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martes, 2 de junio de 2026

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La Solución


LA SOLUCIÓN  
(VERSIÓN 1.1 09.06.26)

Por Rebelde Buey


1. Hoy.

Debí sospecharlo desde que crucé la puerta. Había algo extraño en el ambiente, pero preferí ignorar mi instinto. Dejé el maletín sobre la mesita de recepción del living y dije en voz alta y dubitativa.
—Mi amor… ya llegué…
Me di cuenta del rumor masculino recién cuando se acalló. Desde la habitación. Luego, una voz femenina, la de mi novia. Y los pasos —varios pasos— viniendo hacia mí.
Apareció Laurene, pura sonrisa, con cara achinada de felicidad y los brazos en alto. Estaba maquillada y vestida demasiado sexy para un martes a las siete de la tarde en casa, como cuando va a bailar en sus “noches de chicas”: una falda rosa palo, demasiado corta y de esa tela muy brillosa, creo que de raso, con un portaligas en cada muslo, y arriba no una camisa, no una remera, ni siquiera un top: directamente un corpiño haciendo juego, como cuando sale con las amigas. Detrás de ella venían Maykel, su profe de rumba, y otro negro igual de alto, y entonces entendí.
Laurene debió ver mi sorpresa porque enseguida anunció, como disculpándose.
—Ellos son Maykel y su amigo Yadir.
—Ya sé quién es Maykel —dije con tono seco. El maldito cubano me la venía cogiendo desde hacía bastante tiempo, provocando nuestra primera crisis de pareja el día que me enteré; y múltiples peleas cada vez que se la volvía a coger. Porque mi novia nunca dejó de abrirle las piernas al negro, de eso me enteré un año después de descubrirla. Ese segundo año —el “un año después”— fue uno de peleas constantes, horribles, con gritos y cosas de las que las personas se arrepienten de decir. Lo que sucedía cada puta vez que ella iba a lo de Maykel a pasar una noche, o cuando yo los encontraba acá en casa, ella a horcajadas de él, recibiendo pija hasta la base.
Todo un año así, hasta que me di cuenta: Laurene no iba a cambiar. Al menos, no por mí. Me resigné a que Maykel me la cogiera dos o tres veces por semana, mientras a mí me tocaba cada quince días, pero nunca dejé de quejarme. La queja era mi manera de resistir. De ser rebelde. De guardarme un mínimo de dignidad.




