta el último centímetro”. Y vienen cumpliendo, mi amor.
Eso hace que ahora se derramen demoren adentro un poco
más. Algunos se demoran unos cuarenta minutos, otros con veinte ya
acaban. De revisar. Cada uno lo hace distinto, pero todos me cumplen.
Su
presencia dentro del hogar, tan firme y masculina, me ha dado una
tranquilidad que no sentía desde tu partida. O incluso antes. Es bueno,
tan bueno, sentir la presencia de un verdadero hombre que sepa tomar las
riendas.
En
agradecimiento, he empezado a preparar un poco más de cena para
invitarlos, pues entrarme hasta todos rincones da hambre y sed.
Eso
sí, el vino los pone alegres y desinhibidos, debo admitirlo. Casi todas
las noches me manosean un poco —nada serio, mi amor, no debes
alarmarte— mientras bailamos alguna pieza frente al fonógrafo. O cuando
estoy en la estufa cocinando. Son gestos amistosos, no lascivos, que yo
reprimo con poca convicción, como a los niños, porque sé que no lo hacen
con malas intenciones, y porque... bueno, porque he descubierto que
extrañaba un poco el contacto con un hombre. Es natural, ¿no? Tu
ausencia se nota mucho, mi cielo. Igual, no debes preocuparte: siempre
que me tocan, te mencionan a ti con respeto. "Su marido es un hombre
afortunado", dicen mientras me aprietan la cintura y pasan la mano
recorriendo toda mi cola. O cuando desde atrás, aprovechando que tengo
las manos ocupadas o sucias con algo de la cocina, me toman ligeramente
de los pechos y los magrean juguetonamente un ratito: “Qué envidia sana
me da su marido, señora Sofía…”, y meten mano por debajo de la blusa y
el corpiño, para tener el contacto directo con mis pezones. Bueno, eso
particularmente solo lo hace don Rapiña, que ya lo había hecho en la
puerta de casa aquella noche que me encontró con el camisón
transparente. Nada que alarmarse, amor, ya me venían manoseando desde
antes, como esa noche que ya te dije, o cuando me ayudan a subir a las
estanterías o cargar cosas pesadas. Es parte del trabajo, ¿verdad?
También
me tocan un poco, sin querer, después de comer, cuando ponen el
gramófono y bailamos tango y… bueno, es un baile ligeramente atrevido y
las manos se van un poco de más. Yo los amonesto, no pienses que no,
pero no me escuchan, creo que por el alcohol. Eso no les quita un ápice
de su caballerosidad: cada vez que una mano se desliza bajo mi falda o
mi corpiño, ellos mismos dicen “pobre Coriolano, qué buena esposa tiene
el coronado éste…”. Así que, como ves, te respetan y te consideran como
un rey.
Cuando
me manosean yo los ubico enseguida, por respeto a ti. Les digo “eso que
usted está agarrando no es suyo, es de mi marido”. Y ahí ellos
reaccionan, terminan de manosearme rápido o darme un pellizco juguetón y
se retiran. Te admiran mucho, mi amor.
Cómo Sofía amonesta a los rancheros cuando ellos se pasan un poquito con su caballerosidad:
Sobre
los arreglos de la casa, les supliqué que me ayudaran, como me pediste,
pero no tienen tanto tiempo libre. Ya pasan conmigo una hora a la tarde
temprano y dos horas cada noche. Ellos también deben atender sus
propios ranchos y sus mujeres. Pero me dijeron algo importante: el mejor
para esos trabajos es Motongo. Me sugirieron que lo llame. Y sabes qué,
Coriolano, me dijeron algo más que tal vez te tranquilice: según los
vecinos, todo Alce Viejo ya da por descontado que eres el cornudo de
Motongo —por aquel episodio del granero— aunque ellos saben que no lo
eres. Así que, razonaron, si lo llamo, no pasará nada que no pase ya en
la imaginación de esa tonta gente. Por eso, mi amor, te pido permiso
para llamar a Motongo. Necesito que alguien arregle esto, y él es el más
hábil y con la herramienta más gruesa.
Y
si te sirve para convencerte todavía más de que tu fama de cornudo ya
es historia vieja, en estos días en Alce Viejo no se habla de otra cosa
que no sea de la Petra (la mujer del almacenero). Metió a Motongo en su
casa mientras su marido dormía la siesta, y parece que Motongo metió lo
suyo en ella. La hizo gritar como cuarenta minutos, la escuchó toda la
cuadra, menos el cornudo que seguía durmiendo (así dicen, con esas
palabras. Cornudo. Qué palabra tan fea). Al final tuvieron que llevarla
en sulky hasta el médico porque no podía cerrar las piernas del todo. Y
el cornudo en la pieza de al lado, durmiendo la mona, nunca se enteró.
Así que el marido de la Petra es el nuevo ciervo de Motongo, tú ya no
tienes nada de qué preocuparte.
Pero
no todas son buenas noticias. Hay algo que debo contarte, aunque me
avergüenza un poquito. Ya puedes olvidarte de si mis ropas se
transparentan con el agua de la gotera o si un escote revela mis pechos
de manera indecorosa frente a algún hombre. En una tarde infortunada, me
estaba bañando en la barrica de afuera cuando llegaron los cinco
vecinos juntos a consultarme sobre tu fecha exacta de regreso. Me
encontraron completamente desnuda. Como había dejado mi ropa en una
silla a diez metros, no tuve más remedio que salir del agua así, tal
como Dios me trajo al mundo, delante de los vecinos. ¡Qué bochorno! Me
comieron con los ojos, Coriolano, y confieso no sin remordimiento que me
sentí incómoda, sí, pero a la vez extrañamente halagada. No sé cómo
decirlo de otra manera: me sentí “vista”. Me sentí “mujer” en mucho
tiempo. Debes pensar que soy una hija del demonio. Pero solo soy una
esposa sola y quizá algo débil y confundida, expresando con honestidad
un sentimiento que cruzó de un latigazo su corazón. El corazón que es
enteramente de su marido.
Te
aclaro, esposo mío, que no debes preocuparte de nada. Los cinco fueron
muy caballerosos. Para ocultar mi desnudez y no verme así, me taparon
con sus propias manos —desafortunadamente debieron tocarme en cada punto
que cubrieron— hasta llevarme a la habitación. Allí los cuatro salieron
para que pudiera vestirme. Una hora después regresé a la sala, les
agradecí a los cinco y se fueron. ¡Son unos ángeles!
Y
te hago una pregunta: con los cuatreros tan activos en la zona, ¿no
convendría que el pobre Motongo se quedara todas las noches en el cuarto
de invitados, para ahuyentar a los malhechores? Yo me sentiría más
segura con un hombre tan imponente y viril al otro lado de la pared de
nuestra habitación. Solo hasta que pase el peligro.
Piénsalo bien. Piensa en mi seguridad.
Tu devota y fiel esposa,
Sofía.
Villa Esperanza
17 de abril de 1930
Mi adorada Sofía,
Tu
última carta me ha sumido en una cierta zozobra. Te extraño con toda el
alma y, aunque me alivian tus noticias, confieso que algunas de tus
narraciones atormentan mi quietud. Comprendo tu terror ante los ruidos
de los cuatreros, y apruebo que los vecinos, en su gran generosidad,
revisen la casa por dentro.
Entiendo
que esos manoseos han de ser gestos inocentes, nacidos de la
camaradería y el alcohol, pero bien sabes que esos roces, por pequeños
que parezcan, pueden encender en el cuerpo sensaciones que la naturaleza
impulsa y nuestros vecinos podrían malinterpretarte. Por otro lado,
recuerda lo que dice siempre nuestro cura párroco, Peperino Pómoro,
sobre Eva y la manzana. Te ruego, pues, que gestiones los reparos
necesarios.
Siento
orgullo de tu generosidad al invitar a cenar cada noche al vecino que
le toque velar por ti —siempre has sido tan noble—, pero el vino que
mencionas, unido a los bailes y la jarana, es un cóctel peligroso que
podría derivar, sin querer, en conductas licenciosas. Dos horas
completas cada noche con un hombre a solas contigo dentro de la casa me
parecen demasiado tiempo. ¿Qué tienen que revisar, que se demoran tanto?
Quizá sea la lejanía o mi soledad, pero mi mente, te lo confieso,
elabora mil escenarios.
Sobre
Motongo, me avergüenzo de mis prejuicios. Prometo no cuestionarlo más.
Si nuestros vecinos rancheros insisten en que es el mejor para los
arreglos, que vaya. Pero, Sofía, por favor, solo de día y a la vista de
todos. Un ganadero con el que compartí dos días de marcha arreando
ganado juró que Motongo le coge a la mujer cada vez que sale a llevar
sus vacas a Córdoba. Es decir que se la coge cuatro veces por año. ¡Y
son campañas de un mes y medio cada una! Pobre hombre… Yo no creo en
chismes, pero igual prefiero que trabaje en la casa con el sol alto.
Y en cuanto a lo de tu baño en el estanque… no termino de comprender bien ese episodio.
Dices
que los cinco vecinos te vieron desnuda, y para cubrirte te acompañaron
a la habitación. Pero luego, mencionas que solo cuatro salieron para
que te cambiaras. Y una hora después agradeciste a "los cinco" antes de
que se marcharan. Entraron cinco, ¿pero solo cuatro esperaron en la
sala? ¿O me confundí al leer? Perdona mi torpeza, pero tu aritmética me
desconcierta.
Reza
por mí, Sofía. Este camino es cada vez más largo y mi corazón, dividido
entre la fe en tu virtud y el miedo a la tentación, no encuentra paz.
Pronto estaré en San Bartolo. Escríbeme allí.
Con inquietud y amor, tu esposo
Coriolano
Alce Viejo
2 de mayo de 1930
Mi muy amado y siempre respetado Coriolano,
Recibo
tu carta con el corazón en un puño y los ojos anegados en lágrimas de
vergüenza y remordimiento. Tus palabras, tan llenas de preocupación y
una confianza que ya no merezco, han sido como un espejo oscuro en el
que he visto reflejada la bajeza de mis actos. No, no me mereces, mi
amor. Eres un hombre bueno, íntegro, y yo… yo he sido débil, tan
terriblemente débil.
Debo
responderte con total honestidad, aunque se me estruje el alma. Tienes
razón en preocuparte por los manoseos. No eran tan inocentes como yo
creía. Como siempre, esposo mío, tú eres el racional e inteligente de
nuestra relación, yo apenas si soy un manojo de emociones desatadas,
especialmente cuando no te tengo cerca para aferrarme a tu pecho, como
una roca.
Me
han estado sucediendo emociones contradictorias y reprochables,
sensaciones que me recorren el cuerpo de maneras que nunca imaginé. Pero
entiéndeme, mi cielo: es la soledad. Es tu ausencia. La seguridad y
virilidad de estos hombres que me miran con deseo me tiene alterada,
agitada, confundida.
Tu
aritmética fue acertada, amor mío. Aquella tarde en que me bañaba en la
barrica y los cinco buenos vecinos me llevaron hasta nuestra
habitación, fue muy particular, algo que nunca había vivido. La
adrenalina de haber sido vista desnuda por tantos hombres. Mis pechos
hinchándose, mis pezones poniéndose como piedras. Si hasta mi trasero
parecía más grande, me dijeron. Y fue lo primero que intentaron cubrir
con sus manos, para preservar mi honra y de esa manera respetarte.
Incluso dos de los vecinos se disputaron un rato, ya caminando, la
protección de mi cola —o de tu cola, como te gusta tanto decir a ti—. En
el fragor por tomar mis nalgas, de alguna manera uno de ellos terminó
metiendo sin querer un dedo en mi antes estrecho agujerito. Me abochorna
contártelo ahora, pero en el momento no dije nada porque me sentía tan
humillada por mi desnudez, aunque los cinco me halagaban y me metían más
manos (siempre para cubrirme). Como sea, supongo que, por error, el
dedo no se salió durante todo el trayecto hasta que llegamos a la
habitación. Allí, abochornada por el momento, les pedí que salieran para
poder cambiarme. Y salieron. Pero todavía tenía el dedo en mi
agujerito, que era de Torniquete. Se ve que él también tenía cierto
bochorno porque se quedó inmovilizado, primero. Hasta que los otros
cuatro se fueron.
—Señora
Sofía, la veo muy necesitada. Dígame lo que quiera y yo se lo doy —me
dijo con una respiración pesada. Yo estaba tan turbada por la situación,
sentada en la cama, con mis pechos subiendo y bajando por mi agitación,
y los pezones que no aflojaban.
Le dije:
—No hace falta, Torniquete. Ha sido usted y los otros vecinos tan amables, y yo… Yo solo necesito ponerme la ropa.
—Yo se la pongo, señora Sofía —me respondió.
Y
juro que no parecía que hablaba de la ropa. Sus ojos tenían un brillo
que nunca había visto. Tener a ese hombretón tan viril de pie frente a
mí, de espaldas anchas como un ropero y su bulto creciente justo sobre
mi rostro, me desorientó. No sabía si mirarle el bulto o sostener su
mirada, que parecía desnudarme aún más.
—¿Vos me la ponés? —le dije. Sin darme cuenta lo tuteé, qué descarada.
—Yo
se la pongo toda, señora… —repitió. Y se vino y me tomó los pechos, se
llenó las manos con cada una, fregándome suavemente los pezones con los
dedos.
Por supuesto, reaccioné, mi amor. Aunque admito que estaba como en trance, así que tal vez me demoré un poco más de la cuenta.
—Torniquete,
recuerde que soy una mujer casada… —le advertí mientras sentía en mis
tetas un hormigueo como hacía tiempo no sentía y mis pezones se ponían
peor.
Pero
estaba siendo prejuiciosa. Como yo había entrecerrado los ojos, no me
di cuenta que el bueno de Torniquete no me estaba manoseando los pechos
descaradamente, sino que me tomaba de ahí para girarme sobre mí misma y
ponerme de espaldas. Quedé arrodillada sobre el borde de la cama,
mirando hacia la cabecera y quedando hacia afuera y con mi trasero y… ya
sabes qué, tu preciado tesorito, amor… en punta.
—¿Se la pongo, señora?
Escuché el rasguido de un cierre y me imaginé que sería mi bolsa con mi ropa.
—Sí —le dije, aunque más sonó a un jadeo desesperado.
Y me la puso.
Pero no la ropa interior de la que pensé que hablaba.
Ay,
no sé cómo decirlo, me siento tan sucia. Supongo que la vulnerabilidad
de mi desnudez y las… ansias contenidas que arrastro desde que te
fuiste, crearon en mí una tempestad de sensaciones que nublaron mi
juicio.
Sentí
entre mis piernas, ya sabes dónde esposo mío, en ese lugar que siempre
dices es solo tuyo y que ya no lo podrás decir más, una dureza rígida y
amable horadarme y penetrar suave pero firmemente. Sentí su carne entrar
de a poco y llenarme como no recordé nunca desde que nos casamos.
