Por Rebelde Buey (y compañía)
Va el anexo prometido, una carta de Sofía que nunca envió.
Sin embargo, por alguna razón desconocida, que podría ser un error, algunos lectores escribieron sus propias cartas y, para celebrarlo, serán publicadas como parte de este Anexo, a continuación de la carta de Sofía.
Seré honesto: las corregí pero no súper a fondo, pues me iba a tomar mucho tiempo. Digamos que corregí las cosas más obvias (y seguramente se me escaparon algunas). No importa, lo que importa es que el material está aquí, los amigos lo compartieron y ahora todos podemos leerlo.
A disfrutar.
A1. Sofía a Coriolano — Carta nunca enviada
Coriolano mío,
No sé si alguna vez leerás esto. Probablemente no. Pero necesito escribirlo, sacarlo de mí, aunque sea para que las palabras me sostengan y no me quemen por dentro. Hoy llovió todo el día, una lluvia gruesa, interminable, que hizo que la casa se sintiera más chica y tú, más lejos.
Y hablando de cosas gruesas, en medio de esa lluvia vino Motongo. Oí los pasos cargados en el porche y luego la puerta que se abrió sin golpear. Era él, empapado, con la camisa pegada al pecho. Dijo que venía a “revisar si el techo aguantaba”. Me pareció que no era verdad. Pero callé.
Yo llevaba puesto el camisón cortito de algodón blanco que tanto te gusta, el que se me pega al cuerpo cuando estoy sudada o mojada. La lluvia me había empapado al cruzar el patio y la tela se me adhería a los pechos y a las caderas, transparente, dejando ver los pezones duros y el triángulo oscuro entre las piernas. Motongo me miró como si fuera la primera vez que me veía. Aunque me veía desnuda todos los días, y me llenaba con su pijón grueso, ese del que ya te conté. Pero esta tarde era como si jamás me hubiera hecho suya. Como si me fuera a coger por primera vez.
—¿Qué haces aquí, Motongo? ¿Por qué viniste una tarde como esta, si no podrás trabajar?
—Vengo a revisar el agujero. Y a taparlo, si hace falta.
Por supuesto hablaba del agujero que arregló dos días antes, el de la gotera.
Me llevó de la mano al dormitorio —nuestro dormitorio, la cama que compartimos desde que nos casamos—. Se quitó la camisa empapada, se bajó los pantalones y su verga saltó libre, negra, gruesa, venosa, más larga y ancha que la tarde de ayer.
—Vamos a revisar ese agujero que el cornudo de tu marido no ve hace rato…
Y me empujó contra la cama sin decir más palabra, dejándome boca arriba, con el ruedo del camisolín casi en la cintura y los pechos medio asomados por el escote. Me abrió las piernas de un tirón, me levantó la ropa un poco más y me puerteó con cierta desesperación.
Te juro, amor mío, que aún en ese momento no dejé de pensar en ti y de evocarte:
—Qué va a decir mi marido…
—El cornudo —me corrigió.
Sentí entrar el primer centímetro y supe de memoria lo que mi cuerpo comenzaría a experimentar. Cerré los ojos.
—Mi marido…
—El cornudo, Sofía. Ya sabés que en esta casa y cuando estés conmigo, a Coriolano se lo menciona como el cornudo.
Me pareció injusto, así que defendí tu honor.
—Él no es ningún cornudo… —Pero ya me había ingresado otro tramo de verga; la cabeza entera, creo, y no quise contrariarlo—. Qué va a decir el cornudo de mi marido…
Sonrió como un chacal mientras empujó dentro mío un poco más de pija. Me tenía de frente, yo boca arriba recibiéndolo en misionero. Como cuando lo hago contigo, amor mío, solo que tu masculinidad completa llega más o menos al glande de Motongo, y él desde ahí recién empieza a hacerme mujer.
Embistió decidido, aunque lento al principio para hacerme sentir cada centímetro. Luego, una vez que me la calzó toda —al completo— y la retiró, retomó rápido y muy animado, haciendo que la cama crujiera y que mis pechos bailaran. Me agarraba los muslos, me clavaba los dedos, me decía entre dientes: “Qué rico cogerse a la mujer del cornudo… Todos los negros del pueblo deberían cogerse a la esposa de Coriolano…”.
Nunca entenderé esa rivalidad de gallitos entre los hombres. Además, él me estuvo cogiendo a diario todos estos meses, pero tú eres mi marido, quien vivirá conmigo para siempre y criará a mis hijos. Es obvio que tú le ganas.
Yo gemía, apretaba las sábanas. Que él te dijera cornudo y recordar tu rostro hizo que me viniera enseguida y por primera vez. Siempre me pasa eso con Motongo. Sentí su verga dura estirándome toda, gruesa, caliente, y cuando empujó de golpe hasta los huevos, como un latigazo, me hizo hasta doler un poco. Me llenó por completo, hasta el fondo y más allá también, y empezó a moverse: ahora fuerte, brutal, golpeando contra mi estómago con cada embestida. Me agarraba los pechos, me pellizcaba los pezones y me los chupeteaba. Gimió muy alto y un instante después me llenó de leche con un rugido largo, inundándome hasta hacerme desbordar y sentir su savia recorriendo mi fundillo y parte de mis nalgas.
Se quedó encima respirando pesado, manoseándome los pechos con inusual delicadeza. Podía sentirle todavía el vergón latiéndole dentro mío, lo que me ponía la piel de gallina. Entonces Motongo chifló fuerte, un silbido que se impuso por sobre el ruido de la lluvia contra el techo.