2. Unos meses antes.

Fue por su celular que me enteré que se lo seguía cogiendo al negro. Nunca nos guardamos las contraseñas ni cosas por el estilo. Como dice Laurene, “somos una pareja que se ama, no hay nada que esconder”. Y sí, quizá eso de no tener bloqueado los teléfonos me hizo bajar la guardia, ser demasiado confiado. Y aquella tarde, más o menos un año después de haberme enterado de que me engañaba y perdonarla bajo la promesa de que dejaría de verlo, su celular recibió un mensaje mientras ella había salido a comprar una tontería al kiosco de la otra cuadra. Cayó otro mensaje y otro más. Cinco, en veinte segundos. Obvio que fui a revisar, parecía urgente.
De urgente, nada. Eran mensajes de Maykel.
“Perdoná que me olvidé de mandarte el video”.
“Igual, ya tenés una buena colección. Te mando foto de mi amigo, para que lo vayas viendo”.
Y una foto de un negro grandote y algo robusto, con un poco de panza, sonriendo a cámara —no, no era Yadir—, prácticamente desnudo, saludando con una mano y con la otra tomándose la verga, un monstruo oscuro del tamaño de una berenjena, y con un glande que metía miedo.
“Después decime si te gusta y qué día podés”.
Al final, en quinto lugar, un video congelado en el primer fotograma, con el triangulito del player en el medio y la imagen movida de fondo, manchones irreconocibles de color madera y carne, y algo amarillo paja en una punta. 
Y nada más.
Acerqué mi índice a la pantalla con dedos temblorosos. Ya sabía lo que era. No sé cuánto tiempo habría estado haciéndome cornudo hasta que la descubrí la primera vez, pero desde entonces —ese último año— se suponía que me había sido fiel, que había dejado de ver al negro. Es cierto que nuestro ritmo en la cama seguía siendo bajo, y que ella salía con sus amigas a bailar todos los fines de semana. No lo sé, mis amigos me decían que seguro en esas salidas, las otras trolas y mi novia se levantaban tipos al azar en el boliche y que se las terminaban cogiendo en los descampados de alrededor. Sé que en Alce Viejo eso es bastante común, pero yo conocía a mi Laurene, me mostró cómo había borrado uno por uno los perfiles de Maykel: el de Facebook, el de Terra e ICQ… Parecía muy sincera y muy comprometida con arreglar nuestro noviazgo. El contacto de Whatsapp no lo borró porque ella seguía yendo a las clases de baile de Maykel y las cancelaciones, cambios de horarios o eventos se comunicaban por ahí. Ya sé cómo suena, pero les juro que ella no es de ese tipo de mujeres.
Bueno, creía que no lo era hasta ese momento. Le di play al video. Y sí, era el maldito negro dándole bomba a los mulos, al culazo, a la cintura y a la espalda de una rubia teñida. La sostenía de las nalgas y la chocaba como si le diera a una pera de gimnasio. En la otra punta de la pantalla, en diagonal, la rubia teñida se agitaba como una maraca y gemía inundando de sexo esa cama, el celular en mi mando y el living en donde yo miraba el video. Hasta que en medio de ese bombeo frenético giró y mostró su rostro perfecto, amado por mí hasta la devoción. Un rostro tenso, que parecía crujir con cada estocada que el negro le mandaba hasta la base, y que luego sonrió y miró al que la estaba matraqueando: “Qué buena pija, hijo de puta… Nunca me voy a cansar de esta pija…”.
Se me encogió el pecho. Sentí un rumor interno que me recorrió de arriba abajo. Indignación, supongo. Ver el rostro de mi novia ahí, me la recordó acá. Llegaría en cualquier momento, así que necesitaba reaccionar rápido. Me envié el video y la foto a mi número. Luego subí en el chat, buscando más cosas. No había nada. Solo charlas algo picantes, pero de una semana para atrás todo había sido borrado. ¡Qué casualidad!
Fui a “multimedia”. Ahí estaban. Un montón de videos. No sé cuántos, pero un montón. Sin estar ocultos en una subcarpeta secreta ni nada. Sin ninguna organización. Apenas separados por memes y boludeces. Subí y bajé rápido. Había no menos de treinta, eso seguro. Ni los abrí, me los envié sin mirar, no tenía tiempo para mucho más. De uno en uno. Mandándomelo y limpiando la prueba del envío. Esta vez no me iba a joder, por más que ella luego los borrara, yo ya tenía pruebas de su infidelidad. Solo que ahora no iba a ser como antes, que con el paso de los días me fue convenciendo de que lo que había visto no era tanto ni tan grave. Me habré pasado a mi celular unos seis o siete videos más cuando escuché la llave en la puerta. Ahí sí le di play a uno. Quería que ella me viera viéndolos. Que sintiera la vergüenza y el arrepentimiento.
—¿Qué estás haciendo con eso? —me preguntó Laurene algo inquieta.
En éste también Maykel se la estaba garchando, pero en otro lado y en otra posición. Parecía la sala donde daba clases de baile, no una cama. Había un poco más de luz y el negro se la estaba remachando contra un espejo. La cabeza de mi novia pegaba sobre el vidrio con cada sacudida.
—¡Dámelo! —dijo desesperada. Justo en el video ella estaba diciendo lo mismo. Se lo di. Ya no importaba. Ya la había descubierto. Otra vez. Y ella me había descubierto. Otra vez. 
Eso llevó a otra pelea. Pero si creen que fue tan agitada como la primera, están equivocados. Fue horrible. Como ver a dos boxeadores en el último round, peleando ya sin energías, esperando que todo termine. Lloró. Puso excusas. Luego dijo no tener excusas. Le creí, no le creí. Luego volví a creerle. Yo también lloré.
Y aunque al rato me fui de la casa, tampoco es que tenía dónde ir. No iba a andar deambulando por el pueblo toda la vida. Usé la soledad de la ruta (porque me fui a caminar por la ruta) para pensar. Para saber qué sentir. En La Parrilla de Antonio me compré un sánguche de vacío y una cerveza chica, y me senté en la oscuridad del estacionamiento para camiones, respaldado contra un árbol. Bloqueé a Laurene, porque sus llamados me crispaban, y cuando terminé de comer el último bocado, me puse a ver los videos.
¡Carajo!
¡Ca-ra-jo!