Imaginé que tal vez por haber pasado tantas semanas sin hacer el amor,
ese pedazo de miembro parecía mucho más grande que el tuyo. Él me lo
confirmaba al clavar: “Qué estrechita la siento, señora Sofía…”. Pero
cuando lo vi después, resultó que no, que en verdad la tiene mucho más
grande y gorda que la tuya, mi amado Coriolano. No es que me resulte
importante, desde ya, pero la diferencia de hombría, por así decirlo,
fue notable.
Y
aunque sé que no es un gran consuelo ni repara mi falta, te aseguro mi
amor, que mientras la verga de Torniquete me iba entrando despacio, pero
sin pausa, yo cerraba los ojos y te nombraba como en un rezo.
—Ay, Coriolano… Ahhh… No te merecés esto, Coriolano… Uhhh…
Era
mi manera de no mostrarme tan débil, mi amor, de no serte tan infiel.
Aunque cada vez me costaba más hablar, conforme la verga iba entrando.
Qué vergüenza, por la diferencia de tamaños me sentí como si me
estuvieran desvirgando de nuevo. Aunque más de la mitad entró de un
saque, como si vergas así me cogieran a diario, y luego, apenas comenzó
el bombeo, el miembro fue entrando completo hasta hacer tope con el
propio Torniquete.
—Ahí
va, putita… Hasta los huevos —me dijo, y comenzó a bombear con mejor
ritmo—. Ahora sí, con toda la verga completamente adentro ya podés dejar
de decirle a tu marido Coriolano y podés decirle “cornudo”.
No
sé por qué dijo eso. No sabía que había una reglamentación informal
para eso. Deberé consultarla a mi prima, pues a su marido todos en la
cuadra le dicen cornudo. Quizá ella sepa algo.
De todos modos, para mí no lo eres, mi amor, pues yo estuve los veinte minutos pensando en ti.
—Ay,
Coriolano, no te lo mereces… No te lo mereces… —repetía, y la voz me
temblequeaba porque la cabeza se me sacudía por los embates cada vez más
violentos.
Pero
creo que nombrarte animaba a Torniquete, porque cada vez que escuchaba
tu nombre me agarraba más fuerte de las nalgas y clavaba con mayor
furia.
—Pero vos sí te lo merecés, putón. Merecés pija de verdad y la leche de un macho que te llene.
No
sé qué pasó por mi cabeza en esos momentos. Yo creo que estaba
hipnotizada, porque era como otra mujer. Sentí temblores, piel de
gallina, un fuego que me subía desde adentro. Como a los diez minutos
que me estuvo dando en esa posición o variantes parecidas, porque luego
me subió a la cama, tuve una explosión interior que me hizo gritar y que
no sé cómo explicarte, esposo mío. Algo que no había sentido nunca
contigo. Aunque gemí y grité como sí lo haces tú cuando me montas como
un toro salvaje esos minutitos.
Y
así fue la primera vez, porque luego hubo una segunda explosión. Mía.
Cuando Torniquete volvió a cambiar de posición, y luego otra vez. Me
llevó por toda la cama, y hasta fuera de ella. No me lo hizo yo boca
arriba y él encima, como lo hacemos nosotros. Nunca imaginé que en esta
cama se pudieran hacer tantas cosas distintas. Quizá sea porque su verga
es mucho más grande y gorda que la tuya, no lo sé.
La
cuestión es que en un momento me tenía montada en el aire, abrazándonos
como amantes, pero yo literalmente en el aire atenazándolo con mis
piernas y él subiéndome y bajándome sobre su pija. Ahí tuve mi segunda
explosión, que estoy segura lo escucharon los otros cuatro vecinos que
nos aguardaban en el living. ¡Qué bochorno, qué escarnio, qué vergüenza,
qué pedazo de pija la de nuestro vecino! Porque lo cortés no quita lo
valiente, Coriolano. Él estuvo mal y yo estuve peor, pero la verdad es
que por primera vez en mucho tiempo no me sentía así de llena de…
masculinidad, por decirlo de una manera decente. Está mucho más cerca
del tamaño de Motongo que del tuyo, para que tengas una idea.
Pero
me estoy yendo por las ramas… Capitulé, eso quería decirte. Porque
además de votos de fidelidad, tú y yo también hicimos votos de
honestidad y compromiso. Y si he faltado a uno, no quiero, por respeto a
ti, faltar a todos. Fui infiel a nuestra unión, Coriolano. He
mancillado con otro hombre el lecho que compartimos. No hay excusa que
valga, solo la entendible verdad de mi flaqueza. No sé qué me poseyó.
Fue como si otra mujer habitara mi cuerpo. Te pido perdón de rodillas,
como cuando me encontraste con Motongo, aunque sé que no lo merezco.
Prometo
no volver a faltar a tu confianza. Pero comprende también mi soledad,
el peso de las noches y el pavor que me producen los ruidos nocturnos de
probables cuatreros.
Y
como tú siempre dices que no hay mal que por bien no venga, déjame
contarte algo que te tranquilizará sobre otros asuntos. Ya que no te
gustaba que Motongo se quedara a pernoctar, encontré una solución
perfecta. Como los ruidos me siguen aterrorizando y el frío del invierno
ya se siente en las madrugadas, los vecinos ahora pasan la noche
completa en la casa, cada uno el día que le corresponde vigilar.
Originalmente iban a usar el cuarto de invitados, pero como sigue
estando la gotera y faltan los arreglos, momentáneamente dormirán
conmigo en la habitación. No tuvimos opción, Coriolano. No pienses que
se están abusando de tu confianza, para nada. Fue por necesidad, y te
aseguro que todo ocurre en el más estricto respeto, ninguno de ellos me
mete mano ni me posee carnalmente. Bueno, excepto Torniquete, pero eso
es completamente lógico. Me lo hizo una vez y me hizo acabar dos veces
en veinte minutos, no es que fueras a ser más cornudo porque me llene de
leche cada vez que sea su guardia, ¿no?
Así que, por ese lado, puedes dormir tranquilo.
Respecto
a Motongo, y para que veas hasta qué punto intento enmendar mis
errores, he seguido tu consejo. Fui a verlo para pedirle que hiciera los
arreglos solo de día, pero convencerlo de que trabajara para ti no fue
sencillo, después de tu destrato. Resultó en una situación terriblemente
incómoda. Él, con razón, se sentía discriminado por tu decisión de
excluirlo y se mostró reacio. Para que aceptara, me exigió que…
terminara el trabajo que yo misma había comenzado y que tú interrumpiste
aquel día en el granero. La inflamación aquella, Coriolano, seguía
allí, en el mismo lugar. Y, la verdad, por lo que pude ver, estaba más
gorda, dura, hinchada e imponente que nunca. Motongo me exhortó a que,
como entonces, le bajara la inflamación. ¿Qué podía hacer? Me vi sin
opción. Me arrodillé y, recordando las enseñanzas de la Cruz Roja de la
Orden de Cristian Castro, me persigné sobre mi pecho, o más bien sobre
mi escote un poco abierto, y me encomendé al Señor. Al señor que tenía
sobre mi rostro. El negro.
De
inmediato Motongo me mostró su miembro oscuro, grueso como mi
antebrazo, venoso, con la cabeza brillando. Lo vi pendular ante mis ojos
y de inmediato me vino tu recuerdo. En este caso, por comparación. Solo
la cabeza de su miembro es tan grande como tu masculinidad completa, mi
amado Coriolano. Creo que por eso se me escapó un murmullo, cuando la
tomé con mis manos frente a mi rostro:
—Es grande como la de mi marido…
Yo me refería a su glande respecto de tu miembro entero, pero Motongo entendió otra cosa y sonrió con suficiencia.
—Vamos
a coronar otra vez a la bolsa de cuernos que tenés por marido —me dijo.
A veces Motongo habla herméticamente, como si mantuviera el idioma
propio de su África natal. No sé qué quiso decir.
En
fin, como ya estaba arrodillada, solo debió apoyar su manaza sobre mi
cabeza y guiar mi rostro hacia su verga. Así que abrí bien grande la
boca y engullí todo lo que pude. Pero apenas me cabía semejante pedazo.
Ay, esposo mío, qué bochorno estar a sus pies y no poder tragar todo lo
que él necesitaba. Me sentí una mala socorrista de la Cruz Roja, pero es
que era muy difícil.
Sin
embargo, Motongo le tenía fe a tu esposa (eso es para que empieces a
perderle la inquina que le tienes) y me alentó en todo momento:
—Tragá todo, putón —me rugió con voz cavernosa—. Hasta que no te toque la campanilla no salís de acá.
Tuve
que abrir hasta dolerme la mandíbula mientras él me agarraba el pelo y
empujaba hasta el fondo de la garganta. Me entró la mitad, se me
dificultaba respirar y la baba comenzó a hacerse espesa y salirse por
alrededor de la verga del negro. Luego de un minuto de bombearme así, me
tomó de las orejas y comenzó a… no se cómo decirlo, fue como si me
cogiera la cara. Me bombeó el vergón dentro de la boca y así poco a poco
fue metiéndomelo cada vez más profundo. Empecé a toser, a tener arcadas
y soltar moco. Mi vida, qué bueno que contigo estas cosas no suceden.
Sentí que me ahogaba. Me siguió bombeando unos diez minutos, y solo
cuando me tragué absolutamente toda la verga se quedó tranquilo.
—Bien
hecho, putón… Como en los viejos tiempos… —me dijo. Entonces retiró
media pija y ya pude respirar, le masajeé el tronco con las dos manos,
pues con una sola no alcanzaba, y lo fui mamando un buen rato con mucho
esmero hasta que comenzó a gemir muy fuerte, como si sufriera (sería el
veneno de las picaduras), me tomó de los cabellos y me anunció: “Me
vengo, pedazo de puta”. No sé de quién se estaba vengando. De vos no,
Coriolano, a vos te respeta mucho.
Empezó
a soltarme la ponzoña por la verga y entonces me llenó la boca de leche
caliente y líquida. Tragué lo que pude, pues no terminaba nunca de
llenarme y encima me apretó la boca sobre la barra de carne para que
engullera todo. Pero bueno, una parte igualmente se escapó y se me
chorreó por la barbilla y el escote.
—Contale a tu marido que por fin me curaste la hinchazón en la verga. Y de rodillas —me dijo.
Y yo, no sé por qué, le di las gracias.
Supongo
que, por la necesidad de que fuera a comenzar a hacer los arreglos,
porque tú, Coriolano, no hiciste el trabajo del hombre de la casa cuando
estabas aquí y dejaste estas cosas pendientes. Y hasta que llegues
parece que el trabajo del hombre de la casa lo va a hacer Motonogo. Yo
solo estoy poniéndolo al día.
Perdóname,
Coriolano. Por todo lo primero. Soy una esposa de verdad terrible y muy
arrepentida. Pero mi corazón no te traicionó, te amo más que antes de
hacerte cornudo. Y bueno, felicítame por conseguir que Motongo trabaje
en la casa durante el día y no a la noche.
Son mis altos y bajos, cielo mío; hoy, la única verdad que me sostiene.
Con el amor más genuino y la carne más arrepentida,
tu Sofía.
PD:
Por alguna extraña razón, desde que los vecinos duermen conmigo —y a
pesar de los ruidos que se escuchan en la noche, supongo que animales
del campo— duermo mejor y me levanto más relajada que nunca. Así que
puedes quedarte tranquilo.
San Bartolo
9 de mayo de 1930
Mi queridísima y atribulada Sofía:
He
leído tu carta con el corazón encogido y una tristeza casi de muerte.
No sé si debo agradecerte la franqueza o temerla, pero en cualquier caso
prefiero la herida limpia a la duda que corroe.
No
he dormido bien desde entonces. Me debato entre el dolor, la
comprensión y unos dolores en la frente que me aparecieron de golpe.
Tu
confesión me ha partido el corazón. Imaginar a Torniquete, o a
cualquier otro, profanando nuestro lecho, nuestro sagrado refugio... es
una imagen que me atormenta, que me perturba. La decepción es un veneno
lento y, sin embargo, al mismo tiempo, tu dolor, tu arrepentimiento, tu
vulnerabilidad expuesta en cada línea, conmueven lo más profundo de mi
ser.
Esto
es culpa mía, en gran medida. Yo te dejé sola. Yo no arreglé la casa
como debía. Yo te expuse a esta situación al irme por tantos meses.
No
te diré que no duele. Duele como un cuchillo. Pero tu valentía al
confesarme la verdad habla de la nobleza que aún late en tu corazón.
Comienzo a entender, mi vida, la magnitud de la carga que te he
impuesto.
Debo
confesar que la idea de que Torniquete se quedara en la habitación
mientras los otros cuatro esperaban, y que luego te entregaras en
nuestra cama, con ellos al otro lado de la pared, escuchando los gemidos
y tu… clímax… me ha mortificado. Los otros vecinos tuvieron que
enterarse de todo y han de pensar que soy un cornudo. Eso lacera mi
orgullo, ¿cómo voy a verlos a los ojos cuando regrese? Pero otra cosa me
llamó la atención y se me hace difícil de entender. Escribiste que el
buen vecino estuvo aprovechándose de tu vulnerabilidad durante cuarenta
minutos, bombeándote sin parar (perdón el vulgarismo, pero no se me
ocurre otra expresión). Eso es imposible. Cuando nosotros hacemos el
amor, lo resolvemos en cinco minutos y eso ya es más que suficiente.
¿Quizá tu estado de tribulación o el calor te hayan jugado una broma con
los tiempos?
No
dudo de tu arrepentimiento, Sofía. Y aun cuando mis pensamientos me
atormentan con imágenes que quisiera desterrar, como las manazas de
Torniquete tomando tu cintura y empujando para clavarte bien hondo
mientras choca tu trasero perfecto contra su panza… (esa imagen no puedo
sacármela de la cabeza, me vuelve cada noche al cerrar los ojos para
dormir). Confío en que lo ocurrido fue solo un desvarío del espíritu.
Todos podemos flaquear. Yo también, a solas en el camino, he flaqueado y
te he pensado y rememorado desnuda y me he desahogado a solas, como te
has desahogado tú. Aunque, bueno, lo tuyo no fue a solas, fue con otro
hombre. Supongo que, si pensabas en mí y me nombrabas en voz alta como
dijiste, ha de ser más o menos igual o equiparable, ¿no, Sofía? ¡Por
favor, dime que es lo mismo, mi amor!
Ahora,
sobre la solución que encontraste para los ruidos y el frío, debo decir
que me da muy mala espina. ¡Que los vecinos duerman contigo en nuestra
cama! Sé que es por tu seguridad, pero, ¿es estrictamente necesario?
Quiero decir, ¿no podían colocar la cama de invitados en la habitación? O
mejor aún, en el living. Comprendo que te sientas más segura con un
verdadero hombre a tu lado, pero saber que se acuestan contigo cada
noche (aunque no te hagan nada), que ven tu despertar en ropa de cama,
me provoca una zozobra extraña e insoportable. Me imagino la escena y me
pregunto: si un solo vecino te llevó a la perdición, ¿qué pasará ahora
que los tienes a todos, uno por noche, en esa cercanía obligada?