La puerta se abrió con decisión, y de pronto entraron cuatro negrazos altos y anchos, aunque distintos unos de otros. Iban con ropa de fajina. Uno viejo, uno más joven que mi mach Motongo, y dos tipos de edad mediana. Todos negros, fuertes, de miradas predadoras y hambrientas. Por reflejo me cubrí los pechos con las sábanas, pero al verlos magrearse los bultos no pude no imaginármelos entre mis piernas. A cada uno de ellos. ¿Es eso normal, mi amado Coriolano? ¿Soy acaso una mala esposa? ¿O solo una mujer curiosa?
Se bajaron los pantalones en un santiamén y pude notar los vergones rechonchos, colgando como jamones entre sus piernas, uno más grande que el otro. Discutieron algo sobre quién iba primero, sin siquiera haberme hablado o consultado antes. Yo no tenía voto en esa habitación. Yo ni siquiera era una mujer. Como luego me dijeron ellos, en medio de alguna de las volcadas adentro, yo era una hembra.
Motongo, que se había apartado y miraba divertido desde una silla, cortó el pleito casi antes de que comenzara. Yo lo miré, como pidiéndole protección.
—Se la van cogiendo del que la tenga menos ancha hasta el más vergudo. Así todos pueden disfrutar a pleno de esta puta. Además, es la mujer de un cornudo así que ella también necesita ir sintiéndolos a cada uno, ¿no?
El más joven se me vino primero, masajeando su pijón grande y venoso. Apoyó una rodilla en el colchón.
—Motongo, no es justo —me quejé, tratando de imponer mi decencia—. El corn… Quiero decir, Coriolano permitió que solo vos pudieras… poseerme…
Pero mi argumento fue débil. Él ya venía trayendo desde hacía un par de semanas a amigos al azar, cada tarde que me cogía. Incluso uno de los dos hombres de edad mediana, creo, ya me había hecho suya un par de veces. No estoy segura porque con los amigos de Motongo es difícil, se me confunden sus rostros, solo los distingos por sus pijas descomunales.
Viendo que ese pedazo de verga se metía en nuestro lecho y me iba a poseer a su antojo como una muñeca, y respaldando las palabras que acababa de decir, abrí el cajón de mi mesita de luz y saqué tus cartas, amor mío, buscando justamente la que en tus propias palabras decías que solo Motongo podía saciar su hambruna masculina dentro mío.
Pero eran muchas cartas. Y buscándolas en el cajón, quedé en diagonal sobre la cama, de rodillas y con mi cola y mis muslos apuntando al negro joven, que no se detuvo en su andar sobre el colchón, verga en mano. Justo cuando tomé tus cartas, el negro me tomó de la cintura.
—Acá está lo que nos autorizó mi marido, Motongo —dije desesperada. El negro me empujó hacia él; casi se me caen los sobres pero pude retenerlas en el último segundo. Me levantó el ruedo del camisolín y mi cola y mi conchita quedaron a su merced—. Es en una… —Y las esgrimí como si fueran un certificado de buena conducta.
El negro me puerteó. Tenía la cabeza de la verga más grande —o mejor dicho, más gorda— que la del propio Motongo. Aunque no sería la más gorda que yo recibiría esa tarde.
Con una manaza inclinó mi torso hacia abajo, dejándome con la cola en punta. Casi se me caen las cartas hacia el piso, pues quedé al borde de la cama. Abrí uno de los sobres mientras el desconocido abrió mis piernas justo ahí donde se unen. Saqué una de tus hojas manuscritas; él en cambio no sacó nada, más bien metió. Si ya había sentido el grueso con el puerteo, no quieras saber lo que sentí cuando la cabeza penetró, suave pero decidida, mi conchita aún estirada por Motongo.
—Ahhhh… —gemí. Pero para aclararles a todos que tú solo habías autorizado a Motongo, comencé a leer el primer párrafo que vino a mis ojos—. “Cuánto echo de menos tu risa, tu belleza, tu mirada, incluso tu blondo cabello y por supuesto esa paz que solo tú sabes brindarme...”
Detrás de mí, el negro me tomó de las nalgas y empujó. Un buen tramo de verga avanzó hasta llenarme de carne. Volví a gemir, esta vez más fuerte, y tuve que cerrar los ojos. Pero eso no detuvo mi voluntad de mostrarles el respeto que te tengo.
—“…me aferro a la certeza de nuestro compromiso con Dios…” —el pijón se retiró y, sin que el glande saliera del todo, volvió a clavar. Esta vez avanzó mucho más de la mitad—. Ahhhhhh… —El empujón me hizo mover tu carta y las letras se me escaparon. Buscando tus letras, el desconocido tuvo tiempo de retirar y volver a estaquearme con todo—. … “y nuestros votos matrimoniales, que son el faro que guía nuestra existencia y…” Ahhhhhh… “la prueba más pura del amor que nos profesamos…” Ohhhhhh por Diossss...
Ni Motongo ni los otros parecieron conmovidos por tu carta. El de atrás incluso empezó a bombear cada vez más rápido y más profundo, clavándome los dedos en las ancas para retenerme y que no me fuera yendo hacia adelante.
—¡Qué buen putón te conseguiste otra vez…! —dijo en un jadeo. Me sentí utilizada. ¿Acaso estos hombres se repartían a sus mujeres? Es decir, ¿a las mujeres de otros hombres? Qué poca integridad.
