HELINA Y SU BENJAMÍN, Anexos 2 y 3 se liberan en...

viernes, 12 de febrero de 2016

Leche de Engorde — Anexo 02

LECHE DE ENGORDE – Anexo 02
Aprendiendo a Flotar
(VERSIÓN 1.1)

por Rebelde Buey


Fue un tiempo antes de que Paloma iniciara su tratamiento para engordar. Era flaca. Más que flaca: se le veían los huesos de la columna y las costillas, cuando iba a la pileta; y lo que no se le veían eran las tetas, porque sencillamente no le salían.
Paloma agradecía en silencio que en las clases de natación del colegio la obligaran a usar malla enteriza. Eso le ocultaba tanto hueserío y miseria, aunque —y ella lo sabía— ese tipo de mallas la hacía verse horrible, sin formas (bueno, no las tenía) asemejándola a un varoncito afeminado.
Quien no parecía verla así de fea, además de su novio Pablito, era el profesor de gimnasia.
El profesor de gimnasia era el que daba las lecciones de natación a los varones, a modo de clases extracurriculares, como hacía con Pablito. Era un treintañero de buen cuerpo y mirada penetrante, quizá buen mozo y fornido.
Había una instructora para las alumnas, claro, pero Paloma no quería desnudarse ni mostrarse casi sin ropas delante de sus compañeras, que ya estaban formadas y lucían incipientes curvas de mujer. Y que eran crueles.
Paloma insistió con el profesor para que él le enseñe, pero éste no podía. Había cuestiones de protocolo, dijo, aunque Paloma no sabía lo que eso significaba. Paloma insistió. E insistió tanto, tantas veces, con tanta perseverancia, que un día el profesor cedió.
Le dijo a ella que le enseñaría después de la última clase, cuando se fueran todos. Y debía estar su novio, porque no quería quedarse a solas con ella y que pudiera haber problemas de algún tipo.
Las cosas sucedieron un viernes, cuando ya no había nadie. Cuando ya nadie quería estar allí. Pablito y el profesor quedaron en el agua y apareció Paloma caminando por el borde de la pileta, en su malla azul, con una cofia puesta y con una toalla blanca en la mano. Andaba con pasos cortos y encorvando su figura, juntando sus hombros.
—¡Hola, mi amor! —saludó ella. Las mejillas huesudas y la nariz apenas ancha, bien latina, parecían sobresalir bajo la cofia.
Pablito se asomó por sobre el agua y apoyó los brazos sobre el borde de la pileta. Sacudió graciosamente la cabeza como se sacuden los perros y mojó los pies secos de su novia, que ya estaban junto a él.
Paloma se agachó y lo besó en la nariz.
—Bueno, basta de tanta cursilería —cortó el profesor—, que no vinieron acá a fornicar.
Lo desubicado de la palabra fornicar y el peso de esa palabra hizo que los dos chicos se sonrojaran de inmediato. El profesor disfrutó su incomodidad.
Las cosas se pusieron raras de inmediato, notó Pablito. O quizá solo fueran sus celos. Paloma no bajó por las escaleras, sino directamente desde la mitad de la pileta, ayudada por el profesor, que la tomó de la cintura (y apoyándole los antebrazos sobre los muslos) cuando aún estaba sentada en el borde y con las piernas hacia adentro. Y la metió al agua. Paloma se le vino encima y por un momento los dos cuerpos se pegaron y se fregaron, ella cayendo desde arriba y frotándose con el cuerpo semi desnudo del hombre.
—¡Ay, perdone, profesor!
—No hay problema, Paloma. Esto va a pasar todo el tiempo.