Y
respecto al caso de Motongo: ¡Sofía, me das una lección de humildad!
Debo disculparme una vez más por mis celos y prejuicios. Comprendo que,
por el juramento hipocrático y por la salud del pobre hombre, te vieras
obligada a… arrodillarte para hacerlo... bueno, supongo que es la
posición más práctica para esa labor. Arrodillarte y mamarlo hasta
quitarle toda la inflamación que, según dices, estaba más grande que
nunca. Anteponer la salud de un semejante a tu propio pudor demuestra
que tu corazón no ha perdido su brújula moral.
Y
qué bueno que sepas curar esa extraña afección, yo nunca había oído
hablar que una picadura de abejas se curaba chupando hasta extraer todo
el veneno, como se hace con las picaduras de serpientes. Acá le comenté
esto a un baqueano con quien estamos recorriendo juntos un tramo del
camino y me dijo que si me creo que así se curan esas picaduras, que
quiere ir a visitarnos un día para que lo veas, porque a él le sucede lo
mismo. Y debe ser verdad porque me mostró lo suyo y está muy hinchado,
debe medirle unos veintipico de centímetros por seis o siete, y está muy
gordo. Y lo normal es como lo que yo tengo, cinco por dos, así que el
pobre hombre ha de estar desesperado. Le dije que pasara por el rancho
en el verano, con su mujer. Ahí me dijo que es viudo, pero puede pasarse
con cuatro o cinco amigos. Espero no te moleste que tengas que sanar a
un compañero de viajes.
Que Motongo haga los arreglos de la casa. Yo me quedo tranquilo porque él no dormirá allí.
Solo
te pido una cosa, mi amor: no dejes de escribirme. No dejes de
contarme. Necesito saber. Necesito que me cuentes todo. Prefiero mil
veces saber la verdad por tu letra que imaginar una mentira todavía
peor. Pero hazlo rápido, estoy notando que cada vez te demoras más en
responder, como si algo te estuviera distrayendo. Hazlo a la Posada El
Destino, donde calculo que estaré para una respuesta con fecha
razonable.
Te ruego que no dejes de amarme.
Coriolano
Alce Viejo
29 de mayo de 1930
Mi único y amado Coriolano:
Tu
carta ha sido un bálsamo para mi acongojada conciencia, aunque cada
palabra de perdón tuya incrementa el peso de mi culpa. Sin dudas eres
demasiado bueno para una esposa de naturaleza tan débil como la tuya.
Lloro al leer tu indulgencia, pues no la merezco, pero la atesoro como
el bien más preciado en esta soledad.
Quiero
que sepas que no dejo de estar sorprendida y orgullosa de tu
inteligencia y perspicacia. Ahora que te leo, sin dudas la mejor
solución era sacar la cama de debajo de la gotera y ponerla en el
living, en vez de que cada uno de los vecinos terminara durmiendo
conmigo en nuestro lecho nupcial. ¡Qué tontos hemos sido todos acá! A
ninguno se nos ocurrió esa solución. Eres el más agudo de toda la
comarca, me lo decía anoche don Turbio, mientras se me pegó desde atrás
intentando dormir, apoyándome sin querer su dureza entre mi cola y mis
muslos. “Qué sapiencia la de su esposo, señora Sofía”, y me tomaba uno
de los pechos y con la otra mano trataba de abrir los cachetes de mis
nalgas para apoyar más profundo. No en un sentido sexual, Coriolano, no
pienses mal, sino en un sentido de admiración hacia vos.
Desde ya no creas ni por un segundo que ellos tienen intimidad conmigo, amor. Soy una mujer casada.
Solo
Torniquete la tiene, y nada más cuando le toca la vigilia nocturna
(aunque él quisiera todos los días, pero le dije que qué se cree, que
soy una esposa decente y que te respeto como el primer día —se lo dije
mientras sentía el tintineo de sus testículos contra mi fundillo,
mientras me daba bomba fuerte). Puesto que ya he roto el voto con él,
volver a hacerlo con el mismo hombre no te hará más cornudo, ¿verdad? No
es como si te fueran a salir astas nuevas cada vez que él se vuelca
dentro mío. Creo que eso dice la Biblia. El daño ya está hecho —vivo
arrepentida—, y lo hago por no ser descortés con un vecino que nos ayuda
tanto. He permitido que con él la situación se regularice. Suele
ponerme en cuatro patas sobre la cama, tomarme de la cintura y bombear
como un poseso por una hora. Claro que no solo en esa posición, también
me ensarta en el aire y me clava hacia arriba. No sé cómo lo hace. Como
ves, lo voy manejando y convierto este infamante episodio en un mal
controlado.
Y
fíjate qué ironía, yo he roto los votos contigo y él quiere romperme
otra cosa. Desde hace unos días está muy insistente para entrarme por
detrás, si entiendes a lo que me refiero. Yo no tenía problemas por lo
que te dije antes: si ya he sido débil con él, no cambia nada. Pues
resulta que por atrás es distinto, duele mucho, así que me negué después
del primer intento. Pero Torniquete es paciente. Se ensaliva mucho la
cabeza del miembro y se toma minutos interminables. Dice que, al tenerme
ahora toda la noche para él, tiene tiempo, y que al final lo
disfrutaré. Que una cola como la mía merece ser profanada, especialmente
si el marido no lo hace. Yo le conté que tú nunca lo intentaste porque
no sabías cómo, y me respondió que entonces mejor que él me la fuera
haciendo, porque de esa manera él hacía el trabajo sucio por ti, y tú
solo vas a disfrutar de los beneficios sin padecer la tarea. Ese
sacrificio suyo me conmovió y me indujo a dejarlo hacerme lo que quiera.
Y por ahora te estoy cumpliendo, mi amor, ya me entierra un tercio de
verga, que es más que la tuya entera, así que a tu regreso podremos
ampliar el horizonte de nuestra intimidad. Desgraciadamente esto hace
que Torniquete acabe adentro mío dos veces cada noche, porque no hay
manera de que se aguante cuando me “rompe el culo” (palabras de él; a
veces es un poco ordinario). Y después, a mitad de la noche, me
despierta y me coge durante una o dos horas más, siempre acordándose de
vos: “Te voy a dejar toda estirada para el cornudo”. Yo también me
acuerdo de vos cuando me bombea, especialmente cuando me vuelca toda la
leche adentro. “Perdóname, Coriolano mío, no te merezco”, e
inmediatamente cierro las piernas para que no se me escape ni una gota
del hombre que me poseyó. Para no manchar la sábana.
Con
los otros cuatro, sin embargo, he luchado como una leona en defensa de
tu honor. Por supuesto han intentado ir más allá, aprovechando que
compartimos espacio bajo las mismas sábanas. ¡Pero no he cedido!
Pensando en ti y en nuestro matrimonio, los he mantenido a raya. ¡Soy
una mujer fiel, ya lo sabes! Sin embargo, Coriolano, no puedo evitar los
roces casuales; con tan poca ropa en la cama, los toqueteos
accidentales son inevitables. Se pegan a mi espalda bajo las sábanas, me
apoyan su dureza entre las nalgas, o dormidos me agarran los pechos y
me pellizcan los pezones hasta ponérmelos como caucho en invierno.
Ten
en cuenta que estos hombres son más chapados a la antigua y duermen
desnudos, y el cuerpo desnudo pide proximidad. Los manoseos y apoyos son
de todos los días (bueno, noches), pero prácticamente inconscientes; lo
hacen casi dormidos. Yo a veces los retiro con
educación y firmeza, la firmeza de una esposa decente, pero también la
firmeza de sus miembros, porque para retirarlos debo tomarles los
vergones y quitármelos de entre las piernas o las nalgas. Pero a veces
sucede, normalmente dos veces por noche, que sin querer y ya dormidos
(supongo que teniendo pesadillas), ellos terminan apoyando la punta de
sus miembros en la cuevita que es solo tuya. Como yo a esas horas ya
estoy en brazos de Morfeo, no me entero, pero ellos me han dicho con
mucha culpa y vergüenza que dos veces por noche, cada uno de ellos me
puertea mientras yo sueño.
Yo
no sabía qué era eso de “puertear”. Me explicaron que con el miembro
completamente duro me meten solo la cabeza, nada más —nótese la
consideración para que yo no me despierte— y me bombean suavecito y sin
ir más profundo, tratando de aguantar porque les sabe bien rico, y
después de bombearme así un buen rato terminan volcándome la leche en la
puerta, pero del lado de adentro.
Yo
no me doy cuenta de nada porque estoy dormida, soñando contigo. Tampoco
sé si es cierto, me suena a que me están jugando una broma para que les
haga escándalo y dejarme en ridículo. Para evitar eso, no les dije nada
y entonces lo siguen haciendo todas las noches.
Pero
debe ser mentira porque los cuatro rancheros llevaban días algo
extraños conmigo. Yo pensé, en el peor de los casos, que la intimidad
debía limitarse a esos mínimos desahogos portuarios en medio de la
noche, mientras yo paraba la co dormía. Pero según
ellos, “eso cuenta como nada”. Esa era mi forma de guardar recato
mientras te esperaba y que siguieran apareciendo para espantar a los
cuatreros. Pero ellos empezaron a decir que era injusto que yo me dejara
solamente con Torniquete, cuando los cinco me protegían por igual. Que
un hombre tan justo y ecuánime como tú no vería bien esa desigualdad.
Yo
traté de contradecirlos, Coriolano, ¡Dios sabe que traté! Pero se
pusieron tensos, dolidos incluso, y temí que dejaran de pasar las noches
conmigo. Con los cuatreros rondando y yo sola… ¿qué iba a hacer? Les
expliqué que esperaba tu instrucción, que prefería aguardar tu palabra,
pero ellos argumentaron que la seguridad de una mujer no debía depender
del correo. Y aunque me avergüenza admitirlo, también me dijeron que, ya
que vos siempre fuiste tan recto, seguramente bendecirías una
repartición más pareja de responsabilidades… y de agradecimientos
extraconyugales.
Así
que, amor mío, me mandaron pedirte algo que me cuesta formular: ¿me
darías permiso para dejarme horadar también por esos cuatro vecinos? ¿Me
autorizas a dejarme cabalgar por los que aún no me han tomado, como sí
lo hace Torniquete? Sería por mi propia seguridad y para que ellos no
piensen que eres ruin.
En
cuanto a Motongo, siéntete tranquilo: los arreglos avanzan, aunque
lentamente. El hombre es meticuloso, pero tiene una petición peculiar.
Antes de clavar un clavo o ajustar una tabla, siempre exige que lo
desinflame para trabajar. Si no lo hago, simplemente no inicia las
reparaciones. Es un hombre de convicciones firmes. Te manda saludos cada
vez que yo lo atiendo y él me sostiene la cabeza con sus manos grandes.
Siempre dice más o menos lo mismo: "Este lechazo es para el cornudo de
tu marido". No lo dice con un tono afable en la voz, eso me desconcierta
un poco. Quizá sea porque vive con esa inflamación ahí y ha de dolerle
todo el santo día.
No
me juzgues con demasiada severidad, mi vida. Estoy haciendo lo mejor
que puedo en un mundo desquiciado a punto de implosionar ante mí. No
sabes cómo es eso, Coriolano. Yo soy la que está todos los días acá
rompiéndome el alma con estos hombres. Y no estoy fuera de lugar. Tú
estás fuera de lugar. ¡Todo el maldito sistema está fuera de lugar!
¿Quieres la verdad? ¿¡Quieres la verdad!? ¡Tu no puedes manejar la
verdad! Porque cuando se levanta la mano para arreglar la gotera o
vigilar los ruidos de la noche, una no sabe qué hacer. Olvídalo,
Coriolano, ¡esto es Alce Viejo!
Te espera tu siempre devota
Sofía
PD:
Decime, amor mío: ¿falta mucho para que llegues a tu destino? Es que
quiero saber cuánto más deberé arreglármelas sola con estos hombres.
Posada El Destino
4 de junio de 1930
Recibí
tu carta hace apenas unos minutos. Perdón que olvide mi civilidad pero
debo responder rápido, no vaya a ser que mi silencio se interprete como
consentimiento.
Te
ruego, por todo lo que es sagrado, que me escuches y actúes con
sensatez y el recato que te caracteriza, antes de que sea tarde.
Sobre tu pregunta de los otros cuatro vecinos: ¡La respuesta es un rotundo NO! Repito: NO!!!
Entiendo
sus sentimientos de injusticia, pero esto se está yendo de las manos.
Por favor. Ya bastante tienen ellos con los puerteos nocturnos que ahora
me entero les estás regalando diariamente. Aunque como dices tú,
posiblemente sean chanzas. ¿No? Seguramente sí. ¡Confírmame que son
chanzas! Incluso sin ese detalle, el que te estén jugando una broma,
bastante tengo yo con compartirte cada noche en nuestra cama con ellos,
aunque no hagan más que manoseos adolescentes. Y ya bastante tengo con
Motongo, al que debes hacerle una mamada sanitaria todos los días antes
de trabajar. ¿Cuánto más debo soportar?
Son
cuatro, Sofía, es demasiado. Si cedes con ellos, serían cuatro nuevos
hombres. Cuatro nuevas astas en mi cornamenta. No podría soportarlo. Ya
demasiado me cuesta imaginar a Torniquete visitándote en nuestra cama
cada vez que le toca su turno. Bueno, no me cuesta tanto imaginar; de
hecho, lo imagino seguido.
En
fin, creo que, si me hicieran decidir a punta de pistola, hasta
preferiría te use Motongo. Con él al menos el daño ya está hecho.
Agregar más encuentros con él no añadiría nuevos cuernos, ¿no es así? Es
tu lógica con el vecino: el mismo hombre, el mismo agravio.
Por favor, te lo ruego, mantenlos a raya como has hecho hasta ahora.
No tomes decisiones antes de recibir esta carta. Sé prudente, te lo suplico.
Tu Coriolano
Alce Viejo
30 de Junio de 1930
Recibo
tu última carta con el alma dividida entre el alivio de saber de ti y
la angustia de un bochorno que me lacera por dentro. Llegaste tarde, mi
vida, terriblemente tarde. Los acontecimientos aquí han tomado un cariz
inesperable del que no he queri podido escapar y que, en el fondo, siento que es consecuencia de tu demora en responder.
Si
tan solo tu carta hubiera llegado antes, amor mío. Si tan solo hubieras
respondido con más celeridad, tal vez esto se habría evitado.
Te cuento llena de rubor en el rostro. La situación con algunos vecinos se volvió insostenible.