El negro ya me estaba bombeando tan fuere que la carta en cuestión fue a dar al piso. Y para que no sucediera lo mismo con las otras, preferí soltarlas sobre el colchón, mientras el amigo de Motongo me seguía clavando verga como la aguja que perfora un pozo. Se le sentía agitado. Más y más agitado. Y se le sentía más duro, ahí abajo. Más y más duro. “¡Pedazo de puta!” me decía, y me nalgueaba. Aceleró. Vi a Motongo sonreír, sentado en el silloncito que hay frente a la cama, el que será tuyo, y eso me tranquilizó un poco. Si Motongo estaba ahí, aunque me cogieran los cuatro tipos estos, yo no tenía nada que temer, ¿no?
Por suerte empezó a acabarme. Digo por suerte porque todavía faltaban tres. Y bueno, me acabó adentro. O más o menos. Los primeros chorros fueron adentro. Me agarró de la cintura y se me pegó como si estuviera soldada a él. Pude sentir los latigazos de verga y leche adentro, sentirlos físicamente. Luego, por alguna razón, se separó un poco y los últimos lechazos dieron en mi cola y su pija, y terminaron goteando sobre alguna de tus cartas, que estaban bajo las rodillas del negro y bajo mis muslos y cola rebalsada de leche.
—Tiene que estar en otra carta… —dije, a esa altura más para rescatar tus sagradas letras de amor de ese enchastre, que tu dignidad. El desconocido volvió a nalguearme y retiró su verga y se bajó de la cama.
Tomé uno de los sobres, que estaba un poco embadurnado. Saqué tu carta. En ese instante, sin yo darme cuenta, el más viejo vino a reemplazar al joven. Ni tiempo me dio. Apenas si pude apretar la hoja y arrugarla en mi puño. Vi cómo pisoteó con sus rodillas tus otras cartas y sin mediar palabra, con la pija ya totalmente empalmada y dura, simplemente me clavó, como si fuera una cosa hecha al solo efecto de ser usada por él. Esa naturalidad con que un desconocido se animara con una mujer casada y bastante casta como yo, por alguna razón, me provocó un hormigueo extraño en el estómago.
El viejo clavó y pasó a bombearme casi en el mismo movimiento.
—Dale, puta —me dijo, animado, y comenzó a hamacarme—. Leé un poco más de la carta del cornudo.
Eso me encendió un poco, debo confesar. Por alguna razón que aún hoy no entiendo, obedecí como una nena buena y leí lo que tenía en la mano, un párrafo cualquiera al azar, mientras el viejo me clavaba pija hasta la base en un bombeo cadencioso pero persistente.
—“Por favor, sé cauta…” Ahhhh… “Tu inocencia y tu bondad son tan puras…” Ahhhh… “que no quiero que nadie se aproveche de ellas…” Ahhhh…! Qué pedazo de verga … ¡Ohhhhh…!
Se quedó quieto pero le seguí sintiendo latir la verga. Se me vino encima, casi aplastándome, y me quitó la hoja de las manos.
Giré para verlo, no entendía qué quería. Lo observé mirar la hoja y sonreír con malicia.
—¿Querés ver lo que hago con la inocencia y la bondad que dice la carta, puta?
Puso la hoja con tus letras sobre mi conchita, tapándola, como un gesto de tu protección. O eso creí en ese momento. Tu carta cubría lo más preciado que yo podía ofrecerte, amor mío, pero el viejo se tomó el pijón, rígido como una barra de acero, y arremetió contra mi agujerito sin importarle tu carta. Perforó tus letras y mi concha, clavándonos a los dos en el mismo movimiento. Rio como un loco y empezó a bombear. Me cogía a mí, y tu carta quedó como un ojal ridículo que iba y venía atascado en el grueso de verga.
Por alguna razón extraña, que me hiciera suya cogiéndose tu carta, me hizo acabar como cuando me coge Motongo.
—¡¡Ahhhhhhhhh…!! —gemí, desquiciada.
—Así, puta, así… —El viejo seguía bombeando como si recién iniciara—. Así tienen que tratar las mujeres a su cornudo…
Me cogió un buen rato más. Pero en otras posiciones. Me puso de frente porque quería verme a los ojos cuando me llenara de leche. Dijo que le gustaba ver los rostros de las casadas cuando él las llenaba.
Le siguieron los otros dos, cada uno más grueso que el anterior, tal como planificó Motongo. Me hicieron leer tus cartas mientras me cogían. Pero se hizo difícil pues al haber quedado desparramadas por la cama, las hojas se fueron llenando de leche y se complicaba entender tu letra.
—¡Dale, putón, leé más fuerte! —me gritaban mientras me sacudían con todo.
—“ Y respecto a Motongo”... Ahhhh… “Debo disculparme”... Uhhh… “por mis celos y prejuicios... Comprendo que por el juramento hipocrático”… Ahhhhh… “te vieras obligada a arrodillarte para hacerlo”... Ohhhhhh…
Me daban más nalgadas fuertes y me decían entre risas:
—Leé más fuerte, puta, que el cornudo no te escucha.
Me vine otra vez, apretándolo dentro, mientras leía tu letra y sentía cómo me llenaba.
Luego del último, me cogieron otra vez, hasta la noche, como en una segunda ronda. Por el culo, esta vez. Excepto Motongo. Él me lo hace cada tres o cuatro días. Pero para los nuevos, era una novedad, supongo.
