miércoles, 15 de mayo de 2013

Dame un Segundo — Capítulo 34

                                   —    C  O  M  P  L  E  T  O    —

DAME UN SEGUNDO  
Capítulo 34: Las paralelas se juntan en el infinito

Por Rebelde Buey


Gregorio aceptó sin condicionamientos la absurda excusa que le había propuesto su novia por la repentina desaparición, el día de la primavera.
Aun así, lo que había visto Cherry bajo el puente, en Palermo, tuvo sus efectos. Cebada por la relación de Ash e Isidoro, Cherry comenzó a maltratar a su novio de distintas maneras. Sin que fuera algo premeditado, cada dos por tres lo hacía sentir mal sin necesidad, mortificándolo por el solo placer de hacerlo sufrir. Comenzó a coger con sus amantes aun más seguido, pero ejerció —sin proponérselo— una veda total sobre su novio. De buenas a primeras, y con excusas diversas, negó a Gregorio toda posibilidad de hacerle el amor. Lo único que le permitía era sexo oral después que alguno de sus machos se la cogiera, lo que sucedía casi todos los días.
—Mi amor —le rogó una tarde Gregorio, levantando el rostro de la entrepierna de ella—. ¿Vamos a coger, hoy…?
Cherry, que se retorcía de placer, abrió los ojos cuando su chico se detuvo. No dijo nada, esperando que continuara.
—Mi amor… —insistió el cornudo—. Hace mucho que…
—¡Callate, Gregorio, y seguí chupando!
—Pero, amor… ¿pasa algo…? No cogemos desde…
Cherry se incorporó sobre su brazo y lo miró desafiante.
—¿Querés que te diga qué pasa, Gregorio? —No le gustaban las interrupciones—. Me cogés mal, eso es lo que pasa.
Gregorio primero se sorprendió. E inmediatamente un gesto de dolor le recorrió el rostro.
—Pero… no puede… Pero si últimamente estábamos bien… Yo…
—Vos estarás bien. Sos un desastre en la cama, sabelo. Sos peor que el peor de todos los que me cogieron desde los 14 años.
—Yo… —El rostro del pobre chico era una mueca de desilusión y tristeza. Se sintió repentina e inesperadamente derrotado.
—Lo único que sabés hacer más o menos bien es chupármela. Así que dejá de “hacer puchero” y seguí chupando, que es para lo único que servís.
Gregorio metió el rostro entre las piernas de su novia y retomó con su labor, sobre la concha recién cogida, mientras una lágrima le iba por el pómulo y fue a juntarse con los jugos de ella y del macho último.
Cherry se sintió una hija de puta y casi sin un gramo de culpa. Cerró los ojos y escuchó sollozar a su novio mientras él seguía dándole placer.
“Esto se está yendo a la mierda”, pensó una fracción de segundo antes de que un furioso orgasmo la envolviera en el más intenso de los placeres.