Los
cuatro a quienes yo no permitía intimidad —solo ese supuesto desahogo
portuario de meterme el glande en tu cuevita mientras yo dormía, para
descargarse dentro mío, que quién sabe si era verdad— comenzaron a
mostrarse resentidos. Les parecía profundamente injusto que yo me
acostara cada noche con Torniquete cuando todos me protegían por igual,
cuando todos dejaban sus ranchos desatendidos para velar por mi
seguridad. La tensión se volvió dura, cada vez más dura, por varios
días. Temí, Coriolano, que dejaran de venir, que me abandonaran a mi
suerte con los cuatreros rondando. ¿Qué habría sido de mí?
Su argumento final me dejó sin excusas:
—Un
hombre tan justo y ecuánime como Coriolano —dijeron— bendeciría una
repartición equitativa de responsabilidades… y agradecimientos. ¿O acaso
su esposo no es un hombre justo?
Y
bueno, como soy tu esposa y prometí ante Dios defender tu buen nombre y
honor, no iba a permitir que ellos pensaran que no eres un hombre justo
y de ética intachable.
Así
que, desde hace un mes, el vecino a quien le toque la guardia nocturna
cumple con su deber de vigilancia en la casa, y su deber de hombre en la
cama. Y yo cumplo con mi deber de esposa circunstancial: hago todo lo
que me piden y cumplo todos sus deseos.
Bueno,
todos no. Como una manera de rebelarme y de afirmarme como tu aliada
fiel, cuando me quieren hacer la cola les digo enfáticamente que no, que
soy una mujer casada, que tú eres mi marido y que el único que me la
está trabajando es Torniquete, y que hasta que él no me haga entrar toda
la verga hasta los huevos (palabras de él), nadie en la casa deberá
usar la puerta trasera. Creo que como esposa que tal vez ha faltado a
lealtad alguna vez, te lo debía, amor mío.
—Ni
siquiera el cornudo —dijo Torniquete una tarde en que los otros le
reclamaron. No lo dijo en serio, cielo mío, es obvio que tú sí puedes,
eres mi marido y seguro te va a dejar. Pero tenía que mostrarse duro
ante los otros.
Los
que también se muestran duros son los otros vecinos. Ahora que
oficializaron su derecho a accederme para vaciar sus bajos instintos, y
ahora que no me lo hacen mientras yo duermo, me doy cuenta que cada uno,
a su manera, te estima y te respeta. De otro modo no se entiende cómo
cada vez que me disfrutan te mencionan tanto.
Don
Rapiña, aquél que me manoseó sin querer los pechos por debajo del
vestido como por cinco minutos en la puerta del rancho, se ve que quedó
como obsesionado o algo así porque, si bien no deja de cogerme como
todos los demás, tiene el berrinche de finalizar la tarea cogiéndome las
tetas. No sé cómo explicarte, amor mío, es algo que tú nunca has hecho.
Me posee como tú. Bueno, no como tú, me posee de otra manera, mucho más
violenta y salvaje. Suele darme contra el marco de la puerta, así de
pie los dos, él es de los que más respeta nuestro matrimonio y casi no
me coge en nuestro lecho conyugal. Me ensarta apenas la hebilla de su
pantalón toca el suelo y enseguida me aprisiona la cabeza contra el
marco. Y empieza a bombear como un animal. Su mirada cambia. Su
respiración también. Me empieza a decir cosas que por suerte tú nunca me
dirías.
—Puta…
Puta… Puta… Cómo te gusta la pija gorda y venosa… —Y ahí es cuando se
acuerda de ti—. Qué rico es cogerle la mujer al Coriolano…
Yo
a esa altura, y como lo conozco, suelo apoyar un pie en un cajoncito
que he colocado junto a la puerta. De esa manera quedo más abierta y
cómoda para él, y me ensarta hasta hacerme ver las estrellas. Tiene una
verga muy gruesa, como la de Torniquete, aunque no tan grande, pero sí
rugosa. Mi físico responde, mi bien amado, pero no de promiscua como él
me nombra, sino porque al nombrarte me recuerda a ti y mientras siento
toda su verga adentro, empujando y empujando como un motor, se me viene
tu carita de esposo fiel y empiezo a tener un orgasmo.
Un
orgasmo femenino, Coriolano, es algo muy difícil de explicar por carta.
Cuando volvamos a estar juntos veremos la manera de que pueda mostrarte
cómo es, ya que tú nunca has presenciado uno.
El
viejo me da un buen rato, media hora, no sé. Pero al final siempre es
lo mismo. Me sienta en la cama, se agacha apenas un poco y me mete la
verga entre las tetas. Le gusta acabar así, tirándome la leche en la
cara y diciéndome puta. No entiendo por qué lo de puta. Una vez me dijo
que porque todo esto le hace acordar a la novia de un sobrino suyo, a
quien también se coge a escondidas del cornudo.
El
Boa es el que menos se acuerda de ti. No es que no lo haga, cariño mío,
no le tomes inquina. Simplemente que este hombre es más callado, él no
habla, va a los hechos, y como tiene la verga más grande de todos
—incluso que Motongo—, supongo que eso le da la confianza suficiente
para no decirme nada, simplemente tirarme en la cama y empalarme como un
toro en celo. Me sacude como por una hora, no se cansa nunca. Me
provoca cosas extrañas, sensaciones encadenadas que por suerte no se
terminan nunca. Es de los que me toman del cabello para tirarme hacia él
y clavar más fuerte. En eso es como Longagruesa o Motongo y alguno de
sus amigos. También le gusta darme nalgadas, aunque no tanto como a
Motongo, y le encanta tomarme con una mano cada una de mis nalgas, bien
abajo, y clavarme la verga de manera suave y lenta, para que yo sienta
cada milímetro de pija. Eso me dice. Y es así. Cuando hace eso siento la
carne abriéndose dentro mío tan lentamente que toda la acción dura casi
un minuto, y se siente como si viviera penetrada y llenándome todo el
tiempo (bueno, hasta que hace tope), y luego lo mismo para retirarla. Es
algo que tú nunca hiciste, mi amor, aunque creo que ni tiene sentido
que lo hagas porque tus… dimensiones no ayudan a ese ejercicio. Se
necesita un equipamiento que la naturaleza no te ha provisto. No lo
tomes a mal, esposo mío, cada uno tiene sus ventajas y desventajas. Tú
eres muy bueno para esas noches en que una está cansada o le duele la
cabeza, y hacerlo esos días en cinco minutos es una bendición.
El
Boa solo te menciona cuando yo me monto sobre él y me clavo hasta la
base. “Te voy a estirar toda para que el Coronado no te sienta”, me
dice. Ah, porque los vecinos comenzaron a decirte Coronado en vez de
Coriolano. Argumentan que pronunciar tu nombre es muy difícil.
Y no les falta razón. Yo misma comencé a llamarte así cuando te menciono, es menos complicado.
En
fin, solo quería contarte estas pequeñas cosas porque me siento apenada
y una tonta, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Ellos solo buscan ser
reconocidos de manera equitativa por el tiempo que pierden al
protegernos. Por favor, mi cielo, perdóname. Si hubieses enviado tu
carta unos días antes, me habrías salvado del suplicio de entregarme a
cuatro hombres más! Pero piensa en lo bueno: que al menos estás siendo
justo y nadie se siente ofendido por el privilegio de Torniquete, lo que
asegura que sigan viéndote con respeto y admiración. Al final, es por
mi seguridad y tu hombría.
Sin
embargo, y para tratar de endulzar esta amarga medicina, te dejo una
noticia que te va a poner contento: al menos una de tus dos órdenes se
ha cumplido. Autorizaste que me desquitara con Motongo en lugar de con
los cuatro vecinos, y eso es exactamente lo que he hecho. Desde hace dos
semanas, Motongo ya no recibe solo mi ordeñe de leche emponzoñada.
Ahora me posee completamente antes de iniciar cada jornada de trabajo. Y
debo confesarte algo: la fama que tiene en toda la región no es
exagerada. Al contrario, se queda corta. Es un hombre de dimensiones
extraordinarias y vigor incansable. Me quita la ansiedad de tu ausencia
de manera que a veces hasta olvido que los arreglos avanzan muy lento.
La
primera vez, por ejemplo, vino a arreglar la bisagra de la puerta del
granero. Cuando le dije a Motongo que tú querías que por fin me
poseyera, él fue muy específico en la ropa que debía usar para que él me
use. Así que me puse el camisón corto de algodón blanco, el que se me
pega al cuerpo y deja ver todo cuando hay luz detrás. Él entró, miró la
puerta, miró mis muslos, mis caderas, mi cintura y mis pechos. Me sentí
un objeto. Un objeto de culto. Como sea, Motongo dijo con esa voz grave
que le sale del diafragma: “Primero lo primero, putón. Después la
puerta”. No me dio tiempo a ofenderme por su grosería injustificada: me
tomó de la cintura con esas manos enormes, me levantó como si no pesara
nada y me llevó al fondo del granero, donde están los fardos de paja
apilados que oficiaron de cama improvisada.
Me
tiró boca arriba sobre la paja seca, que me pinchaba la espalda y las
nalgas, pero no le importó. Me abrió las piernas y me quitó las bragas
de seda de un tirón, me levantó el camisón hasta el cuello y se quedó
mirando un rato largo, respirando pesado. “Mirá qué linda está la mujer
del Coronado”, dijo. Se bajó los pantalones y su verga saltó libre:
negra, gruesa como mi muñeca, venosa, con la cabeza brillante y con una
gota asomando por la punta. Parecía más grande que en la mañana, y
cuando se arrodilló entre mis piernas y me rozó con el glande, sentí que
me abría antes de entrar. Empujó despacio al principio, como si buscara
que yo sintiera estirarme cada centímetro, separándome los labios,
llenándome la entrada hasta que dolió y a la vez me encendió. Yo
jadeaba, con las manos agarrando la paja, y él seguía empujando, lento,
implacable, hasta que encajó todo adentro. Todo.
Cuando
hizo tope con el último centímetro y ya no pudo meter más, se quedó
quieto un segundo, mirándome a los ojos, creo que con algo de bronca, no
sé, y empezó a moverse: fuerte, profundo, saliendo casi por completo y
volviendo a entrar hasta el fondo con golpes secos que me hacían rebotar
sobre la paja y gemir sin control. Cada embestida me llenaba más, me
dilataba, me hacía sentir que me rompía y me reconstruía al mismo
tiempo. Me agarraba las caderas con fuerza, clavándome los dedos, y
aceleraba: empujones brutales, rápidos, haciendo que mis pechos
rebotaran y que la paja me pinchara la espalda. Mientras me daba bomba,
me miraba fijo y gruñía: “Así que tu marido no quería que me la chupes, y
ahora pide que te coja. Yo te dije el primer día que era un flor de
cornudo. Si sabré de eso, hago uno nuevo cada día”. No sé por qué dijo
eso, amor, tampoco sé a qué se refirió con lo de “el primer día”. Pero
sí es cierto que él sabe mucho de cornudos. Tiene un pequeño harén de
mujeres casadas y sus maridos terminan siempre resignados.
Con
cada empujón me subía el ruedo del camisón más arriba y me desacomodaba
el escote, dejándome los pechos prácticamente al aire. Aprovechó y los
agarró con una mano, los apretaba fuerte, me pellizcaba los pezones
hasta hacerme gemir. En cambio yo, cada vez que me la enterraba hasta el
fondo, arqueaba la espalda y apretaba las piernas alrededor de su
cintura. En fin, intenté no gemir ni gritar su nombre, pero me resultó
imposible: me vine fuerte, apretándolo dentro, temblando toda. ¡Qué
vergüenza!
Entonces
vi al toro. Estaba en el corralito interno, mirándonos a través de la
reja, con su cornamenta enorme, inmóvil, como si entendiera lo que
pasaba. No sé por qué, Coriolano, pero al verlo volviste a mi mente. Y
mientras Motongo me embestía más fuerte, más rápido, buscando ya
deslecharse, empecé a murmurar: “Pobre Coronado… no se lo merece… Pero
lo hago por él, para que encuentre la casa bien mantenida”. Motongo se
rio, me tomó del pelo y me dijo: “Una esposa bien estirada es lo que va a
encontrar”.
Aceleró,
me dio una embestida brutal que me hizo gritar, y se corrió dentro con
un rugido largo, llenándome hasta que sentí que me desbordaba. Se quedó
encima un rato, respirando pesado, y cuando se retiró la leche me
chorreó por los muslos y cayó sobre la paja.
Después
se subió los pantalones y me dijo: “Ahora sí arreglo la puerta”. Yo me
quedé allí, temblando, con el camisón arrugado en el cuello y el cuerpo
todavía abierto, pensando en ti y en el toro que seguía mirando.
Así
que ya ves, mi amor: aunque no pude cumplir con lo de los cuatro
vecinos, sí cumplí con lo de Motongo. Eso debe contar para algo,
¿verdad?
Amor
mío, mi único deseo es que este viaje llegue a su fin. Dime, Coriolano,
¿cuánto falta para que llegues a la ciudad? ¿Cuánto más durará este
viaje? Anhelo con toda el alma saber cuánto tiempo me queda con estos
hombres en la casa y tenerte aquí, en mis brazos, para que todo vuelva a
la normalidad.
Con la esperanza de tu pronto regreso,
Tu siempre recatada Sofía.
PD:
no te conté nada sobre Longagruesa y don Turbio, como sí lo hice con el
Boa y don Rapiña, para enviarte esta carta más rápido. Pero si quieres
que te cuente sobre cómo ellos me poseen en sus turnos, me lo pides, mi
amor, no tengo nada que ocultarle a mi marido, con quien hice votos de
fidelidad y de honestidad mutua. Y bueno, al menos el cincuenta por
ciento estoy dispuesta a cumplir. Tú ya cumples con el otro cincuenta,
¿no?
Valle de Nuestra Señora de la Resignación
5 de julio de 1930
Sofía mía:
Tu
carta me deja en un estado de profunda desazón y desconcierto. La
impotencia me corroe al ver cómo los acontecimientos nos desbordan, así
como cada uno de los hombres que pasan por nuestro lecho se desbordan
dentro tuyo. Ya no me quedan fuerzas para enojarme. Leo tus cartas y
siento que me hundo en un pozo sin fondo, pero a la vez siento otras
cosas y tampoco puedo dejar de leerlas. Especialmente de noche.
Especialmente cuando me relatas con detalle cada una de las proezas de
nuestros buenos vecinos y del maldito Motongo. Me preguntas que si
quiero leer sobre cómo te trataron don Turbio y Longagruesa. Y no, claro
que no quiero; pero no hay momento del día o la noche en que cierre los
ojos y no me imagine cómo te poseen los otros rancheros y ese negro
malandro. Y entonces me pregunto —y necesito saber— cómo habrán obrado
contigo los dos que faltan. Es como si necesitara también verlos a
ellos, a través de tus palabras, haciéndote su mujer en mi ausencia.