Cuando todo terminó, Motongo se acercó, me miró con sonrisa torcida y dijo: “Hasta mañana, señora de Coriolano”. Y me dejaron allí, temblando, con el camisón deshecho, las piernas abiertas, la cama llena de tus cartas arrugadas y empapadas de semen, y pensando en ti.
Algún día te contaré cómo me fueron acostumbrado a recibirlos por detrás. Cómo me fueron enseñando, con paciencia y más tiempo del que yo imaginé. Aunque de seguro, cuando te lo cuente, haga como con esta carta. Jamás te la envíe. Quizá ni la guarde. Quizá la queme en la estufa para que nunca nadie sepa que una vez te fui infiel prácticamente sin querer.
Sofía.
— Versión 1.0 (04/04/26)
(c) Rebelde Buey
• CARTAS (ANEXOS) ESCRITAS POR LOS LECTORES:
trabajabdofederico dijo...
Carta #1
Doña Cacatúa De Gárgola,
Presidenta de la organización de la Decencia de Alce Viejo.
Mi buen señor mío Coriolano, le escribo la presente misiva, para hacerle saber que como presidenta y vigilante de las buenas costumbres, la Moral y el Decoro, de nuestro Pueblo, NO estamos de acuerdo con el procedes suyo y de su señora, Ya que se ha murmurado por nuestra comunidad, que Usted señor, ha permitido, incluso ¡Se afirma!, que ha alentado y fomentado, que en su ausencia, (Por semanas) diferentes hombres visiten su casa, por las noches, para acompañar a su esposa..!”
Eso señor mío, NO puedes ser una conducta moral, ni mucho menos aceptada por nuestra comunidad, por eso le ruego, retire ese permiso que usted concedió a su mujer, y a sus vecinos.
De no acatar este primer aviso, nos veremos en la necesidad de tomar medidas más severas, como un sermón correctivo, EN PERSONA.
Atentamente
Doña Cacatúa De Gárgola,
Presidenta de la organización de la Decencia de Alce Viejo.
trabajabdofederico dijo...
Esta solo es una carta imaginaria que una vecina le escriba a Coriolano
Carta #2
Doña Cacatúa De Gárgola,
Presidenta de la organización de la Decencia de Alce Viejo.
Mi buen señor mío Coriolano, le escribo la presente misiva, para hacerle saber que como presidenta y vigilante de las buenas costumbres, de nuestro Pueblo, que tenemos tres reclamos que hacerle, con una terrible tristeza en mi alma.
La PRIMERA.- Nos hemos dado cuenta, Que NO ha impedido que se continúe realizando, la que sin duda alguna, es una conducta impúdica dentro de su hogar, al permitir que diferentes hombres duerman con su mujer, bajo su propio techo.
La SEGUNDA.- Nos hemos dado a la tarea de esperar a su mujer, “La Sofía” en las calles del pueblo, usted sabe de mi conocida sensatez, así que NO lo hice sola, me hice acompañar de dos buenas señoras con altos valores Morales, dentro de nuestra comunidad, como lo fueron, la Señorita Prudencia y Doña Soledad, para como le habíamos advertido, darle un Sermón en persona, pero cuál ha sido nuestra decepción, que en vez que sus Esposa Sofía, agradeciera ese gesto, como una oportunidad de que las buenas mujeres del pueblo, le digamos como enmendar sus errores, y aprenda bajo nuestra guía, como debe comportarse, Su esposa se nos puso arrogante, y de una manera por demás rebelde, nos digo entre gritos, ¡Que nosotras éramos, 3 mujeres amargadas, por falta de hombre, y que le teníamos Envidia, por ser ella la mujer más Hermosa de Pueblo!”
No hace falta decir, que tal afirmación, la hizo gritando en plena vía pública, lo que ha provocado un escándalo en el pueblo, por lo que desde ahora le hago saber a usted Coriolano, que le exigimos a AMBOS, una DISCULPA.
Además exigimos que sea usted quien le diga su esposa, que las buenas costumbres exigen, que sea ella quien acuda a darnos una Disculpa, a las suscritas, en nuestra casa.
La TERCERA.- Antes de enviar esta carta, nos hemos dado cuenta que nuestro buena intención, de llamarle la atención de su Esposa Sofía, en lugar de servir para que ella moderada su conducta, Resulto en lo contrario, pues en estos días la han visto pasearse por las calles del pueblo, ¡Con ropas realmente escandalosas! Señor Coriolano, la han visto pasear usando un vestido con una abertura lateral tan ancha, que cada paso que daba.
“!Enseñaba la totalidad de la pierna!”
La de habladurías que ha provocado, en el Pueblo, al usar ese tipo de vestimenta tan reveladora.
Tome esta carta como un segundo aviso, y suplicamos su inmediata intervención, para moderar el escandaloso comportamiento de su esposa.
Atentamente
Doña Cacatúa De Gárgola,
Presidenta de la organización de la Decencia de Alce Viejo.
trabajabdofederico dijo...
Esta solo es una carta imaginaria que una ex novia le escribe a Coriolano
Carta #3
Señorita Prudencia, que aun te quiere y espera tu regreso.
Mi querido Coriolano, a pesar que ha pasado mucho tiempo desde que tú y yo hablamos, bueno desde que tu terminaste nuestro compromiso, te confieso que en todo este tiempo aun NO entiendo.
¿Como a pesar de que yo siempre te honre?,
¿Cómo fue que pudiste cambiarme por la Sofía?