Como Pablito ya sabía nadar bastante, el profesor se dedicó casi toda la hora y media a Paloma. Primero le enseñó a patalear. Hizo que Pablito la tomara de las manos y ella se extendiera sobre el agua, boca abajo, moviendo las piernas en tijera.
Pablito vio cómo el profesor metió una mano bajo el agua a la altura del abdomen de su novia, y desde allí la ayudó a sostenerse a flote. Para mantenerle la horizontal compensó con la otra mano, que la apoyó sobre los muslos flacos, casi sobre la cola.
—Pataleá parejo —le indicó, sin dejar de manosear los muslos.
Paloma sacaba la cabeza del agua y miraba a su novio a los ojos, sonriente y orgullosa.
—¿Lo hago bien, mi amor?
—Paloma, concentrate —la regañó el profesor, que no cesó su manoseo furtivo—. Después tenés todo el día para tontear con tu noviecito.
Otra vez la vergüenza le enrojeció las mejillas a la chica.
—Pablito, sostenela fuerte que le tengo que marcar el movimiento.
Pablito vio cómo el otro dio un paso hacia atrás, sin quitar la mano que tenía debajo de Paloma, y se posicionó a la altura de la pelvis. ¿Dónde tenía la mano? Desde donde estaba parecía que se hubiera estacionado en la entrepierna de su novia, pero seguro eso no era así. Paloma volvió a mirarlo y en su expresión a Pablito le pareció que le sucedía algo. Ella no dijo nada. Abrió los ojos bien grandes, primero, y luego puso cara de angustiada. Tampoco dijo nada.
—¿Pasa algo, Paloma? —quiso saber Pablito.
Pero justo cuando su novia tomó aire para responder, el profesor pidió con energía:
—Poné las piernas rígidas, Paloma. Como si fueran dos tablas.
Y el aire que Paloma había tomado lo usó para la autoridad.
—Sí, profesor…
La mano que la sostenía por debajo no se corrió de lugar, aunque a Pablito le pareció que se había movido. Paloma cerró los ojos.
—¡Muy bien, Paloma! —festejó el profesor, y otra vez a Pablito le pareció que la mano ahí abajo se removió—. ¿La sentís, Paloma? ¿La sentís rígida?
Paloma abrió los ojos y se mordió el labio inferior, clavando la vista en su novio, las mejillas rojas como una nena.
—Sí, profe. Lo siento… lo re siento…
—Paloma, ¿estás bien?
—Ahora mové las piernas abajo y arriba, sin doblar las rodillas.
Paloma comenzó a patalear y el profesor le acompañó el movimiento con la otra mano, recorriéndola despacio desde los muslos hasta las pantorrillas, manoseándola subrepticiamente.
Sin embargo la mano bajo el agua se mantenía en el mismo lugar. A Pablito le pareció sospechoso pero se dijo que era una locura pensar que un educador de tantos años le estuviera haciendo algo a su novia. Aunque por la expresión que estaba poniendo ella ahora, se podía pensar cualquier cosa. Paloma había vuelto a cerrar los ojos, aunque no había dejado de morderse el labio mientras pataleaba y pataleaba, y Pablito la sostenía con sus dedos entrelazados.
—Mmmm… —le pareció escuchar a Pablito.
En un momento Paloma se distrajo y dio mal una de las patadas. El cuerpo se le desbalanceó y se giró más de 45 grados, perdiendo su eje. Todo sucedió en menos de un segundo: como la mano del profesor seguía abajo, el giro y la apertura en demasía de una de las piernas hicieron que la mano se corriera y, sin querer, un dedo se metiera dentro de la malla. Justo ahí.
—¡Uhhh…! —jadeó la pequeña, al tiempo que abrió nuevamente sus ojos y miró a Pablito.
