Capítulo 34: Las paralelas se juntan en el infinito
Por Rebelde Buey
Gregorio aceptó sin
condicionamientos la absurda excusa que le había propuesto su novia por la
repentina desaparición, el día de la primavera.
Aun así, lo que había visto
Cherry bajo el puente, en Palermo, tuvo sus efectos. Cebada por la relación de
Ash e Isidoro, Cherry comenzó a maltratar a su novio de distintas maneras. Sin
que fuera algo premeditado, cada dos por tres lo hacía sentir mal sin
necesidad, mortificándolo por el solo placer de hacerlo sufrir. Comenzó a coger
con sus amantes aun más seguido, pero ejerció —sin proponérselo— una veda total
sobre su novio. De buenas a primeras, y con excusas diversas, negó a Gregorio
toda posibilidad de hacerle el amor. Lo único que le permitía era sexo oral
después que alguno de sus machos se la cogiera, lo que sucedía casi todos los
días.
—Mi amor —le rogó una tarde
Gregorio, levantando el rostro de la entrepierna de ella—. ¿Vamos a coger,
hoy…?
Cherry, que se retorcía de placer,
abrió los ojos cuando su chico se detuvo. No dijo nada, esperando que
continuara.
—Mi amor… —insistió el cornudo—.
Hace mucho que…
—¡Callate, Gregorio, y seguí
chupando!
—Pero, amor… ¿pasa algo…? No
cogemos desde…
Cherry se incorporó sobre su
brazo y lo miró desafiante.
—¿Querés que te diga qué pasa,
Gregorio? —No le gustaban las interrupciones—. Me cogés mal, eso es lo que
pasa.
Gregorio primero se sorprendió. E
inmediatamente un gesto de dolor le recorrió el rostro.
—Pero… no puede… Pero si últimamente
estábamos bien… Yo…
—Vos estarás bien. Sos un
desastre en la cama, sabelo. Sos peor que el peor de todos los que me cogieron
desde los 14 años.
—Yo… —El rostro del pobre chico
era una mueca de desilusión y tristeza. Se sintió repentina e inesperadamente
derrotado.
—Lo único que sabés hacer más o
menos bien es chupármela. Así que dejá de “hacer puchero” y seguí chupando, que
es para lo único que servís.
Gregorio metió el rostro entre
las piernas de su novia y retomó con su labor, sobre la concha recién cogida,
mientras una lágrima le iba por el pómulo y fue a juntarse con los jugos de
ella y del macho último.
Cherry se sintió una hija de puta
y casi sin un gramo de culpa. Cerró los ojos y escuchó sollozar a su novio
mientras él seguía dándole placer.
“Esto se
está yendo a la mierda”, pensó una fracción de segundo antes de que un furioso
orgasmo la envolviera en el más intenso de los placeres.
Aquella mañana de mayo, el patio
del colegio parecía más de primavera que de otoño. Tiffany charlaba distendida
con Ash y un chico de segundo año bastante atrevido que pretendía, de alguna
forma más o menos elíptica, obtener sus favores sexuales.
Cherry apareció de la nada y con
gesto grave tomó a su amiga por los hombros.
—Tenemos que hablar, rubia —le
dijo, tratando de apartarla.
Ash intervino, un poco en broma
pero también fastidiada por la interrupción.
—Eh, che. “Secretos en reunión,
es mala educa…”.
—¡Cerrá el culo, borrega! —le
espetó Cherry girando su rostro hacia ella. Fue tal la violencia del tono
empleado que todos callaron repentinamente.
Tiffany accedió y se dejó
arrastrar por su amiga hasta que quedaron a solas.
—Sos una boluda, no era para
tanto.
—¡La pendeja ésa me tiene harta!
¿Quién se cree que es?
—Es buena flaca… No jode a nadie.
—A mí me jode. Es una pendeja
agrandada, se hace la linda todo el día.
—Y nosotras también, boluda. ¡Si
somos iguales!
—No, no lo somos. Ustedes son
iguales, yo no. Ustedes tienen noviecitos formales, complacientes, cariñosos y
toda la bola… ¡Yo no!
—¿Otra vez con esa pavada?
—Sí, otra vez. Y no es una
pavada. En primer año vos y yo éramos “culo y calzón”. Las dos estábamos en la
misma, parecíamos hermanitas, queríamos lo mismo… Vos lo conseguiste y yo no…
Desde que apareció esa borrega cambió todo… Hasta vos cambiaste.