Bueno, sí lo sé, a ustedes los hombres les gustan ese tipo de mujeres, tan voluptuosas, y no existe en la comarca mujer más llena de curvas que tu esposa.
Pero es por ese motivo, que te escribo la presente carta, para advertirte, que es por esas curvas que tiene tu mejer, que en tu ausencia del hogar, ella ha permitido ser “CORTEJADA” por múltiples hombres, incluso varios hombres casados!
Espero que NO tomes la presente carta como celos, que pudiera tener yo, porque tú me cambiaste por ella. Pero… Es que tu esposa ¡NO es discreta! Se le ha visto pasear casi a diario, con distintos hombres, y si eso por sí solo, Eso ya es escandaloso, pues te informo que el tipo de ropa que usa durante sus paseos, eso sí que es un escándalo, que esa ropa:
- “¡MUESTRA más, de lo que CUBRE!”
Esperando que, con esta carta, te des cuenta que te equivocaste, y yo, tu Prudencia, espera tu regreso.
Señorita aun, tu Prudencia.
trabajabdofederico dijo...
Esta solo es una carta imaginaria que un amigo le escriba a Coriolano
PRIMERA PARTE
Carta #4
Tu amigo: Al Armado.
Coriolano estoy seguro, que no esperabas recibir una carta mía, pero como tu mejor amigo, desde nuestra infancia, tengo la obligación Moral, de informarte lo que está pasando en el Pueblo, con tu esposa Sofía.
Casi desde el primer día de tu ausencia por motivo de tu viaje, tu esposa ha sido abordada públicamente por las calles de pueblo por múltiples hombres, y ella no solo ha tenido el atrevimiento de hablar con ellos. Además, ha permitido ser vista paseando con ellos, y bueno yo me decía que eso, era normal, tomando en cuenta, su espectacular belleza, quizás Sofía, sea la mujer más hermosa de la Comarca.
Amigo, tú sabes que siempre has sido motivo de envidia, por ser el afortunado de poder disfrutar del rimbombante pecho de Sofía, tan grande y blanco, pero se ha corrido el rumor.
Que otro hombre en tu ausencia, ¡está teniendo ese honor!
Y créeme que yo jamás me prestaría a participar en los chismes que circulan desde siempre alrededor de tu esposa, pero es que, Coriolano, ¡lo he visto con mis propios ojos!
Fue esta mañana, cuando vi entrando al pueblo por la avenida, a tu carreta la cual conozco perfectamente, pero conducida por el negro Motongo, pero lo que más me sorprendió fue:
¡Que sentado a su lado, venia una mujer desnuda!
O al menos eso me pareció al verla de frente y a la distancia, pues al venir sentada en la silla de la carreta, al lado del negro, se podía ver claramente ambas piernas totalmente desnudas y al traer sus brazos cruzados bajo su prominente pecho, estos de derramaban hacia fuera, mostrándolos de una manera obscena, ¡Sin que sobre ellos, hubiera nada que los cubriera!
Esa imagen provocó que me detuviera, y me les quede mirando, como congelado, y entre más se acercaba tu carreta, me parecía más increíble que una mujer pudiera salir así a la calle.
trabajabdofederico dijo...
Esta solo es una carta imaginaria que un amigo le escriba a Coriolano
SEGUNDA PARTE
Y por supuesto jamás pensé pudiera tratarse, de tu amada Sofía
Y te aseguro Coriolano, que me faltaban palabras, para expresar lo que veía, Pero esas palabras llegaron, pero NO a mi cerebro, sino a mis OÍDOS.
¡Desvergonzada, exhibicionista, vagabunda...!
Dichas palabras fueron dichas, por las diversas mujeres, que se encontraban en la banqueta y que veían pasar a la pareja, y fueron dichas en voz alta, como para que todos en la calle las escucharan, yo las escuche claramente, y eso que estaba del otro lado de la calle, y fue entonces que vi como esa impúdica mujer, al escuchar los insultos que le proferían, se sujetó fuerte del brazo del negro, y lo miraba fijamente, con una mirada de enamorada.
Y fue por ese desvió de mirada, que quizás no notaron mi presencia, pues quiero creer, que de reconocerme, NO hubieran continuado con ese DESFILE de la vergüenza.
Pasaron a mi lado a tan solo un metro de mí, y Coriolano, pude ver que la mujer NO venia desnuda, pero era como si lo fuera, o ¿quizás era peor?
Pues el tipo de ropa que usaba, era claramente.
- ¡Para provocar que la MIRARAN!
Me escandalizo la vestimenta que usaba, esa mujer.
O quizás lo correcto sería decir, “¡La ausencia de ropa!”
Y no exageró pues ella usaba una vestimenta toda de color Rojo.
Sí, ¡de ese color!
Y lo usaba en público, pero si el color era escandaloso, lo corto de la ropa, era un insulto al decoro, amigo ella estaba mostrando más de la mitad de su pecho, y era tanto lo que mostraba, que era imposible que no lo estuviera haciendo de manera intencional, si amigo te lo estoy diciendo, tu amada esposa se estaba paseando por el pueblo, mostrando A TODOS su pecho.
Ese pecho, que tú me has dicho miles de veces, estás tan enamorado y que consideras TU MAYOR TESORO.
Y ella estaba exhibiéndose voluntariamente y se le veía orgullosa de hacerlo.