—¡Cuidado, bebé! —le dijo el profesor, medio entre risas, sin retirar los dedos—. Yo te ayudo.
Y la restableció en su eje, pero no desde la mano en las piernas, sino desde la otra, la que tenía con un dedo adentro de ella.
—¡Ahhhh…! —el gemido de Paloma se escuchó en toda la pileta. Pablito agradeció que ya no hubiera nadie.
—¿Estás bien, mi amor? —volvió a preguntar.
—Disculpame, Paloma, era la única forma…
—E-está bien, profesor… —dudó la chica, que sintió que el dedo no hacía nada por salir de adentro suyo. Paloma no supo si decirle algo o no. El que sabía era él, y ella no quería quedar como una tonta. Por otro lado, se sentía extraño… y agradable.
—Paloma, no quiero que pierdas el equilibrio.
Paloma sintió que el dedo no solo no se retiraba sino que se reacomodaba.
—¡Ahhhh…! ¡Uuuhhh…! N-no no, no, claro… No quiero perder el… Uffff…
Entonces el profesor se movió medio paso más. Llevó directa e impúdicamente la mano que magreaba los muslos a la entrepierna de Paloma, y hundió sus dedos allí. Llevó el dedo medio a la conchita y clavó hondo, y con el pulgar tomó pellizcando el fundillo de las nalgas.
—¡Ahhhhhhhh…!
—¡Paloma!
—Si querés te suelto, Paloma —planteó el profesor—. ¡Es para que no pierdas el eje!
—N-no… no me suelteeehhhhooohhh…
Y el profesor hurgó más y movió sus dedos, lascivo y sonriente como un sátiro. Pablito no terminaba de entender, pero cuando vio la otra mano, la que había estado bajo el agua primero y ahora estaba libre, ir hacia las nalgas de su novia y manosearlas con gula, comenzó a comprender.
—Mi amor, ¿qué te está haciendo?
Paloma sacó la cara del agua. Mientras los dedos le entraban y salían, su expresión de lujuria era categórica. Los gotones le caían de los cabellos, cejas y boca, y le surcaban el rostro enrojecido y extasiado.
—¡M-mmme está metiendo el eje, dejalo!
—¿Que te mete qué?
—Le estoy manteniendo el eje, Pablito.
—Sí, sí, sí… Ohhh… Manténgame el eje, profe… Así… Así... Uhhhh…
Le sumó más dedos. Metiendo y sacando. Le enterraba dos, a veces tres, la buscaba, le encontraba y le frotaba el clítoris mientras la chiquilla pataleaba el agua, siempre obediente.
—Sostenela, Pablito… No te preocupes por nada y sostenémela bien…
—Sí, mi amor… Síhhh… Agarrame las manos, mi amor… Ohhhh…
El profesor siguió frotando y enterrando dedos. Hacía rato que no se aprovechaba de una alumna con una conchita tan rica y jugosa.
Y entonces Paloma comenzó a sentir algo inexplicable. Un ardor que no quemaba.
—¡Aaaaaaahhhhhhhhhh…! ¡Por Dios, Pablitoooohhh…! ¡¡¡No me suelteeeehhhhhhhhhaaaaaaaaAAAAA…!!!
El chapoteo en el agua se hizo dispar, Paloma ahogó el grito en pleno rostro de su novio, y el profesor hijo de puta la siguió mineteando con sadismo y maldad.
—¡Aaaaaaaaaaaaahhhhhh…!
Luego Paloma se fue aflojando de a poco. Y los corazones acelerados se calmaron. Hubo un momento de silencio, y Pablito escuchó cómo el gemido inexplicable todavía se replicaba en el eco de la pileta cubierta.
Entonces se acercó y le susurró al oído a Paloma.
—Esto no me gusta… ¿seguro que el profesor no se está aprovechando de vos?
—No, no creo… Me está enseñando a nadar, mi amor… Dejá que me enseñe, así te puedo acompañar al rio y meterme al agua como vos siempre querés… Lo estoy haciendo por vos, ¿entendés?