Aquella mañana de mayo, el patio del colegio parecía más de primavera que de otoño. Tiffany charlaba distendida con Ash y un chico de segundo año bastante atrevido que pretendía, de alguna forma más o menos elíptica, obtener sus favores sexuales.
Cherry apareció de la nada y con gesto grave tomó a su amiga por los hombros.
—Tenemos que hablar, rubia —le dijo, tratando de apartarla.
Ash intervino, un poco en broma pero también fastidiada por la interrupción.
—Eh, che. “Secretos en reunión, es mala educa…”.
—¡Cerrá el culo, borrega! —le espetó Cherry girando su rostro hacia ella. Fue tal la violencia del tono empleado que todos callaron repentinamente.
Tiffany accedió y se dejó arrastrar por su amiga hasta que quedaron a solas.
—Sos una boluda, no era para tanto.
—¡La pendeja ésa me tiene harta! ¿Quién se cree que es?
—Es buena flaca… No jode a nadie.
—A mí me jode. Es una pendeja agrandada, se hace la linda todo el día.
—Y nosotras también, boluda. ¡Si somos iguales!
—No, no lo somos. Ustedes son iguales, yo no. Ustedes tienen noviecitos formales, complacientes, cariñosos y toda la bola… ¡Yo no!
—¿Otra vez con esa pavada?
—Sí, otra vez. Y no es una pavada. En primer año vos y yo éramos “culo y calzón”. Las dos estábamos en la misma, parecíamos hermanitas, queríamos lo mismo… Vos lo conseguiste y yo no… Desde que apareció esa borrega cambió todo… Hasta vos cambiaste.
—¡Dejá de decir boludeces!
—No son boludeces. No vas a negarme que le conseguiste un cornudo a su medida. ¿Por qué no me lo conseguiste a mí?
—¿Ahora estás celosa de que me llevo bien con Ash?
—No, lo que digo es que en aquel momento deberías haberme ayudado a mí y conseguirme algo… Y ahora vos y yo estaríamos iguales.
—Tenés a Gregorio… No está tan mal si lo sabés llevar…
—Está todo mal con Gregorio… La cosa no da para más. —Cherry resopló fastidiada, o quizá vencida—. Nunca me terminó de cerrar, creo. Te veo a vos con Eze, o a Luana con Vincent… ¡Yo quiero eso! ¡Hasta esta pendeja forra tiene algo mejor que yo! —Bajó la vista, como si en el fondo de su ser hubiera sabido siempre que esta charla iba a tener lugar, y jamás se hubiera atrevido a aceptarlo—. Ayudame a tener lo que tenés vos.
—No se puede. Gregorio no se banca ser cornudo consciente.
—Tenés que inventar algo. Tiene que haber una forma.
—Podés cagarla peor. Ya sé que Gregorio no es tu ideal, pero pensá qué tipo de relación podrías tener sin Gregorio.
—¡Podría conseguir diez mil flacos!
—¿Cornudos conscientes? No creo. Vos tenés muchísima suerte de tener un tipo que no quiere ver lo puta que sos. Prácticamente lo corneás en la cara y él ni se da cuenta. Tu relación hasta tiene un costado morboso que yo no tengo en la mía.
—Si tan buena es mi relación, te cambio a mi Gregorio por tu Ezequiel.
Tiff la miró sin decir nada, como pidiendo que no la haga perder más tiempo. Cherry subió la apuesta:
—¿Qué…? Me gusta Ezequiel. Está bueno y te deja hacer de todo.
—Sí, el problema es que a mí también me gusta. ¿Qué es lo que querés, Cherry?
—Ayudame a convertir a Gregorio en un Ezequiel y no te rompo más las bolas.
—No se puede, ya te dije.
—Vos le moldeaste a Isidoro a la pendeja, no me jodas.
—Isidoro es recontra sumiso. ¡Gregorio no!
—Habrá que presionarlo, no sé. Vos sos la que sabés.
—Te va a salir el tiro por la culata. Yo no lo presionaría.
—Hay que doblegarlo.
—No, boluda. Te estoy diciendo desde hace media hora que no. No va a aceptar y te vas a quedar en bolas. Vas a perder lo que ya conseguiste. Tenés que ser paciente.
—Ya hace dos años que soy paciente. Para vos es fácil porque tenés a Ezequiel.
—¡Ufff!! ¡Qué forra que sos!
—¿Entonces…?
—Mirá, no creo que Gregorio se convierta en lo que vos querés, pero podés hacer “la gran Luana”.
—¿Y eso?
—En vez de ir a meterle el dedo en el culo como una turra, te hacés la buena y le decís que lo tenés que dejar por su bien, porque tenés necesidades que él no puede cubrir, y “bla bla bla”. Que como la única forma de seguir es separados o que él te deje estar con otros, entonces elegís separarte para no cagarlo. Vos chamuyalo, pero andá tranqui... Manejalo con tacto porque a Gregorio no le cabe.
—¿Y si no acepta?
—Se separan unos días o semanas para ver si afloja; y si así y todo no acepta, siempre podés volver con el verso de que, aunque no cubra tus necesidades, volvés con él porque lo amás más que eso.
—Puede ser… aunque no me gusta eso de volver derrotada…
—Yo no me haría muchas ilusiones, de todos modos…
—Entonces dame algo más efectivo.
—Pero, boluda: ¿qué te creés que soy, una bruja que da gualichos del amor?
Se miraron sorprendidas por el comentario y estallaron en una breve carcajada. Fue extraño escucharse así, como antes. Tiffany —y seguramente Cherry también— se dio cuenta en ese momento cuánto hacía que las dos no reían juntas. ¿Qué había pasado en todos estos años? Una oleada de nostalgia las invadió cuando sonó el timbre y comenzaron el regreso al aula.
  

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