Quizá
haya enloquecido y esta sea la única manera de tenerte cerca. Quizá te
amo demasiado o tema perderte, si acaso no es lo mismo. O quizá una
parte oscura de mí, que me avergüenza, siente una punzada de fascinación
hipnótica y malsana al imaginar esa rotación de virilidad en nuestro
lecho. Por eso, no es que quiera que me cuentes todos tus encuentros
carnales con otros hombres, creo que debería nacer de ti contármelos,
para sublimar tu culpa e indecencia, para hacerte más beata a ojos de tu
marido y de Dios. Sea en nuestra casa o en el granero.
Sin
embargo, y aunque a veces —odiándome— use esas imágenes en mis noches
de soledad, pues ya no puedo recordarte íntimamente sin alguno de los
rancheros —o peor aún, sin el negro—, debemos, por honor y por nuestros
votos dados en la iglesia, tomar una resolución capitulante.
Debes
convocar a los cinco vecinos a un concilio Praeceptivus, y demandar, en
mi nombre, el sometimiento de esta consuetudinaria y extemporánea
permuta de favores. Diles que es imperativo que logren constreñir el
impudor mediante la disolución concupiscente y promiscuaria de índole
doméstica.
¿Queda claro?
Por
lo demás… estoy bien. Aunque me avergüenza admitir que hay detalles de
tus relatos que no me abandonan con facilidad, y a veces termino leyendo
tus líneas con una mano entre las piernas. No sé por qué, tal vez lo
entienda con el tiempo.
Ya
me queda menos para llegar al destino, pero estoy notando desde hace
algunas cartas que cada vez te tomas más tiempo para responderme. ¿Estás
muy ocupada, mi amor? ¿O te tienen muy ocupada? Por las dudas, escribe
la próxima carta directamente a La Quebrada del Buey Tuerto.
Tuyo, vencido y confuso,
Coriolano
Alce Viejo
20 de julio de 1930
Mi muy querido y respetado Coriolano,
Tu carta, imagino que con nobles intenciones, ha tenido aquí un desenlace que ni tú ni yo podríamos haber previsto.
Hice
exactamente lo que me ordenaste, con la disciplina de una esposa
sumisa. Convoqué a los cinco vecinos para leerles tu misiva en voz alta.
Vinieron todos juntos, muy formales y atentos, dispuestos a acatar
cualquier decisión que tú, como hombre de la casa, hubieras tomado.
Pero, amor mío, debes convenir algo: las palabras que usaste... nadie
las entendió. Ni ellos ni yo. ¿Qué significa "Praeceptivus"? ¿Y
"concupiscente"? ¿Y "constreñir"? El Boa, el más letrado del grupo, que
hasta vivió un año en Buenos Aires, dijo que jamás había escuchado esos
términos ni siquiera allá.
¡Qué terrible pena!
Supongo
que por esas palabras difíciles que usaste… ay, Coriolano, los pobres
hombres se quedaron mirándome con desconcierto, rascándose las cabezas,
tratando de descifrar tus intenciones. Yo misma las leí dos veces y
tampoco supe descifrarlas.
Los
vecinos, deseosos de complacerte, empezaron a deliberar como si fuera
un cabildo. La única palabra de tu hermético mensaje que pudimos
reconocer todos fue la palabra “sometimiento”. Así que, tras un rato de
discusiones, llegamos a la conclusión que la única persona a la que
podía referirse esa acción era a mí, no ibas a pretender que yo
sometiera a un hombre, ¿verdad? Según ellos, lo que vos pretendías era
que, quizá en agradecimiento y para emparejar las cosas entre todos,
ellos tuvieran la libertad y el derecho de someterme cuanto quisieran y
cuando quisieran. A mí en un principio me pareció razonable, en
realidad, no se me ocurrió qué otra cosa podía ser. Así que ahí nomás
comenzaron a someterme, de uno en uno. Ni siquiera me llevaron a la
habitación, estaban como exultantes y simplemente me empezaron a dar en
el sillón, subiéndome de rodillas y ubicándome contra el respaldo, la
cola hacia afuera. Pero cuando ya me terminaba de bombear la leche
adentro el quinto de ellos, creo que don Rapiña, y vi que el primero ya
se había repuesto y se volvía a parar la pija masajeándosela para su
segunda vuelta, comencé a dudar: “¿Y si mi adorado y trabajador
Coriolano se refería a otra cosa?”, me pregunté. Aunque son buena gente y
se han portado maravillosamente bien con nosotros, no quería que se
abusaran de mi cuerpo y de tu confianza, así que mientras todos se
tomaron la segunda vuelta conmigo —esta vez por la vagina— fuimos
negociando pautas de convivencia paraconyugal o, como dijo don Turbio,
“pautas de cornivencia”. Los llevé a la cama, mi cielo, no para faltarle
el respeto a nuestro matrimonio sino porque ya me habían cogido cinco
veces en el sillón y no me daban más las rodillas y la boca. Allí,
mientras me iban bombeando, nalgueando y amasando los pechos, acordamos
que esto no podía darse a diario. Que de lunes a viernes me cogería el
vecino al que le tocara ese día y que, en tal caso, los sábados y
domingos, que siempre fueron problemáticos porque no tenían un macho
buen vecino asignado, bueno, esos dos días podían venir de a varios, si
así se daba. Es decir, el que quisiera, tampoco me gusta que vengan a
cuidarme por obligación. Tanto vos como yo tenemos nuestro orgullo,
¿no?
Creo
que en un punto es una buena noticia: los sábados y domingos eran un
problema logístico, y a veces yo temía que algún desajuste en sus
cronogramas terminara en que nadie viniera a visitarme para la procreatección.
Por suerte nunca sucedió. Desde que te fuiste, en esta casa siempre
hubo por lo menos un hombre de verdad cumpliendo con su deber, en todo
sentido.
Ahora
que pasaron dos semanas y lo escribo, tal vez nos hayamos precipitado y
llegamos a una conclusión apresurada. Pero, ¿quién soy yo, la simple
esposa de un ganadero, para cuestionar la sabiduría de cinco hombres
reunidos con mucha más experiencia y sin ningún interés propio más que
ayudarnos a espantar a los cuatreros?
Así
que, si esa era tu voluntad, mi amor, ¡misión cumplida! Ya establecimos
que los sábados y domingos vendrán a protegerme por las noches de a
varios, de a dos o de a tres a la vez. Ahora, si lo que querías era otra
cosa que no comprendimos, me siento compungida y con cierta culpa por
haber malinterpretado tu erudición.
Quizás
no debí armar la reunión justo después de una cena regada con vino
abundante. Ya sabes cómo se encienden los ánimos con un poco de alcohol.
El alcohol siempre deriva en baile, el baile en jarana, la jarana en
toqueteos, camisas abiertas y faldas levantadas, provocando así la
debacle total: una seguidilla de hechos bochornosos en la que
participaron don Rapiña, el Boa, don Turbio, el joven Torinquete, Silvio
Soldán y Longagruesa. Estaba todo tan confuso, mi vida. Y las palabras
difíciles de tu misiva no ayudaron.
Pero eso no fue lo mejor
peor, mi amor. Motongo se enteró de esa pequeña, privada y peculiar
celebración, y se molestó muchísimo. Se puso celoso, ¿puedes creerlo?
Él, que al cabo es el que más me coge, pues a diferencia de los
rancheros, que solo me llenan de verga un día a la semana (el día que
les corresponde por cuidarme), Motongo me da a diario, incluso hasta dos
veces por día cuando está caliente o cuando llegan tus cartas. No tiene
derecho a estar celoso, se lo dije, si en estos meses ya me ha cogido y
llenado de leche mucho más que tú en todo nuestro matrimonio.
Pero
bueno, viste cómo es esta clase de hombres. Machistas de lo peor. “Eres
un misógino, Motongo, mi marido tiene razón”, le dije el otro día
mientras me sometía en perrito desde atrás, clavándome la verga gruesa y
ancha hasta la base, y dándome topetazos como una ametralladora. “Ojalá
él tuviera la pija que tenés vos”, le gemí, como diciéndole que ojalá
él fuera tan noble y hombre como tú, Coriolano. “¿Te la echo en la cara,
putón, o te la dejo toda adentro?” “Adentro, Motongo. ¡Toda adentro!”.
Pero
me fui por las ramas. Aquella tarde, cuando me arrastró a la cama
matrimonial, como hace ahora todos los días para taladrarme antes de
trabajar, se notó cierta revancha al penetrarme y bombearme, como si lo
hiciera con furia contenida. Me tomó con más rudeza que de costumbre,
agarrándome del pelo mientras me clavaba, casi como si quisiera
castigarme o marcar territorio. Y debo confesar algo que me sorprendió a
mí misma: esa violencia contenida con la que me usó como si fuera una
cualquiera no me disgustó del todo. Hubo algo estimulante en ser poseída
con esa intensidad, con esa urgencia casi salvaje.
No quiero que malinterpretes mis palabras. Me tomó por sorpresa su ímpetu, nada más.
Me has dicho que te excit
mueve una curiosidad casi antropológica saber cómo me penetran y me van
haciendo su mujer cada uno de los rancheros vecinos. Y te entiendo,
amado mío. A mí también me mueven. Especialmente cuando me sacuden en
bombeos violentos que parecen no terminar nunca. Son tan distintos a ti,
Coriolano, que desde que ellos me someten a diario siento que lo que tú
haces, en comparación, parece directamente otra cosa. Como cuando
éramos niños y jugábamos a “policías y ladrones”, y ya de adulta
comienzas a conocer a los rufianes y malandros… íntimamente. Tú sigues
siendo mi policía bueno, Coriolano. Y eso es lo que me gusta de ti: tu
bondad y tu don de buena gente. Siempre del lado de lo que debe ser, de
lo correcto, mientras que Motongo o Longagruesa terminan arrebatando lo
más preciado de sus mujeres, montando una fábrica de cornudos. Así dicen
ellos, seguro que exageran.
Sin
embargo Longagruesa es distinto al negro. Primero porque está casado —o
juntado, nadie sabe—, pero aunque también es pijudo y se escabulle con
las novias y esposas de algunos ingenuos del pueblo, él es más pausado
que el moreno, más reflexivo, y no anda enojado todo el día con vos,
tirándome contra el pajonal y clavándome casi en seco. Por el contrario,
siempre espera que yo me arregle especialmente para él. Me pide que me
ponga el liguero blanco con las medias con bordes de encaje y el
portaligas que se prende con clips dorados, el que usé para nuestra
noche de bodas. Dice que me hace más pura, más inocente, como recién
casada con vos. (Aunque después, cuando ya me da con todo, yo vestida
así, cambia y dice “parecés una puta fina”).
Llega
de noche, cuando ya tengo la lámpara baja y el camisón corto puesto
encima, porque recibirlo con la ropa que él quiere me parece como que te
estoy faltando el respeto, mi amor, así que ¡que se aguante!, yo no soy
la esposa de un cornudo cualquiera. Me hace caminar por la sala para
verme de todos lados, me dice que así parezco “la esposa fiel que el
Coronado dejó sola”. Me hace mover despacio, girar, inclinarme para que
vea cómo se me marcan las nalgas bajo la tela. Yo obedezco porque me da
vergüenza negarme y porque, si he de ser sincera, me enciende un poco
que me mire así, tan distinto a como me miras tú. Cuando ya está duro
como piedra, me quita el camisolín y ahí se deleita con la ropa que
previamente me pidió que me ponga: la blanca, casi siempre, porque le
recuerda la noche en que nos casamos y tú te quedaste dormido. Me
observa, me manosea con suavidad y cierta delicadeza, me recorre con una
de sus manos los muslos, la cola, las ancas y hasta los pechos,
mientras con la otra mano me tiene de mi muñeca, o a veces tirándome de
los cabellos, si está más caliente.
Entonces
me arroja sobre la cama boca arriba, me abre las piernas, se las monta
sobre sus hombros, una a cada lado, y me entra muy despacio, centímetro a
centímetro, para que sienta hasta las venas, su rugosidad dura, cada
pulso de su verga latiendo. Me mira a los ojos mientras me llena y me
dice: “Sentí cómo te abro para que el cornudo no te reconozca cuando
vuelva”. Porque, como buen vecino, siempre se acuerda de vos.
Me
coge así un rato largo, saliendo casi por completo y volviendo a entrar
hasta el fondo, haciendo que me arquee y gima sin control. Despacio.
Siempre despacio, casi calculando. Y no deja de mirarme a los ojos con
esas pupilas negras, oscuras como los silencios de una mujer casada.
Después me da vuelta, me pone a cuatro patas y me agarra del pelo para
tirar de mi cabeza hacia atrás mientras me embiste con fuerza. Siento
que me parte, que me estira hasta doler, y luego de un buen rato de
bombeo feroz, cuando comienzo a acabar, él acelera y termina adentro con
un rugido, llenándome hasta que me chorrea por las piernas. Al final se
queda un rato encima mío, respirando pesado, y me susurra: “Mirá cuando
el Coronado te clave y ni te sienta de lo estirada que vamos a dejar…”.
Yo me quedo temblando, con el liguero torcido y las medias arrugadas,
pensando en ti y en que no te lo mereces.
Y luego me inclino y comienzo a mamársela.
Mi
querido Coriolano, espero tu pronta respuesta. Decime, con palabras más
simples, qué querías exactamente que hicieran los vecinos. Espero no
haber defraudado tu extraña petición. Estoy casi segura que no lo hice.
Tu esposa, que te ama y te honra,
Sofía.
Posiblemente las respuestas a este tipo de preguntas y micro historias de estas fotos y videos vean la luz en X (antes Twitter).
La Quebrada del Buey Tuerto
25 de julio de 1930
Mi embrollada Sofía,
Te
escribo ya con las manos bajas y el ánimo flojo, como un buey viejo que
ya ni resopla cuando le cargan otro apero encima. Leí lo que me
contaste de la reunión y… sí, yo me refería a otra cosa, pero a estas
alturas poco importa. Mi error fue pensar que mis palabras iban a
enderezar algo. Ya veo que sólo sirvieron para que tú y esos cinco
rancheros interpretaran cualquier cosa.
Estoy
arriando vacas hacia la ciudad, amor mío, y cada día que paso con estos
animales me recuerda más a mí mismo, porque el destino nos lleva a
ambos vamos hacia el matadero.
Media
docena de hombres se acuestan con mi esposa y no puedo hacer nada desde
aquí. Los cinco vecinos de lunes a viernes, varios juntos los fines de
semana, y Motongo todos los días antes de trabajar. A mi regreso tendré
que ver cómo arreglo este desmadre para que en el pueblo no se corra la
voz de que soy un cornudo.
Me aferro a esa débil esperanza. Es lo único que me queda.
No
voy a negar que me dejó un poco escéptico la escena de ellos oyendo mi
carta, tratando de descifrar mis frases como si fueran jeroglíficos, y
después tomando decisiones por su cuenta. ¿No había otra interpretación
más que acostarse con mi esposa cuantos quieran y cuantas veces lo
desearan?