Regresé a casa a las cuatro de la mañana. Me había prometido no pajearme con los videos, me daba vergüenza hacerlo y creí que me quitaría poder de negociación. No fueron tantas horas pero Laurene me recibió como si hubiera regresado de la guerra. Me abrazó con todo, me besó la cara, media nariz con boca, me pegó sus lágrimas a mis mejillas. “perdón, perdón, perdón…” repetía una y otra vez. Me tomó de la mano y me llevó a la habitación. 
Allí se arrodilló sobre la cama, quitándose la camisola negra y grande que la cubría hasta el nacimiento de los muslos. Se había vestido para mí. Debajo tenía un conjunto de lencería simple y elegante que ella sabía era mi favorito, bombacha y corpiño de algodón oscura con unos dibujitos té con leche. Verla así me la terminó de parar. La tomé de las muñecas y la arrojé hacia el colchón, haciéndome el macho. Quizá ella no lo recordara, pero ese mismo conjunto era el que llevaba puesto la noche en que la descubrí por primera vez con Maykel bombeándole verga en esa misma cama. Misma cama, misma ropa interior, misma novia. La giré contra la almohada y apenas la penetré supe que no iba a durar mucho. Los videos que había visto un rato antes, pero especialmente el recuerdo del cubano bombeándola en la misma posición que yo ahora —solo que con una verga larga y cuatro veces más gorda que la mía—, no me iban a dejar. Y para peor recordé en ese mimo momento cuando vi el dedo del negro haciendo a un lado la bombachita de Laurene, para facilitarse la penetración con su pedazo de verga…
Fue inevitable.
—¡Ahhhhhhhhh! —comencé a acabar. 
Y como si mi novia supiera:
—No importa, mi amor, me gusta verte gozar… 
—¡Ahhhhh…! —seguí deslechándome como un chihuahua pajero.
—Por eso soy tu novia, para hacerte gozar…
Me desplomé sobre ella. Vencido. Con ganas de llorar. Y con la pijita que no terminaba de bajarse.
No hablamos nada esa noche. Bueno, yo no hablé nada. Ella al principio un poco sí, pero entendió que yo debía asimilar todo. No volvimos a hablar en toda la semana de los videos o sus encuentros con Maykel.
De manera tácita ella entendió que lo acepté. Así que siguió disfrutando del negro sin decirme nada. Y yo seguí quejándome. Y espiándole el celular por si había nuevos videos. Pero sobre todo, a quejarme.
Hasta el día que Laurene me trajo una solución. La manera en que Maykel no necesitaría cogérsela nunca más.
—Maykel tiene necesidades —me dijo en la cama mientras yo le daba en misionero, uno de los pocos días que me tocaba tener intimidad con ella—, como cualquier hombre... —agregó, y vio mi gesto de frustración, porque ella sólo permitía mis necesidades dos veces al mes. Y no siempre—. Ya sabés lo que quise decir. Hombres como él...
—¿”Hombres de verdad”...? —la aguijoneé con maldad, al tiempo que mi mejor estocada la hizo mirar de costado y suspirar.
—No empieces, Resignio, ya lo hablamos un millón de veces. No es que vos no seas hombre o no seas suficiente para una mujer. Especialmente para mí.... —Yo seguía bombeando, ahora con furia, como para que me notara—. Siempre la misma charla con vos. Sos recontra suficiente para mí. Si me coge día por medio es por una necesidad de él. Vos no tenés nada que ver con eso. Es por su necesidad, ¿entendés?
—Yo también tengo necesidades.
—Es distinto, ya te dije. Él tiene más, mucho más. Debe ser por la testosterona. O porque es negro. O por el tamaño de la verga. No sé. Si él pudiera descargar sus necesidades de otra manera, no me cogería tanto.
Eso me desconcertó. Maykel no era un negro pobre y zaparrastroso. Era alto, grandote, limpio, perfumado y daba unas clases de baile a las que acudían decenas de mujeres jóvenes. Laurene lo conoció allí, tres años atrás. Maykel podía cogerse lo que quería. De hecho, yo sabía que lo hacía a diario una o dos veces con otras chicas de sus clases, también en pareja como mi novia. Laurene era sólo una de tantas. Sin dudas una de sus preferidas, dada la frecuencia, pero una de tantas.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Presentarle a tu prima para que te reemplace?
Me miró con gesto de ofendida, como si yo hubiese dicho algo inapropiado, mientras me la cogía.
—¿Y que toda nuestra familia se entere que sos un cornudo? ¿Estás loco? Sabés que nunca haría eso. ¡Sos mi novio, vivimos juntos! ¿Cómo voy a hacerte pasar por una humillación así?
—Entonces, no sé, Lau. ¿Podemos hablar de eso después? ¡Te estoy cogiendo!
No me prestó mucha atención. O no me escuchó.
—Él viene a casa a desahogarse martes, jueves y sábado. Lo único que necesita es otro agujero donde deslecharse y olvidarse de mí por ese día.
—¿Vas a traer a una amiga? Pachi siempre dice que le gustan los neg…
—No voy a hacerte quedar como un cornudo delante de nadie, ya te dije. Te respeto como si fueras un marido, ¡parece que no lo entendés!
—Entonces no sé cómo...
Fue en ese instante que lo entendí. 
Y ella se dio cuenta.
—No puede salir de esta casa —me dijo como una confidente—. No puede salir de nosotros dos.
Aunque estaba a punto de acabar, en ese momento la pija se me redujo al tamaño de un clítoris y quedó más flácido que una lombriz.
—Me estás jodiendo.
Yo sabía que no. La conocía. Conocía esa mirada.
—Es la mejor manera de no hacerte más cornudo. O bueno, un poco menos, porque cada tanto igual de seguro me va querer coger... 
—Estás loca.
—Al contrario, es un gran plan. De esa manera no solo él me cogería mucho menos; los días que él no me coge, podrías hacerlo vos. Vas a cogerme más veces por semana que él, ¿entendés? Siempre te quejás de que él coge más que vos, ¿no? Bueno, ahora…
—Estás diciendo que ese negro con la verga del tamaño de un pepino me quiere romper el orto…
—¿Y qué tiene? Me lo rompe a mí cada dos por tres, y nunca te quejaste…
—Claro que me quejé, ¡y me sigo quejando! Me habías prometido que el culo lo ibas a guardar para mí…
—Siempre despotricando, vos. Además, no duele casi nada. Bueno, duele las primeras veces, pero después hasta se disfruta.
—No voy a disfrutar a un negrazo bombeándome verga y bufándome en la nuca, ¿qué te fumaste?
—Está bien, lo de disfrutar igual es lo de menos, estás desviándote de lo central. Acá lo importante es que al deslecharse adentro tuyo va a estar satisfecho y ya no va a necesitar cogerme a mí.
Me estremecí ante la imagen.
—Es... es… No puedo hacer eso.
—Ah, pero a mí sí me pueden romper el culo.
—¡Porque vos querés!
—Bien que vos también lo aprovechás.
—Solo te hice el culo una vez en todo lo que llevamos juntos, y fue después de que te lo inaugurara Maykel. Ni te sentí de lo estirada que te dejó.
—Bueno, yo traigo ideas para que Maykel me coja menos y no hacerte tan cornudo. No sé qué más querés que haga.
—¡Cualquier cosa menos que me rompan el culo!
—Sos un boludo. Te vas a perder la oportunidad de cogerte a tu novia más que Maykel. Y todo por puro orgullo machista.
Así había terminado la primera charla sobre el tema. Con ella fastidiada y yo sin haber podido acabar. 