FIN.
Relato Completo Acá Leche de Engorde — Anexo 02

viernes, 5 de febrero de 2016

Ni Gorda ni Flaca 2

[NUEVO FINAL] [COMENTARIOS RESPONDIDOS]  |  Aquella noche en que Bruni me hizo cornudo con mis dos amigos derivó en una crisis de pareja. Estuvimos sin hablarnos varios días, solo cortando los silencios para pelear, gritarnos y reprocharnos cosas uno al otro. Mis amigos tampoco me supieron explicar por qué se la habían cogido. Solo culparon al alcohol y al hecho de que mi Bruna estaba recontra garchable.
Sin embargo fueron ellos quienes intercedieron cuando la pareja estaba prácticamente deshecha. Un día llegué a casa más temprano y allí estaban los dos (con dos tipos más, a quienes yo no conocía), hablando con mi novia y tratando de convencerla. Estaban los cinco en el living, ella en camisolín cortito y debajo bombachita y sin corpiño. Es que Bruna andaba deprimida por nuestra inminente separación, no quería ni salir de la cama, y cuando lo hacía, ni se vestía. Ella quería que la perdone, pero también que yo cambie respecto de cómo la veía, que no fuera tan superficial. Se mostraba arrepentida, aunque esa tarde que aparecí temprano, además de arrepentida se mostraba semidesnuda, pues el camisolín era de verdad muy transparente.
Estaba en el sillón más grande, con Agustín a un lado y uno de los desconocidos al otro, Carlos al frente y el segundo desconocido detrás de ella, tras el respaldo. No me gustó que estuviera rodeada de tantos tipos, aunque fuera para convencerla. Me senté en un silloncito en frente.
—Ramiro, ya pasaron casi dos meses y no se hablan. Perdonala de una vez, un error lo tiene cualquiera.
Carlos siempre era el más centrado del grupo. El maduro.
Mi novia me miró angustiada. Le temblaban los labios y se ve que los nervios o algo le erizaron los pezones, que se le vieron perfectos a través del camisolín.
—Mi amor, ya no sé qué más decirte. Fue una vez. Estaba borracha, y si lo pensás fue una desgracia con suerte…
—¿Con suerte?
—Me hice coger por tus amigos, no por desconocidos. Es como que sos menos cornudo, me parece…
Uno de los desconocidos asintió con la cabeza, dándole la razón.
—Sí, Ramiro —dijo Carlos—, es mejor que te la hayamos cogido nosotros.
—Sí, yo no tengo ninguna queja —dijo Agustín, que también le había dado bomba.
—Mi amor, yo no voy a vivir toda mi vida con un hombre que no me habla y junta resentimiento. Ya pasó demasiado tiempo…
Tenía razón, no podíamos seguir así.
—¿Cómo sé que tu arrepentimiento es sincero? ¿Lo pensaste así nomás como hacés todo o en profundidad?
Bruna se puso de pie. Los muslos fabulosos y el ruedo del camisolín apenas cubriendo solo la mitad del culazo quedaron a la altura de las cabezas de mis amigos. Dio dos pasos hacia mí y se me inclinó, apoyó sus manos en mis rodillas y me sonrió como solía hacer cuando estábamos bien.
—Ramiro, tus amigos conocen bien la profundidad que tengo con todo esto. Antes que vos llegues me abrí con ellos y creo que sintieron toda mi profundidad.
Uno de los desconocidos acotó:
—Sí, es bien profunda.
Bruni me miró a los ojos, me dio un besito en la nariz y me sonrió con cara de gatita.
—Además, si te quisiera hacer cornudo me estaría garchando a tus amigos cuando vos estás trabajando, al profe cubano del gym al que voy todos los días, a mi jefe, en las horas extras, y a mis compañeritos de oficina cada vez que vamos a un after office…
Tragué saliva. Todas eran posibilidades ciertas y ella se estaba portando realmente bien. Me pregunté cuánto del culo y de conchita abuchonada en la tanga le podrían estar mirando mis amigos y los otros dos en ese momento.
—Está bien, pero con una condición…
—No vas a querer cogerte a otra —dijo Bruna, indignadísima.
Mis amigos también saltaron.
—¡Ramiro, no seas manipulador!
—No es eso —me puse de pie, junto a mi novia, más que nada para que dejaran de verle la conchita—, pero de ahora en más se acabaron las fiestas, los cumpleaños, las reuniones y cualquier otra cosa que junte hombres y alcohol.
Hizo un gesto de sorpresa y, por alguna razón, giró brevemente para mirar a mis amigos y a los otros dos. Me tomó del cuello de la camisa.
—Pero al gym, a las horas extra y a los after office puedo seguir yendo, ¿no?
—S-sí… —me sorprendí por la pregunta.
Por toda respuesta sonrió como un sol, se elevó de puntitas de pie y me zampó un beso pleno en la boca, de esos que sellan una reconciliación. Durante el beso procuré sin éxito bajarle el ruedo al camisolín. Mis amigos le estarían viendo más de la mitad del culazo entangado y ahora arrepentido.