Y tú podrías preguntar qué clase de vestido tendría un escote tan enorme, como para mostrar el pecho de tu Sofía. Amigo En la parte de arriba, NO vestía ningún vestido, ni blusa, lo que usaba un corsé, de esos que usan las vedetes, para presionan el pecho, y lo hacen lucir más grandes, pero en este caso, por los tamaños ya gigantescos de los pechos de Sofía, ¡Se veían totalmente pornográficos!
Pero lo que más llamaba la atención, era su movimiento, pues lo deterioradas que están las calles del pueblo, el carruaje se sacudía constantemente, y esos pechos que lucían casi desnudos, parecían gelatinas, moviéndose para todos lados.
Era como si ella pretendiera hipnotizarte, ¡con el moviente de sus tetones!
trabajabdofederico dijo...
Esta solo es una carta imaginaria que un amigo le escriba a Coriolano
TERCERA PARTE
Y Coriolano la falda, tenía NO una, sino dos aperturas laterales, y la tela de la falda, la traía metida entre sus dos piernas, Es decir venia sentada en alto, sobre el carruaje y venia mostrado ambas piernas en su totalidad, a toda la gente, las aperturas eran tan altas, que incluso pude verle la cadera, y Coriolano casi puedo asegurar, ¡Que ella, NO traía ropa interior!
Imagínate una mujer que salga así a la calle, que decoro puede tener Coriolano.
Y debo confesarte amigo mío, que pese a que detuvieron su andar frente a mí, por ser una esquina para cruzar la calle, y tenerlos a tan solo un metro de distancia, NO pude verle detenidamente su rostro, y así confirmar que esa mujer, tan vulgar fuera tu esposa Sofía, pero espero me entiendas, NO todos los días se ve, una mujer tan espectacular, tan perfecta, tan voluptuosa, con una piel tan blanca, y exhibiéndose casi desnuda, en plena vía pública.
¡Que me fue imposible desviar la mirada, de su cuerpo!
Pero yo como tu mejor amigo, me sentí con la obligación moral de confirmar la identidad de esa mujer, así que los seguí por tres calles más, hasta su destino la Ferretera, caminaba yo a tan solo unos metros, casi al parejo, y amigo mío, debo decir, que sentí una profunda vergüenza ajena, pues cada mujer con la que se cruzaban, ¡La insultaba en voz alta!
Y los adjetivos eran cada vez más vulgares.
Oír como le decían:
Meretriz, callejera, zorra, fulana..!
Y fue que durante esa trayectoria, que pude confirmar sin lugar a dudas, que la identidad, esa mujer era tu esposa Sofía, y Espere afuera pacientemente a que terminaran sus compras y salieran, pues con culpa admito, no tuve el valor de entrar y encararlos, y eso fue ¿aunque NO lo creas? Por RESPETO, pues supuse que a tu esposa Sofía, eso le causaría una humillación mayor, al verse así vestida, ante mí, tu mejor amigo.
Pero creo amigo que pude haberme equivocado.
Pues al salir, en lugar de regresar por donde habían entrado, que era el camino más corto para tu rancho, y así evitar más escarnio público, ¡Pues NO!
Ellos condujeron su carruaje, en sentido opuesto, es decir, rumbo a la plaza principal, ¡¿Puedes creerlo!?
La exhibición que ya habían hecho por cuatro calles de Pueblo, de tu esposa, se les hacía poco a ese negro, pues lo escuche decirle, aunque en el tono que lo dijo, sonara más a una ORDEN,
Sofía cruza la pierna, quiero que al mirarte, NO le quede la duda a nadie, ¡Que eres, La mujer más hermosa de la villa!
Y levanta la vista, que se note que estás orgullosa de pasear al lado, de tu Amo.
Sí, amigo Coriolano, escuché que se refirió a él, como ¡Su Amo!
Y ese maldito negro lo hizo, condujo tu carreta hasta la plaza, exhibiendo a tu mujer, casi desnuda por las calles del pueblo, Lo peor fue que al llegar, dio una vuelta completa a la misma, como para no dejar dudas, ¿qué estaba haciendo alarde de tu mujer, luciéndola a su lado, como si fuera su..?
trabajabdofederico dijo...
Esta solo es una carta imaginaria que un amigo le escriba a Coriolano
CUARTA PARTE
Mi apreciado amigo Coriolano, eso no fue lo peor, tuvo el atrevimiento de detenerse en la plaza y hacer bajar a tu mujer del carruaje y conducirla del brazo, hasta el café que esta al centro de la plaza, y sentarse en una mesa, lo que provoco habladurías de toda la gente que estaba en las otras mesas, me apena informarte que todas, las mujeres que estaban en las otras mesas, una a una, se fueron yendo, levantaron notoriamente molestas, por la presencia de tu esposa.
Como si no la consideraran digna de estar entre ellas, haciendo comentarios como:
¡Ya aceptan a cualquier tipo de gente en este café!
Yo no comeré en el mismo lugar, donde comen, ¡prostitutas!
Y me pareció que en ese momento tu esposa sintió por primera vez, vergüenza, pues pude ver como bajo su mirada, sin atreverse a ver de frente a esas otras mujeres, que cubrían sus cuerpos de manera decentes.
La sorpresa fue que, en lugar pareció vaciarse, por solo un instante, pues los lugares que quedaban libres fueron inmediatamente llenados por ¡Exclusivamente hombres!
Quienes no se cortaban con mirar descaradamente a tu esposa, todo el tiempo, y ahí la vi, como poco a poco, tu esposa recupero su Orgullo, pues noto el descaro, con que la miraban todos a su alrededor.