3. Hoy.

—Buenas noticias, mi amor —dijo Laurene con una sonrisa que le iluminó el rostro, como un arbolito de Navidad. 
Lo que yo había creído era una falda con corpiño, ahora me daba cuenta, era un conjunto de falda con top. El top, por supuesto, se lo habían quitado y quedó en la habitación, cuando yo llegué para interrumpir. Ese conjunto de raso super sexy se la había comprado luego de aceptar que Maykel me la cogiera regularmente, porque me resultaba tan sensual que me la iba a hacer parar sin importar que me hubiera convertido en su cornudo. Pero al final, ella lo estrenó con el negro, como otras prendas, aunque tuve la fortuna una vez de cogérmela con eso puesto. Observándola ahora mejor, la falda ya de por sí breve estaba levemente recogida por algún tipo de fricción, dejando el ruedo tan corto que le cortaba la bombachita a la altura de la concha y dejaba ver lo peor —o lo mejor— de la prenda íntima. Se me paró de verla así.
 —Hoy te toca...
Me miraba de pie entre los dos negrazos, tan altos y anchos que ella parecía una adolescente. Se colgaba desde uno de los hombros de cada uno, derecho e izquierdo, así que tuvo que bajar una mano para ir a buscar y tomar el vergón abultado de Maykel, inflado y apretado dentro del bóxer de lycra oscuro. Porque, claro, él y su amigo estaban en ropa interior.
—¿A mí me toca?
Maykel me sonrió con franca despreocupación.
—Hoy no te la cojo, Resignio. Hoy me deslecho con vos.
Últimamente no sabía si eso era bueno o era malo. Cuando el negro me llenaba de verga y leche, esa misma noche mi novia me dejaba cogerla. Era la gloria. Pero la puta madre, el pijón inhumano de Maykel siempre dolía. Me habían prometido que después de uno o dos meses dejaba de doler, pero era mentira. Las últimas dos semanas el macho de Laurene no me había usado para su descarga, lo que me dejó en un lugar extraño: queriendo que siguiera sin cogerme para que no me ardiera más el trasero y, a la vez, rogando que me llene de verga para poder yo hacer el amor a mi novia.
Maykel vino hacia mí. Se movió así semidesnudo como venía y se ubicó detrás mío. Me tomó los hombros con sus manazas.
Tragué saliva y miré a Yadir.
—¿Y él? —pregunté.
—Es un amigo de Maykel. Me quería conocer —dijo Laurene, y giró su cuerpo hacia el moreno. Levantó uno de sus pies y lo abrazó por el cuello, deslizando su otra mano por todo el ancho del torso oscuro. Yadir llevó su mano derecha y tomó el culo de mi novia, metiéndola por debajo de la falda rosa y metiéndose tan adentro entre las nalgas que bien pudo introducir una o dos falanges en el ano. 
—Pero... se supone que cuando Maykel me... se desahoga en mí, vos solo lo hacés conmigo ese día. Me dijiste que esto era para bajar la cantidad de cuernos que me ponías…
—No seas tonto, no vamos a hacer nada. Conocernos, nada más. Y conocernos no quiere decir penetración. Para vos todo es coger.
Iba a protestar, pero en ese momento Maykel comenzó a quitarme la ropa. ¡Carajo! ¿Otra vez? La vi a mi novia girar y llevarse al nuevo negro hacia la habitación.
—Mi vida, que no te coja… —rogué—. No te tiene que coger, ¿eh?, acordate de nuestro acuerdo.
—Te doy mi palabra, mi amor —dijo, desapareciendo por el pasillito.
—¡En serio! —le grité—. ¡No seas hija de puta!
Pero no me contestó. En cambio, Maykel ya me bajaba el calzoncillo. Sentí el elástico presionado por el borde de mis glúteos y el dedo del negro tocando la piel mientras lo bajaba. 
Temblé cuando me susurró al oído, doblándome hacia el sillón.
—Ya sabés cómo es esto, cornudo: la colita en punta y relajada para recibir tu ración de verga bien gorda.