—¡Dejá de decir boludeces!
—No son boludeces. No vas a
negarme que le conseguiste un cornudo a su medida. ¿Por qué no me lo
conseguiste a mí?
—¿Ahora estás celosa de que me
llevo bien con Ash?
—No, lo que digo es que en aquel
momento deberías haberme ayudado a mí y conseguirme algo… Y ahora vos y yo
estaríamos iguales.
—Tenés a Gregorio… No está tan
mal si lo sabés llevar…
—Está todo mal con Gregorio… La
cosa no da para más. —Cherry resopló fastidiada, o quizá vencida—. Nunca me
terminó de cerrar, creo. Te veo a vos con Eze, o a Luana con Vincent… ¡Yo
quiero eso! ¡Hasta esta pendeja forra tiene algo mejor que yo! —Bajó la vista,
como si en el fondo de su ser hubiera sabido siempre que esta charla iba a
tener lugar, y jamás se hubiera atrevido a aceptarlo—. Ayudame a tener lo que
tenés vos.
—No se puede. Gregorio no se
banca ser cornudo consciente.
—Tenés que inventar algo. Tiene
que haber una forma.
—Podés cagarla peor. Ya sé que
Gregorio no es tu ideal, pero pensá qué tipo de relación podrías tener sin
Gregorio.
—¡Podría conseguir diez mil
flacos!
—¿Cornudos conscientes? No creo.
Vos tenés muchísima suerte de tener un tipo que no quiere ver lo puta que sos.
Prácticamente lo corneás en la cara y él ni se da cuenta. Tu relación hasta
tiene un costado morboso que yo no tengo en la mía.
—Si tan buena es mi relación, te
cambio a mi Gregorio por tu Ezequiel.
Tiff la miró sin decir nada, como
pidiendo que no la haga perder más tiempo. Cherry subió la apuesta:
—¿Qué…? Me gusta Ezequiel. Está
bueno y te deja hacer de todo.
—Sí, el problema es que a mí
también me gusta. ¿Qué es lo que querés, Cherry?
—Ayudame a convertir a Gregorio
en un Ezequiel y no te rompo más las bolas.
—No se puede, ya te dije.
—Vos le moldeaste a Isidoro a la
pendeja, no me jodas.
—Isidoro es recontra sumiso. ¡Gregorio
no!
—Habrá que presionarlo, no sé.
Vos sos la que sabés.
—Te va a salir el tiro por la
culata. Yo no lo presionaría.
—Hay que doblegarlo.
—No, boluda. Te estoy diciendo
desde hace media hora que no. No va a aceptar y te vas a quedar en bolas. Vas a
perder lo que ya conseguiste. Tenés que ser paciente.
—Ya hace dos años que soy
paciente. Para vos es fácil porque tenés a Ezequiel.
—¡Ufff!! ¡Qué forra que sos!
—¿Entonces…?
—Mirá, no creo que Gregorio se
convierta en lo que vos querés, pero podés hacer “la gran Luana”.
—¿Y eso?
—En vez de ir a meterle el dedo
en el culo como una turra, te hacés la buena y le decís que lo tenés que dejar
por su bien, porque tenés necesidades que él no puede cubrir, y “bla bla bla”.
Que como la única forma de seguir es separados o que él te deje estar con
otros, entonces elegís separarte para no cagarlo. Vos chamuyalo, pero andá
tranqui... Manejalo con tacto porque a Gregorio no le cabe.
—¿Y si no acepta?
—Se separan unos días o semanas
para ver si afloja; y si así y todo no acepta, siempre podés volver con el
verso de que, aunque no cubra tus necesidades, volvés con él porque lo amás más
que eso.
—Puede ser… aunque no me gusta
eso de volver derrotada…
—Yo no me haría muchas ilusiones,
de todos modos…
—Entonces dame algo más efectivo.
—Pero, boluda: ¿qué te creés que soy,
una bruja que da gualichos del amor?
Se miraron sorprendidas por el comentario y estallaron en una breve carcajada. Fue extraño escucharse así, como
antes. Tiffany —y seguramente Cherry también— se dio cuenta en ese momento
cuánto hacía que las dos no reían juntas. ¿Qué había pasado en todos estos
años? Una oleada de nostalgia las invadió cuando sonó el timbre y comenzaron el
regreso al aula.