Eso fue hace diez meses. Casi un año después, ella estaba saltando de alegría por la noticia del nuevo cumpleaños de Carlos. Es que desde que se anunció la fiesta se supo que iba a asistir un amigo muy peculiar, el prestigioso y multi galardonado actor Mario Falcón.
—No vamos a ir —quise cortarla.
—Mi amor, ¡va a ir Mario Falcón! ¡Mario Falcón!, ¿entendés?
Claro que entendía. Mario Falcón era su actor favorito. Su artista favorito. Era un viejo de 70 años, desprolijo y bohemio, borracho la mayor parte del tempo, pero un actor del carajo, un intérprete soberbio de esos que todos los años ganan premios importantes. Era el tipo de actor que está más allá de todo, que escogía sus papeles; un tótem viviente. Bruni lo admiraba, lo veneraba y —siempre lo supe— era capaz de hacer cualquier cosa por él. Desde acampar dos días bajo la lluvia para conseguir una primera fila en un estreno hasta… Me estremecí.
—Quedamos en que nada de cumpleaños.
—Mi amor, ya hace un año de eso. Y en todo este tiempo, ¿cómo me porté?
Me tenía tomado de la cintura y a punto de darme un beso. La verdad es que se había portado más que bien. No había ido a ninguna fiesta ni tomado alcohol, y eso le había traído beneficios en muchos aspectos de su vida. Estaba más delgada que nunca, las dos horas diarias de gym con el profe cubano la estaban estilizando, pero ahora las combinaba con otro profe que le trabajaba la cola y la hacía hacer sentadillas. En el trabajo también venía mejorando, el jefe la hacía quedar una hora y media extra todos los días, por lo que se suponía que si continuaba así, incluso comenzaría a viajar al exterior con él, para la empresa.
—Algún día vamos a tener que ir a alguna fiesta ¿no?
Era claro que no iba a prohibirle ir a cumpleaños toda su vida, pero justo esta fiesta...
—Es que… es el cumpleaños de Carlos. Es el mismo cumple en que en el año pasado te hiciste garchar por mis amigos… Es hasta en el mismo departamento… Me da terror que vuelvas a cogértelos…
Bruna me miró llena de ternura.
—Ya te dije una vez que si me los quisiera coger esperaría cada día a que salgas a la mañana al trabajo, me daría una ducha, cerraría la persiana del contrafrente para que no escuchen los vecinos, y recibiría uno por día a cada uno de tus cinco amigos, de 10 a 12.
Me abrazó como para tranquilizarme pero yo estaba temblando más que nunca.