4. Unos meses antes.

Fui manipulado. Hoy puedo decirlo. No voy a contar aquí las interminables charlas que tuvimos con Laurene durante no sé cuánto tiempo. ¿Qué sentido tiene? Sí puedo decir que las discusiones nos ponían de malas, y entonces cogíamos menos, mientras el hijo de puta de Maykel seguía llenándomela tres veces por semana. Finalmente claudiqué, pero con una condición: si el costo para que me la cogieran menos era una descarga del negro, la descarga debía ser oral. Ese era el límite que resguardaba mi dignidad. 
La verdad, hoy no estoy seguro si esa solución se me ocurrió a mí o fue idea de Lau.
—Tragá, cornudo —me dictaba Maykel, y bombeaba mi boca con su pija desde los cabellos—. Abrí más grande que todavía te falta la mitad.
No sé cómo hacía mi novia para llegar a la base. La había visto decenas de veces e igualmente no entendía. Yo apenas llegaba a la mitad, y con mucho esfuerzo. Porque el vergón negro de Maykel no solo era largo, era también gordo, y eso frenaba el avance. La mitad de la pija que no podía tragar, debía tomarla con mis dos manos, una sobre la otra, rodear el tronco desde la base y pajear.
Era humillante. Engullir verga del que se cogía a mi novia, pajear y recibir su tironeo de pelos para guiar la mamada. Pero entre todo lo malo, había algo bueno: Laurene observaba siempre con ojos fascinados. Se excitaba como nunca lo hacía conmigo, y entonces, a la noche, cuando me tocaba a mí, estaba hecha una perra en celo. Fueron los mejores polvos que tuvimos. Era un sexo de otro nivel. Y aunque ella no acabara conmigo tampoco así, por mis pocas prestaciones, como decía ella, eso no le importaba porque se desquitaba al día siguiente con el propio Maykel. 
Esa dinámica funcionó durante unos meses, hasta que el negro comenzó a usarme menos porque mi boca no apretaba tan rico como la conchita o el culo de mi novia, y encima yo nunca llegaba hasta la base, lo que de alguna manera parecía contrariar al cubano. Como fuere, volvimos a coger con Laurene cada tanto, y en cambio el negro le daba casi a diario. 
Un día me escuché aceptando la idea de mi novia de dejarme meter solo la punta. Que me bombeara en la puerta y me acabara así.
—Me dijo que te convenciera de apoyarte solo la cabeza. Sin penetración.
—¿Estás loca, Laurene? ¿Vos viste el tamaño de esa verga?
—Pero no te la va a meter, tonto, solo lo apoya y bombea desde ahí… —Como yo negaba con la cabeza, ella me dio vuelta en la cama y me bajó el calzoncillo—. Mirá. —Y me mostró su pulgar. Apoyó el dedo de manera bastante plana, sin enterrármelo en el orificio de mi culito virgen. Presionó y obviamente el dedo no pasaba. Yo solo sentí en ese momento cómo mi carne se aplastaba un poco, igual que cuando te apoyan un dedo en el hombro para llamarte desde atrás—. ¿Ves? No es nada y vas a hacer que me coja menos y vos vas a cogerme más.
Sonrió con toda la cara. Juro que en ese momento creí que lo que ella más quería era coger conmigo. Quizá porque esa noche lo hicimos por segunda vez, me dejé convencer.
¿Cuánto creen que duró ese trato? Nada. Para la tercera “puerteada” ya me estaba enterrando toda la cabeza. Y ustedes dirán que no es gran cosa. ¡Mierda que no es gran cosa! Dolía y duele como la puta madre. Pero mis gritos no hacían más que excitar a Laurene y eso llevaba a que Maykel bombeara más rápido.
—¡Por favor, me duele! —gritaba boca abajo sobre el colchón, con el negro bombeándome todo el glande adentro de mi culo. Me tenía sometido no solo con la verga, también con el peso de su propio cuerpo y con una manaza que me contenía la cabeza contra una almohada. A mi lado, Laurene tomaba mi mano y me alentaba con palabras dulces. Parecía extasiada.
—Vos podés, mi amor, es solo la puntita y vas a cogerme más…
 Por supuesto, cada tanto alguna estocada entusiasta clavaba con más brío y me hacía ver las estrellas.
Al final, yo siempre terminaba pidiendo que por favor me llenara de leche para, de esa manera, acabar con mi suplicio. Lo que, de alguna manera, ellos interpretaban como entusiasmo, como si yo pidiera el lechazo por placer.