Y
aunque vos digas que lo hicieron con buena intención, y aunque yo mismo
ya no sé qué lugar ocupo en mi propia casa, te ruego una sola cosa,
porque ya veo cómo viene esto con las interpretaciones “desafortunadas”:
no aumentes el número de hombres que accedan a tu intimidad. O como
diría don Rapiña, que te claven verga hasta los huevos. Cinco… más ese
Motongo que ahora se te pega como una estampilla… ya es más de lo que
mis pobres cuernos pueden sostener sin que me caiga de bruces. No
agregues más astas a mi corona, por piedad. Hasta seis cuernos puedo
entenderlo como un error, un desliz, una fiebre repentina, un tropezón
en la cocina o la habitación y tú cayendo sin querer justo sobre la
verga empinada de un hombre…
Pero
te ruego, te suplico encarecidamente: no aumentes el número de hombres.
Seis es suficiente. No quiero sonar controlador o que pienses que soy
un machista autoritario, pero considero que resulta más de lo que
cualquier marido debería tolerar.
Ahora
bien, hay algo que no tiene nada que ver con todo esto pero aún así no
logro quitarme de la mente desde que lo mencionaste. Esa fama que tiene
Motongo, la que tú corroboraste aquella tarde en el granero, cuando
éramos todavía novios y los encontré… Ahora que te posee todos los días,
seguramente contra tu voluntad, imagino has podido... experimentar más a
fondo esas adulaciones que toda la comarca le prodiga. Bueno, toda la
comarca femenina. ¿Qué es exactamente lo que le da la fama? ¿Lo que
tocaste? ¿Lo que te introdujo? ¿Lo que sentiste? ¿De qué manera te
posee, que resulta tan diferente?
No
es que esta información me ayude en las noches solitarias para dormir, o
que empiezo a sentir una clase de… curiosidad torcida imaginándote con
el negro, rodeando su cintura con tus piernas. Para nada. Es que
casualmente este tramo del camino lo comparto con otro baqueano a cuya
esposa también Motongo le coge regularmente y no terminamos de entender
por qué las mujeres repiten con el negro incluso mucho más seguido que
con sus propios maridos.
Escribe la próxima carta al Valle de los Veinte Picos.
Tu esposo que te ama y te recuerda por las noches,
Coriolano
En
las noches, Coriolano hace ya meses que se duerme con una o dos pajas
relajantes. Estas son algunas de las cosas que se imagina, producto de
lo que la misma Sofía le cuenta en cada carta. ¿Quieren ver otras más?
Alce Viejo
10 de agosto de 1930.
Mi amadísimo esposo:
Ante
todo, déjame tranquilizarte: por supuesto que no permitiré que aumente
el número de amantes. Jamás lo haría, mi amor. Y los rancheros tampoco
lo permitirían. Te respetan muchísimo y no harían nada que pudiera
inquietarte más de lo penetrablemente necesario.
En eso puedes quedarte en paz: seis es seis, ni uno más.
Dicho
esto, debo contarte algo inesperado que ocurrió y que nació de un
malentendido, así que espero lo veas, lo abordes y lo comprendas desde
esa lógica, y no pienses que ha sido algún tipo de abuso sobre tu
confianza y sobre tu devota esposa.
Motongo,
en un arrebato de celos completamente insensato, me exhortó a que él
también pudiera traer a dos o tres de sus amigos para igualar las
"manifestaciones de protección" de los rancheros. Me acusó de racista,
Coriolano. Me dijo que ahora los blancos pueden entrar a mi alcoba de a
tres los fines de semana y él no, que eso es discriminación pura. Que si
yo realmente fuera una mujer justa, le permitiría la misma
consideración.
Según
él, si los rancheros pueden cogerme de a tres juntos como compensación
por protegerme; entonces él también, por hacer los arreglos de la casa y
por ser el primero en “fondearme” (así lo dijo). Sea lo que sea que eso
signifique.
Fue
cuando le argumenté que no era lo mismo, que me salió con que yo estaba
siendo racista. Que por qué a los blancos sí, y a él y a los suyos no.
Imaginarás mi cara. ¿Yo, racista? ¿Yo, que le permito entrarme dos veces
por día con su vergón negro y venoso, y llenarme de leche, o tirármela
en la cara o los pechos? Es cierto que no lo hago por placer sino por la
casa y para que tú no quedes como un racista, Coriolano, pero igual lo
hago, ¿o no? ¿Acaso que use mi cuerpo como quiera y cuantas veces
quiera, o que me llene la cola de pija hasta hacer tope con su panza no
sería una prueba acabada que no soy nada racista?
Pues parece que para Motongo, no. Qué tupé.
Y
solo porque los rancheros "blanquitos" ahora pueden cogerme de a tres y
él no. Para emparejar las acciones de los rancheros me exigió traer a
varios de sus amigos, “negros y pijudos como yo”, dijo —y me quitó una
gota de baba que se escapó de una de las comisuras de mis labios. Qué
descaro el del negro desagradecido y vergudo. Me crispa el coraje.
Bueno,
me indignó cuando sacó el tema, después se me pasó, porque un poco de
razón no le faltaba. Hace unas noches me tenía boca arriba en nuestra
cama, yo con las piernas abiertas y elevadas sobre sus hombros oscuros y
brillantes de sudor. A esa altura ya estaba desnuda; avergonzada,
claro, pero desnuda. Creo que estaba recibiendo su vejación con aquel
camisolín de seda color crema que me regalaste para nuestro aniversario.
Él metía y sacaba pija con esa brutalidad que ya te conté, hasta el
fondo, haciéndome jadear de indignación. De pronto se detuvo, me miró
con ojos de fuego y me acusó de racista: “Voy a traerte a todos mis
amigos y parientes en tandas de a tres. Y eso no es discutible”. Yo, con
el cuerpo todavía temblando y la cabeza perdida, balbuceé que no debía…
que no era correcto, pero me bombeaba tan fuerte que comencé a acabar
otra vez y ya no sé lo que seguí diciendo. Creo que gritaba “¡Así! ¡Así!
¡Más duro! ¡Haceme tu puta!” Es decir, nada inapropiado o que no haya
dicho antes con los rancheros.
¿Pero
qué podía hacer? No quería que pensara que tú eres un racista, porque
sé que no lo eres. Así que acepté. Ya desde hace un par de semanas,
Motongo viene siempre con dos o tres amigos —negrazos como él, aunque
los va variando— para hacer conmigo durante algunas horas lo que ellos
crean correspondiente. Aunque no hacen arreglos de la casa como Motongo,
debo admitir que sus amigos son de una vitalidad asombrosa y poseen
instrumentos igual de portentosos que nuestro brioso changarín. Es casi
intimidante cuando llegan los tres juntos y me miran de esa manera, con
hambre en los ojos.
Motongo
siempre es el primero, dice que al ser suya él tiene derecho de
pernada. Me coge por media hora y cuando se sacia por completo (en
ocasiones me acaba dos veces, sin sacarla después de la primera leche)
me deja tirada en la cama y se pone a trabajar, y allí sus amigos toman
su lugar y me van entrando, usando y volcándose dentro de mí de uno en
uno, por turnos.
Me
ponen en el centro de la cama, de la nuestra, la matrimonial, me quitan
la ropa (últimamente casi no uso cuando sé que vienen ellos, porque
muchas veces los muy brutos me la arrancan y la rompen —y de paso, para
facilitarles la tarea) y me usan durante horas. Uno me besa la boca
mientras otro me chupa los pechos hasta dejarlos rojos; otro se
arrodilla y me abre con la lengua hasta hacerme gemir. Después me
levantan entre dos, me empalan por delante y por atrás al mismo tiempo,
siento que me parten en dos, que me llegan hasta la garganta. El tercero
me agarra del pelo, me sostiene la cabeza y me mete su cosa negra y
gorda en la boca y me hace tragar carne hasta que se me saltan las
lágrimas.
Termino bañada en sudor y en leche, con la enagua hecha un trapo en el suelo y mis piernas temblequeando.
Ahora
bien, hay algo que debo informarte. Como te dije, desde hace ya un mes
los rancheros, además de venir a darme protección hasta la base cada
noche, también vienen de a varios los sábados y domingos. Esa dinámica,
aunque muy positiva para profundizar la seguridad de tu vulnerable
esposa, va a interrumpirse. Los rancheros deben preparar su propia
hacienda para mandar también ellos el ganado a la ciudad. No podrán
seguir viniendo personalmente.
Igual
no te preocupes, pues cada vecino, a partir de ahora, enviará a cuatro
capataces para reemplazarlo (no confían en la eficiencia y capacidad de
uno solo; obviamente no es lo mismo un subalterno que un patrón).
Torniquete enviará a cuatro de sus hombres, don Turbio a cuatro de los
suyos, y así todos.
Es
gente fuerte, disciplinada y atenta. Pero, sobre todo, muy respetuosa.
Tan respetuosos como nuestros vecinos rancheros, sino más. Te lo digo
porque sé cómo te pones: no prejuzgues ni te amargues antes de tiempo.
El número de hombres que subirán a nuestra cama y me usarán seguirá
siendo exactamente el que vos pediste en tu carta: seis. Cuatro
capataces, más Motongo, más dos o tres amigos del negro… Suman seis,
¿ves? O quizá un día siete, pero no te agregaremos más astas a tu
cornamenta. Todo está bajo control y como tú querías.
Ya sabes que tu deseo, una ley para mí, deberías estar orgulloso de mi disciplina.
12 de agosto de 1930
Anteayer
por la tarde llegaron los primeros capataces. Son hombres más jóvenes
que los rancheros, más fuertes también. Y más… briosos ahí abajo, no sé
si me entiendes. Tal vez es porque nunca estuvieron conmigo en la
intimidad, porque soy “la nueva putita casada”, según ellos (parece que
se cogen a varias señoras casadas del pueblo y se las andan repartiendo
como quien reparte recomendaciones).
En
fin, cuando me vieron salir a recibirlos con uno de los corsés de
encaje que ahora uso casi a diario —esos que dejan mis hombros desnudos y
apenas contienen mis senos— uno de ellos silbó. Otro me dijo algo
obsceno que no repetiré aquí, porque fue muy desagradable. Aunque debo
admitir que me sentí halagada. Y algo poderosa, al ver el efecto que
causaba en ellos.
Esa
primera noche fueron cuatro a la vez. Me tomaron con menos ceremonia
que los rancheros, con menos conversación previa. Simplemente entraron a
la habitación, cerraron la puerta, sonrieron como lobos y uno dijo:
—¡Qué buena está la mujer del Coriolano! Con razón se la garchan todos en el pueblo…
No
sé de dónde sacó esa infamia, si apenas me cogen a diario Torniquete,
el Boa, don Turbio, Longagruesa, don Rapiña, Motongo y la rueda
interminable de amigos y parientes que me va trayendo el negro. Pero
sacando esos pocos hombres, me mantengo casta y respetuosa como el
primer día de nuestro matrimonio. Quizá en el pueblo se estén comentando
cosas que no son, por tu ausencia tan demorada. No te sorprenda que a
tu regreso escuches muchos rumores sobre lo cornudo que eres, lo cual,
por supuesto, son chismes sin fundamento (a excepción de esos pocos
deslices ocasionales acá en casa que ya te confesé).
En
fin, que los nuevos capataces me tiraron sobre la cama, dejándome culo
en punta, y me manosearon un poco comentando obscenidades y me fueron
clavando uno tras otro hasta el amanecer. Algunos incluso dos veces.
Yo
les repetía a cada uno, mientras su miembro me iba entrando por primera
vez, que pensaran en vos, y en que yo era una mujer casada. Y cada uno
de ellos, igual que sus patrones, a la vez que iban introduciendo su
carne dura centímetro a centímetro dentro mío, me repetían:
—Despreocupate, putón, en este exacto momento estoy pensando en el cornudo de tu marido.
Y
empujaban el tramo final hasta hacer tope y hacerme sentir rellenada de
verga. Y ahí comenzaban a bombearme, con los otros tres alrededor
festejando o llevándome pija a la boca.
Desperté con el cuerpo adolorido, pero inexplicablemente satisfecha, con marcas de sus dedos en mis caderas y muslos.
Supongo
que esta será la nueva normalidad hasta tu regreso. Cuatro capataces
rotando cada noche, más las visitas diarias de Motongo con sus amigos.
Seis, Coriolano, como tú querías. Ni uno más.
A
veces, cuando voy al baño un minuto entre uno y otro macho, me miro al
espejo y veo mis los labios hinchados, los pechos llenos de chupones,
las piernas temblando, y me pregunto cómo llegué hasta aquí. Pero
enseguida golpean la puerta para apurarme y vuelvo a abrir… la puerta y
las piernas.
Tu esposa, que te ama y cumple tus órdenes al pie de la letra,
Sofía
Valle de los Veinte Veinticuatro Picos
17 de agosto de 1930
Mi impredecible Sofía,
He
recibido tu carta y, tras un primer momento de estupor, la he releído
buscando un error o algo, pero no. Tuve que sentarme a hacer cuentas con
el ánimo con el que un condenado suma los días que le quedan, solo que
con lápiz y papel en mano. Y, o bien ha habido una confusión, o un error
de cálculo grueso y enorme como el pijón de nuestro vecino el Boa.
Te
explico, amor mío: si cuatro capataces reemplazan a cada uno de los
cinco rancheros, eso ya da veinte; más Motongo y sus dos o tres amigos…
Sofía, mi cielo, eso no da seis, da… ¡veinticuatro! Ese número “seis” al
que te refieres es a un solo día; pero en la semana o, dicho de otra
manera, en cantidad de hombres, son veinticuatro vergas las que ejercen
el derecho de penetrarte, llenarte de hombría y virilidad un buen rato y
soltarte la leche dentro o —como tú misma has dicho— soltártela en la
cara o en el cuerpo.
¿Cómo
llegaste al número seis? ¿Qué clase de matemáticas te han enseñado en
el colegio? Al regresar a casa lo primero que haré es ir a hablar con la
señora Eduviges, tu maestra de primero y segundo grado; esto es culpa
de ella.
Reprocho
y condono esta promiscuidad desbordada, esta incapacidad para poner un
límite a una situación que, lo admito, quizá mi lejanía ha alentado. Sé
que no eres desleal, sino terriblemente desastrosa con los números, y
tal vez la fogosidad del momento nuble tu juicio aritmético.
Te
perdono el error porque te amo y porque no me queda otra. Y porque
desde que leí esta última carta contándome que ahora te cogen
veinticuatro malditos aprovechados, no paro de imaginarte con ese número
de machos y no paro tampoco de tocarme para desahogarme… como ya te
conté que hago en las noches. Pero ahora lo hago todo el día, solo de
imaginar la fila de hombres en espera mientras el que está de turno te
tiene en cuatro contra un mueble y te zurra desde atrás. Debo estar
hechizado. O maldito, directamente.
Al
final, entre tantas novedades, nunca me contaste cómo te usa don
Turbio. No es que me interese ni quiera hacerme una idea de cómo ese
viejo te posee más tiempo y mejor que yo. Es solo para fines
estadísticos.