Y Coriolano, eso fue como una terapia grupal, pues los escuche decirle todo tipo de cosas, como:
- Sofía, déjeme decirle que nunca la habíamos visto tan Hermosa.
Y tan furcia..!, se escuchó decir a otro hombre.
- Esa ropa la hace lucir, como una Princesa…
Pero.. ¡De las Putas!” se escuchó decir a otro hombre más.
- Las mujeres le tienen envidia, pues sin duda usted tiene las tetas más grandes de la Comarca.
¡Y la cola también! se escuchó decir a otro hombre, a sus espaldas.
Sofía argumento inmediatamente en su defensa:
¡NO la cola, aun no la he mostrado!
Por favor no me inventen cosas, que no quiero andar en boca de todos
- Sofía en el pueblo, hacen falta más mujeres como usted.
¿Como yo?
Sí mujeres que ejerzan de meretriz, estoy seguro usted sería un éxito.
- Qué bromista, respondía ella, como cree, que yo podría hacer eso, recuerde que yo estoy casada, que le diría a mi marido, no creo que él me diera su permiso.
Compañero Coriolano note como en lugar de incomodarla, a tu mujer, todos esos abusos, le gustaban, tanto que a respondía con una sonrisa, y dando las GRACIAS, por el comentario
trabajabdofederico dijo...
Esta solo es una carta imaginaria que un amigo le escriba a Coriolano
QUINTA PARTE
Y así paso el tiempo y Sofía al terminar su café, el mesero le sirvió a ella y al negro dos cervezas.
¡NO hemos ordenado esto!
Dijo el, de manera osca.
Son cortesía, Invito yo.
Respondió otro hombre, a sus espaldas, ambos sorprendidos levantaron sus cervezas en el aire, como haciendo un brindis, que fue acompañado por una algarabía colectiva y aplausos, de todos los hombres presentes.
Apreciado amigo Coriolano, eso duro una hora más, pues aun antes de terminar de tomar sus respectivas cervezas, llegaban nuevas rondas, cortesía de alguno de los presentes, que querían seguir disfrutando de la vista, Del cuerpo de tu esposa, puesto a la vista de manera tan Impúdica.
Y fue tanto el descaro.
Que sucedió lo increíble, fue el propio negro, quien prefirió retirarse, al notar que los abusos hacia Sofía, eran ya demasiados, pero su huida del café, no resulto tal rápida como él quería, pues Sofía, en notorio estado de ebriedad, no podía caminar.
Y al notar que por cada paso, que daban Sofía hacia adelante, retrocedía dos para atrás.
Este prefirió cargarla en sus brazos, como si fueran unos recién casados.
Lo que provocó una nueva ola de comentario mal intencionados.
¡A ésta, esta noche, este negro, NO la perdonan!
“Este negro ya se hizo el dueño de la esposa de Coriolano!
¡Coriolano ya se puede sumar a la lista de cornudos, del pueblo!
¿Tú crees que la mujer de Coriolano le aguante toda la verga al negro?
Pobre Coriolano, cuando regrese, ¡NO podrá entrar a su casa, de la cornamenta tan grande, que le pondrá su mujer!
Y así amigo fue que se retiraron del pueblo, tu mujer y ese Negro.
Dejando a su paso, un desfile de habladurías y adjetivos de lo más humillante así, tú y tu mujer, lo extraño fue que, en cambio, del negro solo escuché elogios. No entiendo, ¿por qué esa diferencia?
Amigo admito que me faltó valor, por defender el honor de tu mujer, y tu buen nombre, pero las circunstancias me superaron.
Atentamente tu amigo desde la infancia;
- Al Armado.
Encarnación dijo...
Alce Viejo
15 de junio de 1930
No me conoce usted de nombre, ni yo a usted más que de vista y de oídas, pero el pueblo es chico y las noticias corren como el viento en el campo abierto. Me llamo Doña Encarnación, vivo enfrente del rancho de ustedes, en la casita de adobe con el sauce grande al lado, la que tiene la ventana que da justo al porche de Sofía. Desde aquí veo todo, sin moverme del sillón, con el mate en la mano y los ojos bien abiertos, que para algo Dios me dio vista de águila a mis setenta y pico de años. No soy de meterme donde no me llaman, pero hay cosas que una no puede callar cuando ve que un hombre bueno como usted, que se parte el lomo arreando ganado por esos caminos polvorientos, está siendo cornudo hasta las cachas sin enterarse del todo.
Mire, Coriolano, yo no escribo por maldad, que el Señor me juzgue si miento. Escribo porque me da pena verlo a usted tan confiado, mandando cartas desde San Bartolo o donde sea que ande ahora, pensando que los vecinos son unos santos que solo van a chequear la gotera y a espantar cuatreros. ¡Ja! Si supiera la procesión que entra y sale de su casa todas las tardes y noches...
Encarnación dijo...
Desde que usted se fue, el rancho parece la fonda del camino: uno entra cuando el otro sale. Primero fue el viejo Rapiña, que al principio pasaba nomás a ver si todo estaba en orden, pero después empezó a quedarse más tiempo, a tomar mate en el porche, a "ayudar" con los problemas de la casa. Lo vi una noche que Sofía salió al porche en ese camisón finito que parece de gasa, y el viejo se le acercó tanto que pensé que se le iba a caer encima. Al rato entraron los dos y la luz del quinqué se apagó temprano.