5. Hoy.

Ahora, unos meses después, desearía que Maykel me estuviera enterrando solo la cabeza.
—Por favor, señor… —le rogué mientras empujó su vergón dentro de mi culo con lentitud pero firmeza—. Me duele en serio…
Ignorándome, el negro me abrió más cada nalga y se asomó a la penetración. Soltó algo de saliva en una baba que llegó al tronco de su pija, que aún no había enterrado demasiado.
—Dejá de lloriquear, cornudo... —Retiró unos centímetros de su barra de carne y retomó la clavada—. Empezá a quejarte cuando llegue a la mitad, que es tu récord.
—Pero me duele ahora… —Sentía la carne gruesa entrando, eso en sí no era un problema, al contrario, me daba cierto placer. Pero el puntazo de la cabeza de su pija era una tortura que no se iba nunca, incluso ya adentro.
—Hoy rompemos el récord, ¿eh? Yo te rompo el culo y vos rompés el récord, ¿qué te parece? Lástima que tu novia no esté acá para verlo. ¡Cómo le gusta ver cuando te rompo el culo…!
Supongo que la nombró porque ya se escuchaban los gemidos de Laurene desde la habitación. A Maykel le gustaba hablar cuando me sodomizaba.
—Me dijo… —Tomé aire para hablar y aguantar la pija del negro, al mismo tiempo—. Me dijo que solo iba a chupar pija… Que hoy no iba a coger con ninguno de ustedes… —El negro me enterró un pedazo más—. Ahhhhhh…
—Sí, solo se la está chupando…
Los gemidos eran rítmicos, la estaban bombeando. Igual que ahora Maykel iniciaba a bombearme a mí.
—Qué rico, cornudo… Qué apretadito tenés el culo…
Sentí la pija entrar y salir suavemente… Entrar y salir… Todavía sin violencia, pero siempre con determinación. Con sus manazas, el negro me sostenía el culo para tenerlo firme y enterrar más hondo. Pero a la vez empujaba con toda su humanidad y mis muslos iban para adelante. Me tenía sometido sobre el sillón, mi torso contra el respaldo. Y eso tenía una razón, lo aprendí por las malas: en unos minutos, cuando Maykel se entusiasmara y comenzara a clavarme fuerte, el respaldo del sillón me contendría y no me dejaría escapar, dejando mi humanidad, y en especial mi culo, a su entera voluntad y control.
Habitualmente tenía a mi novia frente a mí, dándome besos amorosos y alentándome a tragar mis lágrimas y soportar cada centímetro de macho negro que me entraba. Pero ahora enfrente solo tenía los gemidos de ella, que venían de nuestra habitación y eran acompañados por el traqueteo de la cama y los jadeos de Yadir.
—Se la están cogiendo —jadeé. Maykel empujó y me introdujo otro tramo de verga—. Ahhhh… El hijo de puta de tu amigo me la está cogiendo…
De la habitación venían los gemidos de Laurene, cada vez más fuertes y claros, en un ritmo consistente:
—Ahhhh… Ahhh… Ahhh… Así… Sí… Sí, así… Ahhhhh… Ahhhhh…
—¡Mi amor, dejá de coger! —grité.
—Tranquilo, se están conociendo —dijo en una sonrisa Maykel, y me tomó la cabeza por detrás, metiéndome el rostro contra el respaldo del sillón—. Vos mejor relájate y abrí bien el culo, que ahora empiezo a cogerte de verdad…
—No, Maykel, ¡por favor, no!
Y empujó y sentí cómo ese pedazo de pija de veintipico por siete me taladró otro buen tramo.
—Lo hacemos por vos, cornudo… Para que cojas más veces con tu novia…
—¡¡Ahhhhhhh!! —casi lloro desde mi alma. El dolor fue intensísimo, una mezcla de ardor y puntazo.
—Ahí pasó más de la mitad, cornudo. Te dije que hoy ibas a progresar…
—Por favor, Maykel, ¡sacámela…!
De pronto sentí la barra de carne retirándose y el puntazo aflojó. Pensé que se había apiadado de mí. 
—Sí, claro, esperame sentado… Con lo apretadita que me tenés la pija… —Entonces sentí cómo el cuerito se me estiraba y el recto se me llenó otra vez de verga—. Te voy a bombear un buen rato para que el culo se te vaya acostumbrando a la nueva medida… porque esta parte de la pija es un poquito más ancha…
Fueron unos instantes de aturdimiento total. El dolor no me dejaba pensar, las lágrimas me nublaron la vista y solo podía oír el jadeo de Maykel sobre mi espalda, bombeándome.
—Sentí la pija que te hace cornudo, putito, sentí lo que le entierro a tu novia todos los días.
—Lo siento, sí… Oh, por Dios, lo siento todo… Me duele…
—Todo esto adentro recibe tu novia… Y a partir de hoy, otra igual pero de mi amigo Yadir.
Y Como si la hubieran llamado, los gemidos y súplicas de Laurene desde la habitación se hicieron oír:
—Ahhhhh Así… ¡Así! ¡Dame más pija, hijo de puta! ¡Dame con todo!
Y el turro de Maykel riendo a mis espaldas, sin dejar de bombear.
—Te vas a acordar de este día para siempre, cornudo. El día que Yadir te la empezó a coger y el día en que sentiste mi verga hasta la base, como la siente ella.
Entonces noté el reacomodamiento del cuerpo del negro sobre mi espalda, y un movimiento decidido.
—No, Maykel, ¡no! —alcancé a gritar, pero el negro empujó mi rostro hasta hundirlo en el respaldo acolchonado, ahogó mis gritos y enterró carne con brutalidad y firmeza, sosteniendo con la otra mano mi torso para que yo no me levantara.
Era como si me derramaran lava en el recto. El ardor era insoportable, grité con todas mis fuerzas pero el ruido se ahogaba contra el respaldo, apretado por la manaza del negro. Sentí la carne avanzar, creí que me estaba desgarrando. La pija entraba y entraba y no paraba de hacerlo. Como si le midiera cinco metros. Luego sabría que el último tramo fue de “solo” siete centímetros. Para mí fue como si me metieran una mecha del tamaño de una botella. 
Hasta que sentí la verga haciendo tope. Por sobre el dolor que me aturdía, escuché la satisfacción del amante de mi novia:
—Felicitaciones, Resignio, ahora sí sos un cornudo ciento por ciento, y oficialmente vos y tu novia ya son mis putitas…
Yo lloraba, completamente sometido, cuando sentí los pesados huevos del negro chocar contra los míos propios, ya bombeando para buscar llenarme de leche. 
De fondo, mi novia seguía siendo cogida por otro extraño. De fondo, sus gemidos eran tan evidentes como el ritmo de la cama contra la pared. Me hubiera gustado que ella hubiese estado conmigo cuando su macho me la enterró hasta la base. Para apoyarme. Para mitigar mi dolor.
Pero a quién engaño, sobre todo para ver su cara de orgullo cuando me hubiera convertido en su total y completo cornudo incondicional.