La fiesta desbordaba de gente. Estaban mis amigos, los dos que me habían garchado a Bruni, y cuatro más que no lo habían hecho pero que estaban al tanto de lo sucedido. Mis amigos se babearon con ella y no me gustó ni medio, era como volver a foja cero.
—¡Qué buena que está tu novia, Ramiro ¡Está más fuerte que el año pasado!
Bajo el piloto negro estratégicamente abierto, Bruna se había ido a la fiesta vestida muy perra, con minifalda negra tipo vincha, camisola breve y ajustadísima que le hacía explotar las tetas y unas botitas bajas de cuero, bien a la moda. El look de ella pareció envalentonar a mis amigos, como si saber que me la habían cogido delante de mis narices los habilitara para respetarme menos.
—¡Qué buen lomo echó Bruna últimamente! —Agustín—. ¡Te la hubiéramos cogido ahora en vez del año pasado…!
No podía decir nada, pues en verdad me la había cogido.
—¿Dónde está Mario? —preguntó mi novia apenas vio al cumpleañero. Se le notaba desesperación, hambre en la voz.
Mi amigo Carlos se cortó un poco.
—No sé… No era seguro que venga…
—¿Cómo que no viene? —la decepción de mi novia fue penosa—. No me digas que no viene…
Entonces se quitó el sobretodo y se lo dio a mi amigo, y quedó luciendo ya a pleno su minifalda de infarto, que contenía el culazo redondo y poderoso, sus tetas infladas y su cabello largo y suelto. Todos giraron para verla.
—¡Me vestí así para él!
Circulamos en la fiesta con la misma asimetría del año anterior. A mí, que era amigo del cumpleañero, no me conocían más que mis amigos. En cambio a Bruna la mayoría de los hombres la reconocieron del año pasado. La saludaban con mucha galantería, por no decir con relajo. La recordaban linda, gordita y muy sexy, y la veían ahora ultra cogible. No hubo quien no le dijera lo hermosa que estaba y lo que había cambiado. Sin embargo lo que no terminaba de entender eran algunos saludos —de amigos de mis amigos— de una familiaridad que parecía que la hubiesen seguido viendo durante el año. Como un primo grandote y fachero de Carlos, un pirata mujeriego con fama de gran amante —de pijudo, bah—, y también dos compañeros de oficina del cumpleañero, que la saludaron como si hubiesen estado con ella esa misma semana.
Quizá porque estaba un poquito más delgada, quizá porque me había hecho cornudo y la había perdonado, a mi novia se la veía más suelta, más liberada e independiente que nunca. Alegre. Festiva. Se sabía linda, blanco de todas las miradas, así que iba y venía moviendo caderas y luciendo sus piernas, su talle y sus tetas. Se movía danzando, ponía música, me sacaba a bailar. Había tomado un poco de gin tonic, y estaba chispeada, nada grave, no parecía que fuera a hacer ningún papelón.
Yo estaba clavado en un sillón. Ya ella había bailado así nomás con varios, que la apoyaban disimuladamente o le ponían las manos en las caderas.
—Dale, vení que quiero bailar —me propuso por enésima vez.
—Bailá con los otros —le dije. No soy de los que les gusta tanta exhibición.
Bruna se volvió sobre mí, como esa vez que estaba en camisolín y mis amigos y los otros dos detrás. Y como esa vez, supe que los que estaban del otro lado le estarían viendo la conchita guardada por la tanga breve. Me habló al oído.
—No te preocupes por todos estos pajeros, mi amor. Al único que me voy a coger es a Mario Falcón.


Ah, claro, olvidé mencionarles que la semana anterior había sucedido esto:
—Por favor, por favor, por favor…
—¡No!
—Por favor, por favor, por favor…
—¡No! No seas desubicada.
—Es la única vez en la vida. Es la única oportunidad que voy a tener.
—No, Bruna, no…
—Vos sabés cómo lo admiro a Mario Falcón… ¡Por favor, por favor, por favor!
—¡Bruna, ubícate, me estás pidiendo que te deje coger con otro!
—Es solo una vez. Nunca te fui infiel, ¡esto sería como un premio por ser tan leal!
—¡Te cogiste a Carlos y Agustín el año pasado!
—Pero eso no cuenta. Ya lo hablamos y me perdonaste. ¡Si me lo vas a refregar en la cara cada vez que me quiera coger a un tipo entonces no me perdonaste!
—¡¿Cómo cada vez que te que te quieras coger a un tipo??!!
—Cada vez que me quiera coger un tipo. A mí. Un tipo a mí. ¿Ves que te ponés re controlador? Me vengo portando re bien, nunca me pescaste en nada… lo único que te pido es un permiso chiquito con un tipo que sabés que admiro.
—¡Me estás pidiendo que me convierta en un cornudo!
—Bueno, mi amor, tampoco es para tanto… Te lo puedo compensar… puedo darte algo que sé que te vuelve loco y nunca te pude dar…
Bruna me sonrió con carita de nena puta, y giró en redondo sin sacarme la vista. Llevaba puesto un culote muy sexy y cavado que le enmarcaba el culazo de una manera que me hizo parar la pija en el acto.
Desde nuestra reconciliación yo había querido hacerle la cola varias veces. Me enojó que me lo negara, porque mis amigos, allí delante mío, se lo habían hecho hasta los huevos. Pero Bruna no quería que se lo haga porque —decía— eso le traía malos recuerdos de aquella noche de alcohol y descontrol, y se angustiaba con nuestro casi rompimiento. Luego de unos meses dejé de insistir, y era una lástima porque las dos horas diarias de ejercicios y sentadillas en el gym le estaban haciendo muy bien la cola.
Ahora ella me lo permitía, así que lo pensé bien: el actor ése era un viejo de unos 70 o más, que ni se le pararía, o a lo sumo con viagra; igual terminaría siendo para mi novia una cogida medio pedorra. En cambio si me dejaba hacerle la cola, ese permiso me iba a durar para siempre.
—Está bien —acepté—. Pero la cola te la hago ahora, nada de después que te coja el viejo —me aseguré.
Cinco minutos más tarde le estaba penetrando el culito a Bruni. Me desconcerté. Hacía un año se la habían hecho por última vez y sin embargo estaba estirada como si se la estuvieran haciendo todos los días. Apenas si se la sentía de tan ancha que la encontré, casi ni tenía fricción, por lo que me costó un montón acabar.