Por
último, entre las idas y vueltas y recovecos de los caminos he vuelto a
encontrarme con aquel viudo que quería ir a visitarnos para que le
ayudes con su hinchazón, así como ayudaste a Motongo antes de mi
partida. De hecho, he conocido a varios hombres, baqueanos, ganaderos y
rancheros que, en cuanto les cuento con pena cómo otros hombres han
estado consolándote y usándote a diario en mi ausencia, han expresado
sus ganas de conocerte. Todos me apoyan y me dan palabras de aliento,
pero insisten en pasar durante el año por casa para dejarte su saludo
“bien adentro”. Así me dicen. Por alguna razón todos me muestran sus
“cosas” que les cuelgan en la entrepierna, ya te imaginarás de qué
hablo, como si eso me interesara. Y debo admitir que siempre termino
impresionado. Lo que me hace pensar que quizá fuera buena idea que estos
compañeros de camino pasen por casa algunos fines de semana por nuestro
rancho, teniendo en cuenta que cuando yo regrese los vecinos ya no
pasarán más por casa; solo Motongo. ¿No?
Escribe
pronto, esposa mía. Para cuando recibas esta carta, yo estaré llegado a
la ciudad y procurando vender bien el ganado. La travesía ha sido
larga, pero el regreso será más breve, te lo prometo. Y si el destino lo
permite, pronto volveré a nuestro hogar, aunque no sé bien qué quedará
de mí cuando cruce esa puerta, si es que mi enorme cornamenta me permite
cruzarla. Supongo tendré que ingresar a la casa agachando mi cabeza.
Resignado y tortuosamente tuyo,
Coriolano.
En
las noches, Coriolano sueña que regresa a su casa, pero convertido en
un buey. Sofía lo recibe con mucho amor y muy poca ropa, lo besa
cariñosamente y le lustra los cuernos. Luego, lo deja en el corral con
otros bueyes y ve que ella se mete a la casa con Motongo, el Boa, varios
de los capataces y otros negros que el pobre Coriolano nunca ha visto.
Se despierta alterado y transpirado, y con una erección formidable.
¿Quieren que les relate con más detalle este sueño?
Alce Viejo,
28 de agosto de 1930
Coriolano, esposo adorado:
¡Qué
alegría recibir tu carta justo cuando más necesitaba saber de ti! Ya
estoy contando los días para tu regreso, aunque los dedos se me
confunden entre tantos hombres, si en ese momento les estoy agarrando la
verga. (Ay, perdón, cada día sueno más vulgar, es que los capataces y
los amigos de Motongo no son como tú o los rancheros, y dejan en mi boca
su verga verba)
Primero,
reconozco mi torpeza con los números. Sí, amor, tienes razón: son
veinticuatro. Veinticuatro exactamente, sin contar a los “invitados”,
como les dicen ellos, que más de una vez traen los capataces. Porque a
diferencia de los rancheros, ellos son mucho más más sociables y
generosos que sus patrones y siempre traen amigos del pueblo, para que
también ellos se sientan acogidos. Bah, para que yo me sienta bien
acogida. Suelen ser muchachos jóvenes y fuertes, callados, con manos
firmes y algo osadas. Pero no te alarmes, mi amor, todo sucede con el
mayor orden y respeto que te puedas imaginar. Así que en realidad el
número varía semana a semana. Pero admito mi error matemático con toda
la vergüenza del mundo, ¡pareciera que no fui a la escuela!
Y
hablando de escuela, debo contarte algo que ocurrió la semana pasada y
que te va a sorprender gratamente. Uno de los amigos que trajeron los
capataces era un antiguo compañero tuyo del colegio. ¿Recuerdas a Carlos
Salvador? Ese muchacho castaño y narigón que siempre te hacía bromas
pesadas, que una vez puso un calmante para caballos en un bidón de agua y
te dijo que lo podías tomar. Pues bien, cuando llegó con los otros tres
capataces esa noche, yo había decidido recibirlos con el negligé de
seda rosa, ese que es casi transparente y deja ver mis pezones. Me gusta
causar impresión cuando llegan hombres nuevos.
Carlos
Salvador me reconoció de inmediato, aunque yo apenas lo recordaba. Él y
los otros cuatro se quedaron mirándome en el umbral, sus ojos
recorriendo cada curva de mi cuerpo bajo la tela delgada. Carlos
Salvador en particular me miró con un hambre que me hizo estremecer,
como si yo fuera un trofeo. Tenía una sonrisa extraña, entre deseosa y
burlona.
Esa
noche, mientras me tomaba desde atrás con una intensidad casi violenta,
me susurraba al oído cosas sobre ti. Decía: "Tu maridito siempre fue el
cagón del colegio. Yo le llenaba la cartuchera con bosta de caballo y
él nunca se defendía. Y ahora le estoy llenando de verga a su mujer y él
tampoco puede hacer nada". Me apretaba las caderas con tanta fuerza que
dejó marcas, sus dedos hundiéndose en mi carne mientras entraba y salía
de mí con furia. Y yo, Coriolano, no pude evitar gemir. De rabia, por
supuesto, aunque debo admitir que su revancha contra ti me provocó un
hormigueo extraño. O tal vez esa sensación pudo ser porque los otros
cuatro capataces nos rodeaban mirando la soberbia faena de este macho, y
lo alentaban a hacerte cornudo.
Todo
resultó confuso. Me provocó un orgasmo, sí, pero no tuvo sentido nada
de lo que hizo y luego dijo. Mientras me nalgueaba hasta ponerme la cola
roja y me gritaba puta y te insultaba a ti, comenzó a llenarme de leche
y a decirme.
—Cuando vuelva el cornudo de tu marido te voy a seguir cogiendo hasta hacerle otro hijo, ¡pedazo de puta!
Y
eso me desconcertó, porque si tanto te desprecia, ¿por qué quiere
seguir buscando excusas para mantener el contacto contigo? Es evidente
que, a pesar de sus diferencias en el colegio, Carlos Salvador de alguna
manera te tiene en un pedestal de admiración.
Me lo confirmó cuando me pasó el vergón embadurnado de su propia leche por una de mis nalgas:
—Qué buena mujer se consiguió el Coriolano… Cómo lo envidio… Y cómo se la voy a coger…
Te
envidia, mi amor, es evidente que no te ha superado en nada. Ni en
inteligencia, ni en resiliencia, ni en cabezas de ganado. Solo tiene una
pija cinco o seis veces más grande que la tuya. Y eso a nadie no le
importa.
Ah,
los cuatro capataces me cogieron de dos en dos, para hacer más rápido y
darle a Carlos Salvador la posibilidad de volver a usarme. Y lo hizo
algunas veces más, hasta que amaneció y se tuvo que ir. Estaba contento,
se fue diciendo que empezar a hacerte cornudo era como ganar la copa
del mundo que se juega este año, y que lo iba a festejar tomando un
gatoréi.
Son raros tus amigos, Coriolano.
Me
hizo emocionar y sonreír de dicha saber que piensas en mí durante tus
noches de soledad. Te juro que, al leer eso, sentí que estábamos juntos
otra vez, como si de alguna manera mágica yo estuviera allí contigo,
acompañándote mientras tú estás en un cuartito solo, tocándote; y tú
aquí a mi lado mientras yo estoy recibiendo los bombeos de verga de los
rancheros y de Motongo. Es muy romántico, ¿no crees?
Y no me parece mal ni maldito que incluyas a mis machos
nuestros vecinos o sus capataces en tus ensoñaciones eróticas conmigo
para descargar tu ímpetu viril. Incluso a Motongo. Especialmente a
Motongo, que es el que más y con mayor ímpetu me coge. No me gustaría
que sus desacuerdos empañaran tan bellos pensamientos.
Eso
sí, creo que sería más justo para con ellos que, cuando te toques
pensando en mí y en cómo me dan, me imagines vistiendo la ropa que usé
en nuestra noche de bodas. Es la que más les ha gustado a ellos, la que
más me piden ponerme y con la que más veces me han clavado. Dicen que lo
hacen para recordarte a ti, al buen Coriolano, que enterrándome verga
con aquellas prendas puestas es como tenerte ahí en la habitación. Me
corren la bombachita para un costado, apenas unos centímetros, y
acomodan toda su hombría y entierran profundo, mientras me dicen:
—Cómo me gustaría que el cornudo estuviera mirando esto…
Y
arrancan a bombear sin compasión, sosteniéndome de las nalgas, si me
dan de atrás; o manoseándome las tetas y tapándome la boca cuando me dan
de frente.
Siempre te tienen presente. Has dado con los mejores vecinos del mundo. Si hasta un obsequio te han preparado.
—Espero que Coriolano acabe rápido con ese arreo, no veo la hora de que descubra el regalito que le dejamos.
Y yo:
—Él siempre acaba rápido…
Motongo
también me coge cada tanto con mis encajes de la noche de bodas. Pero
una tarde no fue suficiente y me hizo poner el vestido de bodas. Y me
cogió vestida así, como nos vieran en la iglesia tus padres y los míos, y
todos los invitados. Los amigos de Motongo que llevó ese día también se
entusiasmaron y los cuatro me fueron cogiendo y desechándose sobre mi
vestido. Porque esa tarde no me acabaron adentro como siempre, por
alguna razón querían dejar la marca en el vestido de bodas. Debe ser
alguna cosa territorial de los negros, Coriolano. ¿O seré racista por
pensar eso?
Racista pero limpita. Al otro día llevé el vestido al pueblo para que lo aseen. A lo de doña Andorra. Lo vio y dijo:
—Qué
hermoso vestido, Sofía. Qué bella te habrás visto en tu casamiento.
Coriolano no habrá aguantado a que cruces la puerta de la habitación
para arrancártelo a mordiscones.
No
le dije que esa noche te desplomaste vencido por el alcohol y te
despertaste a las cuatro de la mañana, viéndome arrodillada frente a
Motongo procurando desinflamar la picadura de abeja. Fue esa noche, la
que por primera vez me viste con el negro. Al final todo resultó en un
malentendido y hoy viene a casa a diario a hacer las reparaciones y los
trabajos de hombre que tú no puedes hacer por no estar aquí. Las vueltas
del destino, ¿no?
Igual,
no le dije nada. Doña Andorra siempre piensa lo peor, así que mejor
callar para que no se agranden todavía más los chismes en el pueblo
sobre que eres cornudo. Pero desgraciadamente se dio cuenta de inmediato
de las manchas de semen salpicando el vestido en cada pliegue.
—Ay, este Motongo y sus amigotes —dijo sonriendo y negando con la cabeza— otra vez haciendo de las suyas…
Se
llevó el vestido para atrás y me dio un papelito para que lo retirara
en una semana. Me pregunto si a los capataces también les gustaría verme
con el vestido con el que me casé contigo…
Pero
me fui por las ramas. Solo quería decirte que por respeto a los
rancheros que tanto me han cuidado en tu nombre, quizá fuera un bonito
detalle tuyo que, cuando te desahogues pensando en mí, además de
imaginarme con esos hombres que habitualmente me cogen, también me
recuerdes con mi ropita de nuestra noche de bodas, pues ellos también
han gozado con ella. ¿No te parece? No sé, no me gustaría que fuéramos
ingratos con quienes tanto nos han ayudado.
Y
ahora viene lo mejor, amor mío, lo que llevo semanas queriendo contarte
y que me hace llorar de emoción cada vez que lo pienso:
¡Estoy embarazada! ¡Es un milagro de Dios y una respuesta a mis oraciones!
A
pesar de que llevas cinco meses ausente, a pesar de la distancia que
nos separa, hemos sido bendecidos y tu semilla ha dado fruto en mi
vientre. Los médicos lo llaman "Fecundación Protraída" ocasionando una
singamia diferida, un fenómeno muy raro pero documentado, en el que el
embarazo se establece meses después de la última unión conyugal. Acá en
Alce Viejo parece que es más común que cualquier otro lado del mundo.
Debe ser el agua.
¡Qué
amor el nuestro, esposo mío, capaz de florecer a través del tiempo!
Este hijo será el fruto de nuestra resiliencia contra la distancia, un
testimonio de tu amor y mi entrega sin par.
Ya
estoy de tres meses. El doctor Villegas —que casualmente es tío de El
Boa y amigo de don Rapiña y Longagruesa—, me examinó una tarde mientras
todos ellos esperaban ansiosos en la sala. Dice que todo marcha
perfectamente. Que el bebé se desarrolla sano y fuerte.
¿No
es maravilloso? Serás padre, como tu querías, Coriolano. Padre de un
hijo milagroso concebido en las condiciones más yermas. Amor mío, ¡aún
ausente logras lo que otros no logran ni presentes! Te admiro tanto.
Apresúrate
a volver, mi amor. Aguardaré tu regreso con el corazón henchido de esta
felicidad que tú has depositado en mí. Quiero que estés aquí para ver
crecer mi vientre, para sentir las pataditas de nuestro hijo.
Los
rancheros y capataces también están ansiosos por tu regreso. E incluso
Motongo, pese a los malentendidos contigo, que ya ha dejado atrás,
también espera tu regreso. Me toca la panza y sonriendo siempre me dice:
“Ya le quiero ver la cara al coronado de tu esposo cuando nazca ‘su’
hijo”.
Todos quieren celebrar contigo esta bendición.
Con todo mi amor y mi vientre redondo,
Sofía
La
espera por su marido Coriolano se hace larga y dura. Y negra. La pobre
Sofía debe aguantar como puede las insinuaciones de Motongo. Por su
estado tan delicado no puede mas que sufrir en silencio y pensar en su
marido, como vemos que su rostro expresa claramente.
Esta
escena se da cuando Coriolano ya está de regreso. Hay otras en las que
el pobre cornudo ya regresó a casa y se encuentra con escenas como esta
cada vez que abre la puerta. ¿Ustedes qué dicen? ¿Da para hacer una
compilación con imágenes y fotos no usadas? Hay mucho material.
Nuestra Señora de los Milagros
2 de septiembre de 1930
Mi adorada Sofía, madre de mi inexplicable dicha
Mi
vida, he recibido tu carta y la he leído y releído hasta retener cada
palabra. La noticia de tu embarazo me ha dejado sin aliento y me llenó
de una dicha tan grande que las lágrimas han empañado mi vista. ¡Voy a
ser padre! Me siento feliz, turbado, confundido y emocionado, todo a la
vez (aunque sobre todo confundido).
Es el sueño que siempre tuve, y saberlo cumplido me hace temblar de emoción.
Sin
embargo, y sin querer menguar tu felicidad con mi paranoia, amor mío,
debo serte honesto: nunca había escuchado de un embarazo concebido con
una dilación de tantos meses. Por más que el doctor Villegas lo respalde
con términos médicos como "fecundación protraída", algo en mi interior
me susurra que tal vez, quizá, en una de esas, quién sabe... existiría
una remota posibilidad, sin querer ofender la virtud de tu vientre, de
que la simiente que te preñó fuera de uno de tus tantos machos los rancheros. O de Motongo. O de alguno de los otros veinticuatro.