FIN.


La Solución — © Rebelde Buey — VER. 1.1 (09.06.26)


8 COMENTAR ACÁ:

Chiraakk dijo...

muuuy hot !

luisferloco dijo...

Hay que tener mucho coraje, para entregar el chiquito

Anónimo dijo...

El relato que más me gustó, que ricoo

trabajabdofederico dijo...

PRIMERO.- Este relato lo hemos leído ya tres veces, y en cada ocasión, le encontramos nuevas cosas que nos gustan, y así genera ganas de volver a leerlo nuevamente.

En nuestra opinión este relato, es como la película 2001, (¡un peliculón!) cada vez que la ves, la interpretas de manera diferente.

En Cada nuevo relato autor, te reafirmas, como el mejor escritor erótico en español.

trabajabdofederico dijo...


SEGUNDO.- Pero hablando de este relato, al inicio no nos agradó, que pareciera faltaran partes, ejemplo; no pudiera leer de manera consecutiva la primera vez que Maykel hace suyo a Resignio.

Pero después pudimos leer, que se narra su primera punteada” (ja, ja, ja) y fue genial.

Después cuando volvimos a leer, ya se hablaba que habían sido, varias las ocasiones, que Maykel, sometió a Resignio. Y eso nos dolió, pues hubiéramos deseado leer, eso.

Pero todo esta confusión se debió, a “NUESTRA POCA EXPERIENCIA” de leer relatos “!NO Lineales!”

trabajabdofederico dijo...

TERCERO.- Pero después de leerlo “varias veces” entendimos y DISFRUTAMOS, leer casi de corrido, como a través de varios sometimientos, Maykel, va domando a un rebelde Resignio.