Después vino el Boa, que con esos años parece un roble pero camina como si tuviera resortes. Llega, revisa la casa "de arriba abajo", como dice él, y se queda horas. Una vez lo vi salir a la madrugada, abrochándose el cinturón y silbando bajito.
Longagruesa, el colorado, es el más descarado: carga leña, arregla cercas, pero siempre termina adentro con Sofía. La otra tarde los vi por la ventana de la cocina: él la tenía contra la mesa, las manos en todos lados, y ella riéndose como si fuera lo más natural del mundo. "Pobre Coriolano", le oí decir a él. Y ella no lo desmintió, nomás le tapó la boca con un beso.
Don Turbio es el más sigiloso: llega de noche, cuando ya está oscuro, y se va antes del amanecer. Pero una vez lo vi salir con la cara colorada y el pelo revuelto. Misterioso, pero no tanto como para esconder lo que hace.
Y Torniquete... ay, hijo, ese es el rey de la casa. Viene todas las noches que le toca, entra como si fuera suyo el rancho, y se queda hasta la madrugada. Los gemidos se oyen hasta mi ventana, Coriolano. Grita su nombre a veces, como en burla: "¡Ay, Coriolano, qué suerte tiene!". Y Sofía... Sofía gime como nunca la oí gemir cuando usted estaba. Una noche conté tres veces que ella gritó fuerte, como si le estuvieran sacando el alma.
Y no crea que es solo ellos. Motongo anda por ahí de día, "arreglando" cosas. Lo vi en el granero más de una vez: Sofía de rodillas, él con las manos en la cabeza de ella, empujando... Después la pone contra la pared y la tiene un buen rato. Sale con una sonrisa de oreja a oreja, y ella queda toda colorada y con el pelo revuelto.
Mire, Coriolano, yo no soy quién para juzgar. Cada uno con su conciencia y con Dios. Pero usted es un hombre decente, cristiano, que se rompió el lomo por el rancho y por ella. Y Sofía... bueno, la soledad es dura, el cuerpo pide, y los vecinos son hombres fuertes y solos también. Pero ya es demasiado. El pueblo entero habla: "La Sofía de Coriolano es la más atendida del pago". Hasta el cura Peperino Pómoro anda diciendo en el confesionario que hay que rezar por "cierta oveja descarriada que recibe a todo el rebaño".
Si yo fuera usted, volvería pronto. O al menos le mandaría un telegrama pidiéndole que cierre la puerta con llave y despida a los "protectores". Porque si sigue así, cuando vuelva no va a encontrar rancho: va a encontrar un quilombo con cinco dueños.
No me conteste si no quiere. Tire esta carta al fuego si le da rabia. Pero sepa que alguien vela por usted desde la ventana de enfrente.
Que Dios lo proteja en el camino, y le dé fuerzas para lo que viene.
Doña Encarnación, la del sauce grande.
(P.D.: No firme con mi nombre si no quiere problemas. Ya bastante tengo con los chismes que me cargan a mí por ver tanto.)
Anónimo dijo...
Mi amor, te escribo esta carta en el suelo, mientras Motongo duerme tranquilo en la que era tu cama. Eso de los celos que tiene el negro con cualquier hombre que quiera hacerme algo ha llegado a niveles insoportables, pero que de alguna manera soporto igual.
Hace una semana me dijo que yo estaba fuera de control, que no podía ser así de puta, y que él iba a poner orden. Fue intimidante, mi amor, piensa que yo estaba desnuda y de rodillas en la puerta esperándolo, como le gusta que lo espere, y me dice eso mientras se pone a pegarme pijazos en la cara. Lo único que yo atinaba a decir era "sí amo, sí señor, perdón señor". Pero no se contentó con eso, no. El muy bruto, machista, celópata, me puso un collar como si fuera una perrita.
Amor, yo traté de decirle que no correspondía, que estaba mal, que soy una mujer casada y no una perra, pero los vergazos, mi amor, los vergazos. Recibir golpes de pija negra, gorda y gigante en la cara a una la van dejando aturdida, débil, sumisa y lo más absurdo de todo, más puta.
Después de que me pusiera en cuatro y me llenara de verga y me diera esos orgasmos que solo él puede darme y que tú jamás podrás, pensé que me lo sacaría, pero no. Me lo dejó puesto sin ningún miramiento.
Debes imaginar que nada puede ser peor, ¿cierto mi vida? Pero todo puede ser peor, mi amor. Los primeros dos días me llevaba amarradita para todos lados de la casa, y yo lo seguía (no sé si a él o al vergón) a cuatro patas, hasta me puse unas rodilleras para que no me doliera nada. Y bueno, hasta me estaba acostumbrando, aunque él encontró que era molesto tener la mano con esa cadena, y bueno, su solución fue amarrarme a su propio monstruo, mi amor. Se apretó la cadena en su mástil de carne, y la dejó ahí. Ahora tu esposa es una perrita amarrada al vergón de Motongo, mi amor.
Llevo una semana así, mi vida. Y no sé si son los vergazos, que me debe pegar unos doscientos al día, no para, lo hace de aburrido y a mí me retumban hasta en el alma, o los orgasmos que me da unos 5 o 6, ya ni sé. O que una se acostumbra a todo, pero la cosa es que estoy en el suelo, llena de semen en mi culo, mi cara y mi entrepierna, encadenada al vergón de ese negro dominante, y escribiendo encadenada, como una perra, estas líneas para ti, para al menos cumplir con decirte la verdad, porque te amo.
PD: Nada me hace más feliz que estar amarradita al vergón.
SdC

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