Pero seguramente solo sea mi errático e injustificado juicio, Sofía, no pretendo destruir este momento de regocijo familiar.
De
todos modos, creo que ya sabes que mi deseo de ser padre es tan grande
que no me costaría pasar por alto cualquier duda. Si el médico del
pueblo avala que es un embarazo atípico y en Alce Viejo desconocen tu
recorrido licencioso de estos meses, entonces el pueblo creerá lo que
dice el doctor, y mi honor estará a salvo.
Nadie
más que nosotros, los cinco rancheros, los veinte capataces, Motongo,
sus parientes y amigos, y los “invitados” que trajeron los capataces
saben la verdad, ¿no es así? Y ellos callarán porque me respetan.
Como
siempre dice tu madre: padre no es quien engendra sino quien cría,
¿verdad, Sofía? “…el que se queda”, dice. Y yo me quedaré a tu lado,
absolviendo todo, con tal de tener a nuestro niño en mis brazos.
Y
en cuanto a mis noches de soledad rememorándote para aliviar mis
ímpetus del camino, amor mío, no hace falta que me pidas que por
agradecimiento te imagine a ti poseída y siendo penetrada por cada uno
de los rancheros (y ahora sus capataces). Hace rato ya que se me hace
imposible imaginarte sola, como lo hacía en las primeras semanas de mi
viaje.
Seguramente
es por los vívidos relatos que tú misma me compartiste en tus cartas.
Cada detalle que me diste se ha grabado en mi mente. Y cuando me
desahogo en la oscuridad, ya no puedo evitar verte rodeada de hombres,
usada por ellos, montada sobre el vergón gigante del Boa, gimiendo bajo
el cuerpo de Longagruesa, hamacada desde atrás por don Turbo o don
Rapiña. O ambos. Y así con cada uno.
Que
encima te usen y se deslechen en ti con aquella ropa interior que
usaste para mí en nuestra noche de bodas es… una tortura y un placer a
la vez. Una contradicción que ya ni intento descifrar. Desde que me
contaste eso, no puedo hacer otra cosa que imaginarme a los veinticuatro
hombres cogiéndote con esas prendas, y termino desahogándome no solo
por las noches sino varias veces durante el día. Me siento enfermo por
pensarlo, quizá maldito por el diablo, pero tus palabras alentándome a
desahogarme pensando en ti como un objeto de depósito de sus necesidades
y masculinidades animales, me consuelan y me hacen ver que si Dios te
ha puesto a ti ante mí, y me ha puesto a mí ante ti, es por una buena
razón. Porque somos el uno para el otro. ¿No lo crees?
A veces me pregunto si habrá alguna manera más realista de ver estas imágenes, más allá de mis evocaciones y sueños…
Y
debo confesarte algo más, que a esta altura no creo que te alarme,
quizá hasta te deleite. Con quien más te imagino, y con quien más me
desahogo, es con Motongo. Es decir, contigo siendo usada por Motongo.
Pero no solo a ti y al negro haciéndolo, como sucede con los rancheros.
Te imagino a ti en nuestra cama matrimonial, mirando hacia arriba y con
las piernas abiertas, y Motongo surtiéndote con su vergón inflamado y
bombeando como un toro en celo, mirándome a los ojos mientras te posee,
sonriéndome, y tú ahí disfrutando con los ojos cerrados, sabiendo que
estoy a tu lado pero sin decir palabras, tú apenas enganchando un dedo
tuyo en mi mano. Y el maldito Motongo comenzando a inundarte de su
hombría y burlándose de mí con un “Así hay que llenarla de leche a tu
mujer, cornudo”. Y tú, oyendo eso, sueltas ese dedo de mi mano y lo
tomas a él del cuello, aprietas fuerte tus piernas alrededor de su
cintura y comienzas a tener unos de esos orgasmos que él y los demás
hombres te dan. Y te olvidas de mí y lo besas mientras el maldito negro
me mira de reojo y acaba echándote los dos últimos latigazos de leche.
Quizá
al regresar deba hacer las paces con Motongo, hay muchas más cosas que
arreglar en casa y su presencia y habilidades serán necesarias. ¿No te
parece, mi amor? Lo hablaremos cuando yo haya regresado, pero descuento
estarás de acuerdo conmigo en que quizá convenga ofrecerle un trabajo
diario en casa, y el cuarto de invitados, el que está pegado a nuestra
habitación.
Por
mi lado, yo también tengo mi gran noticia: ya estoy regresando. El
ganado se vendió a buen precio, pues como ya sabes, soy un gran
negociador.
En
trece o catorce días cruzaré el portón del rancho con las alforjas
llenas de dinero y el corazón en la boca. Cuando te vea, con tu pancita
creciente ya redonda, luego de besar y abrazar lo que queda de la mujer
que dejé hace seis meses, me arrodillaré y besaré ese vientre que lleva
mi vida, nuestra vida.
Y
enseguida, Sofía, tendré mucho que agradecer. Uno por uno deberé dar
las gracias a los rancheros y a los capataces que tan desinteresadamente
te han cuidado cada noche. No es poca cosa lo que hicieron por
nosotros. Dejaron sus propias casas, sus propias obligaciones, para
velar por tu seguridad en un momento de peligro real. Los cuatreros
rondan la región, y gracias a ellos mi esposa ha estado protegida.
Sé
que su sacrificio fue grande. Pasar tantas noches en nuestra casa,
compartir tu cama para que no sintieras miedo, brindarte calor en las
madrugadas frías, levantarse temprano para seguir con sus tareas después
de velarte toda la noche… Velarte y velarte sin parar toda la noche,
profundamente… Son hombres de una nobleza que no tiene precio. Y que
hayan hecho todo esto sin esperar nada a cambio habla de su calidad
humana. De su bondad cristiana.
Quiero
estrechar la mano de cada uno de ellos, incluso la de Motongo. Mirarlos
a los ojos y decirles con toda sinceridad: gracias por cuidar lo que
más amo en este mundo. Gracias por estar ahí cuando yo no pude. Gracias
por llenar el hueco que mi ausencia creó. Sobre todo eso, llenarle el hueco.
Porque
mientras yo comerciaba mi destino lejos de casa, fueron ellos quienes
sostuvieron lo que más amo. Sí, a veces lo sostenían en el aire mientras
le bombeaban verga tomándola de los muslos y nalgas, pero estuvieron
allí, sosteniéndote a pesar de todo. Y eso, Sofía mía, no lo olvida un
hombre de respeto como yo. Y respetado.
Se
los diré sin cinismo, con gratitud verdadera. Porque sin ellos, tú, mi
Sofía, habrías estado sola y asustada, y en cambio ahora estás radiante;
y yo, esperando un hijo.
Dos
semanas, Sofía. Solo dos semanas más y estaremos juntos de nuevo. Tú,
yo, tu vientre abultado, y los recuerdos de veinticuatro hombres que
nunca se borrarán. En especial desde que nazca nuestro hijo.
Tu esposo que siempre regresa,
Coriolano.
FINAL DE CARTAS MARCADAS — TEMPORADA I
¿Vos
creés que Motongo va a dejar de cogerle la mujer al Coriolano solo
porque ella está embarazada? ¿O que dejará de hacerlo cuando el cornudo
regrese y se instale nuevamente en su casa?














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3 COMENTAR ACÁ:
**COMENTARIOS DE LAS PUBLICACIONES ORIGINALES:
•CARTA 01:
- pepecornudo: a sofia no le va a faltar atención
•CARTA 02:
- eziobrosini: Me gusta mucho la idea de las cartas y aunque si las partes son cortas no decepciona el contenido. Me gusto mucho el video en AI al final de esta parte, espero que puedas hacerlo también por las otras.
- Faust: Ese video del final, aunque sean solo unos segundos le da el toque, buenisimo.
•CARTA 03:
- eziobrosini: Que buen relato y otra vez digo que la idea de las cartas es genial pero debo decir que noto que podría ser un problema en futuro, para mi punto de vista. Las escenas de Sofia no podrán ser tan descriptivas y completas ya que son cartas para su marido. Seria bueno relatar las escenas en mas detalle pero no se como. Talvez la carta de un vecino al marido que le cuenta en detalle lo que vio que su esposa hacia. No se.
- Rebelde Buey: Las cartas de Sofía son inverosímiles, es cierto. Por eso enmarqué esta serie dentro de la comedia absurda (básicamente estos relatos son sketches picarescos, como los de la TV de los 70 y 80s). En las próximas cartas ya vas a ver referencias a cosas absurdas y anacronismos que solo buscan dar una pincelada de humor. Ese será el tono de esta serie CARTAS MARCADAS (Las próximas temporadas serán otras historias vividas por otras parejas pero todas similares: él alejado y ella en un lugar fijo.)
- eziobrosini: gracias por la clarificación. Verla de un punto de vista humorístico tiene mucho mas sentido. Espero de poder leer pronto nuevas cartas.
•CARTA 04:
- Chiraakk: Allí los cuatro salieron para que pudiera vestirme. Una hora después regresé a la sala, les agradecí a los cinco.
Tenes que cerrar el estadio ! los genios hacen eso.
- Reblede: Jajajajaja
- Anónimo: Estas cartas son excelentes Rebelde- gracias. La espera para la próxima no me gusta pero mi paciencia tiene que mejorar. Saludos
- pepecornudo: parece que motongo va a terminar la faena que comenzó en el granero.
•CARTA 06:
- Anónimo: Que bonita la sinceridad de Sofia
- Nacho: Algo parecido me dijo mi novia cuando se quedó a dormir una semana con un amigo, me dijo que dormían en la misma cama pero no hacían nada, solamente se besaron. Al menos a Sofia no la manoseaban: "Como los ruidos me siguen aterrorizando y el frío del invierno ya se siente en las madrugadas, los vecinos ahora pasan la noche completa en la casa, cada uno el día que le corresponde vigilar. Originalmente iban a usar el cuarto de invitados, pero como sigue estando la gotera y faltan los arreglos, momentáneamente dormirán conmigo en la habitación. No tuvimos opción, Coriolano. No pienses que se están abusando de tu confianza, para nada. Fue por necesidad, y te aseguro que todo ocurre en el más estricto respeto, ninguno de ellos me mete mano ni me posee carnalmente".
•CARTA 08:
- Anónimo: La referencia a los simpson xd
•CARTA 09:
- Pedro Parra: Por fin se puso firme el pobre hombre
- Anónimo: Un verdadero hombre coriolano cuidando a su mujer y poniendole reglas claras
- Rebelde Buey: A veces es muy duro con su mujer! xD (un verdadero macho Alfalfa)
- trabajabdofederico: Macho "ALFALFA" Ja, ja.
**COMENTARIOS DE LAS PUBLICACIONES ORIGINALES:
•CARTA 10:
- Vikingo Miron: Que deleite esta saga querido Rebelde, las fotos, los videos,el formato carta (el sueño de todo cornudo) y la epoca hacen de esta historia un maravilla. Los personajes fantasticos también y ese efecto de subrayar por equivocación lo que escribe Sofia es muy cómico y morboso.
Como siempre el mejor Rebelde, gran abrazo!
SALUDOS VIKINGO MIRON
- Anónimo: Los leí de un tirón, buenísimos!! Mis felicitaciones. Ojalá que tenga larga vida esta serie. "Ojalá te deje por atrás" jajaja genial.
• CARTA 11:
- trabajabdofederico:
PRIMERO.- Es una lástima que nosotros leyéramos esta serie, hasta casi el final de la misma, (error exclusivo de nosotros) pero eso, NO afecta en lo más mínimo, lo importante, que es Felicitarte! Por lo MAGNIFICA que es.
SEGUNDO.- La idea de una serie de cartas que se escriben, un matrimonio, a través de un lapso de tiempo, y su ir y venir, nos parece súper ORIGINAL, Felicidades.
TERCERO.- Los detalles que pones, en el decoro, HONOR, y fidelidad, la hacen deliciosa! Y como ambos esposos, a veces de manera accidental, o por inocencia, van CAYENDO al remolino del sexo sucio y degradante, que NO se queda solo en sus cuerpos, que INFECTAN su alma, terminado por hacerlos ADICTOS! A esa degradación, (¿Quizás nos estamos adelantando a su posible final, ¿no lo sabemos?)
CUARTO.- Una degradación que es compartida, por su pareja, de manera SOLIDARIA y morbosa! Y es en eso que reside otra genialidad de esta saga, el poder decirle a tu pareja, que esas humillaciones, ABUSOS, y degradación, se las hacen a ambos, y que uno y otro las disfrutan.
QUINTO.- Y como esta saga, está llena de ORIGINALIDAD! Nos divierte mucho que abras la posibilidad, de participar, con cartas, (sin que sea forzosa, que la misma sea integrada al relato) solo como un ejercicio de esparcimiento.
SEXTO.- Nosotros solo podemos participar hasta el fin de semana, nos gustaría que nos esperaras hasta el domingo de esta semana, para poder mandarte un par de cartas, de “otras” personas del pueblo, que se enteran de los hechos de la historia, ¿haber que te parecen?, sin que sea obligatorio su integración, al relato, solo para que veas, que tus relatos despiertan nuestra imaginación.
•CARTA 14:
- luisferloco: qué genial el mini video.... Aplica totalmente al relato
•CARTA 15:
- luisferloco: Rebelde, cómo vas a hacer esa pregunta? Ese sueño debería de tener un capítulo propio [NOTA: En referencia a la pregunta hecha en el capítulo 15]
•CARTA 17:
- luis ramirez: Estimado rebelde....la verdad esta saga me pareció un recurso muy novedoso, se que al final es una historia de cuernos pero el formato que le diste lo siento interesante...
- luisferloco: Frase apoteósica, si se puede definir de esta forma... "Quiero estrechar la mano de cada uno de ellos, incluso la de Motongo. Mirarlos a los ojos y decirles con toda sinceridad: gracias por cuidar lo que más amo en este mundo. Gracias por estar ahí cuando yo no pude. Gracias por llenar el hueco que mi ausencia creó. Sobre todo eso, llenarle el hueco." Esta es la mejor forma de describir a los personajes que creas con estas historias.... Hermoso cornudo inconsciente.
- Nota Rebelde Buey: Más o menos... yo diría que es un inconsciente/consciente jejej
- luisferloco: "¿Vos creés que Motongo va a dejar de cogerle la mujer al Coriolano solo porque ella está embarazada? ¿O que dejará de hacerlo cuando el cornudo regrese y se instale nuevamente en su casa?"
Obvio que no... Y espero que de esa cabecita loca, surja una continuidad, porque estuvo excelente la historia.
OBVIAMENTE PUEDEN SEGUIR DEJANDO COMENTARIOS ACÁ ABAJO.
Muy buena serie. Felicidades, ojalá continúe.
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