Y es en ese momento que valoramos tanto tu capacidad de escribir diálogos “!tan ESCANDALOSOS!” y eso los hace deliciosos, ejemplos:

1-—¿A mí me toca?
Maykel me sonrió con franca despreocupación.
—Hoy no te la cojo, Resignio. Hoy me deslecho con vos.
Últimamente no sabía si eso era bueno o era malo.
Cuando el negro me llenaba de verga y leche, esa misma noche mi novia me dejaba cogerla. Era la gloria.
Pero la puta madre, el pijón inhumano de Maykel siempre dolía.
Me habían prometido que después de uno o dos meses dejaba de doler, pero era mentira.
Las últimas dos semanas el macho de Laurene no me había usado para su descarga, lo que me dejó en un lugar extraño: queriendo que siguiera sin cogerme para que no me ardiera más el trasero y, a la vez, rogando que me llene de verga para poder yo hacer el amor a mi novia.
Maykel vino hacia mí. Se movió así semidesnudo como venía.
- y se ubicó detrás mío. Me tomó los hombros con sus manazas.
Tragué saliva y miré a Yadir.
—¿Y él? —pregunté.
—Es un amigo de Maykel. Me quería conocer

2- En cambio ya me bajaba el calzoncillo sentí el elástico por el borde de mis glúteos y el tocando la piel mientras lo bajaba Temblé cuando me susurró al oído Ya sabés cómo es esto cornudo la colita en punta y relajada para recibir tu ración

3- Finalmente claudiqué pero con una condición si el costo para que me la cogieran menos era una descarga del negro la descarga debía ser oral Ese era el límite que resguardaba mi dignidad

4- Traga cornudo me dictaba y bombeaba mi boca con su pija desde los cabellos

5- Felicitaciones ahora sí sos un cornudo ciento por ciento y oficialmente vos y tu novia ya son mis putitas Yo lloraba completamente sometido cuando sentí los pesados huevos del negro chocar contra los míos propios ya bombeando para buscar llenarme de leche De fondo mi novia seguía siendo cogida por otro extraño sus gemidos eran tan evidentes Me hubiera gustado que ella hubiese estado conmigo cuando su macho me la enterró hasta la base Para apoyarme Para mitigar mi dolor Pero a quién engaño sobre todo para ver su cara de orgullo Cuando me hubiera convertido en su total y completo cornudo


Simplemente gracias, por escribir diálogos tan “!Escandalosos!” nos quita el aliento, cada vez que escucho a mi esposa Leer esas escenas, son super morbosas, y es necesario detenernos y NO leer mas, pues nos puede provocar una eyaculación.

trabajabdofederico dijo...


CUARTO.- Pero…?
El personaje que le robo la atención a mi esposa, fue Laurene, quien tiene una ELEGANCIA en su “manipulación” y una maldad excelsa,
Como convence NO una, sino cuatro veces….!!!!”
Que Resignio, se entregue.
Es una autentica genio del mal.

1- Fue en ese instante que lo entendí.
Y ella se dio cuenta.
—No puede salir de esta casa
—me dijo como una confidente
—. No puede salir de nosotros dos.
Aunque estaba a punto de acabar.
- en ese momento la pija se me redujo al tamaño de un clítoris y quedó más flácido que una lombriz.
—Me estás jodiendo.
Yo sabía que no. La conocía. Conocía esa mirada.
—Es la mejor manera de no hacerte más cornudo. O bueno, un poco menos, porque cada tanto igual de seguro me va querer coger...
—Estás loca.

2- Finalmente claudiqué pero con una condición si el costo para que me la cogieran menos era una descarga del negro la descarga debía ser oral Ese era el límite que resguardaba mi dignidad

3- Un día me escuché aceptando la idea de mi novia de dejarme meter solo la punta Que me bombeara en la puerta y me acabara así Me dijo que te convenciera de apoyarte solo la cabeza Sin penetración ¿Estás loca?

4- Me dijo que solo iba a chupar pija… Que hoy no iba a coger con ningún negro…
—El negro me enterró un pedazo más
—. Ahhhhhh…
—Y se la está chupando…
Los gemidos eran rítmicos, la estaban bombeando.

Simplemente NO podemos dejar de leer, como Laurene, logra cada uno de sus objetivos, deberían nombrarla Presidenta de obras de la Nación, nos sacaría de la pobreza.

trabajabdofederico dijo...


QUINTO.- Y el Final, es otra Genialidad, simplemente creíamos que ya habías contado todo lo que se podía decir, pero…?

Pero cerrar con Resignio, DESEANDO que Laurene, hubiera podido verlo, es un final “!SUBLIME!” felicidades autor.

Saludos desde el Desierto de México.
Federico y “La que Manda”.

PD #1.- Ojala te animes a escribir más relatos donde el Cornudo, es sometido por el macho de su mujer, que es un fetiche, que no sabíamos que NECESITAMOS LEERTE, pero con muchos diálogos entre las protagonistas ESCANDALOSOS!”

PD #2.- Creemos que Este relato, por su nivel de calidad, esta al nivel del Faro, que es nuestro relato favorito, por la complicidad en las Humillaciones de los protagonistas.

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