Con el culo de mi novia re inaugurado tenía una chance de anotarme un pleno en el cumpleaños de Carlos. Si el actor no venía esta noche yo obtendría todos los beneficios y ninguno de los costos. Cuando ya Bruna bailaba con cualquiera y todos me la habían manoseado completa pero con disimulo, apareció en la fiesta el maldito Mario Falcón. El egocéntrico, exagerado, soberbio y sobrevalorado Mario Falcón.
Llegó con otro sujeto, un cuarentón llamado Julio, canoso y de sonrisa encantadora y ojos vivos y fabuladores. Los odié a los dos apenas los vi. Eran el tipo de gente que creen estar por encima del resto, y que toman las cosas como si todo les perteneciera. Como llegaron tarde, ya había corrido algo de alcohol. Especialmente dentro de Bruni, que se había quitado los zapatos de taco y se había soltado el cabello y desabrochado un botón más de la camisa, dejando a la vista medio corpiño de encaje. También yo estaba alcoholizado, de otra manera no hubiera permitido que cada uno de los hombres —y especialmente mis amigos— la manosearan tanto con la excusa del baile, del perreo y de que “es solo un bailecito, Ramiro”.
Cuando vio a Mario Falcón, a Bruni casi le agarra un ataque de histeria. Pegó un chillido agudo, saltó sobe sus talones como una pre adolescente frente a Justin Beaver y se largó de una corrida hacia el objeto de su devoción. El actorzuelo intelectualoide le entregaba a mi amigo Carlos el sobretodo —que llevaba como si fuera una capa— y tuvo que dar un paso atrás cuando mi novia llegó a él. Yo la alcancé un par de segundos después, no quería que ese fantoche se aprovechara de mi Bruni. En el fondo, secretamente, tuve la esperanza de que el actor no tuviera interés en ella (esa clase de personas tiene siempre a su disposición a las mejores mujeres) y quería estar allí para recoger los pedazos de Bruni, cuando su autoestima chocara con la realidad.
Mario Falcón la miró de arriba abajo, serio, evaluándola. Se dio cuenta que estaba bastante “alegre”. Luego me miró a mí y volvió sobre ella, que ya estaba hablando.
—Señor Mario Falcón, es un honor conocerlo. He visto todas sus películas, fui a todas sus obras de teatro, lo he aplaudido de pie tantas veces que ya ni recuerdo. Lo admiro, señor Falcón. Lo admiro tanto…
—Está bien, está bien… —Mario Falcón pareció molesto.
—Soy su admiradora número uno. Soy su más fiel admiradora —dijo, y entonces se rio y me miró, y sacó pecho como una palomo en celo— Bueno, no tan fiel, ¡¡jajaja!!
Mario Falcón volvió a mirarla de arriba abajo.
—No lleva zapatos, señorita. Es una impertinencia inconcebible…
Y con gesto indiferente se dirigió a la mesa de bebidas. Mi amigo Carlos se quedó de una pieza. Julio, el amigo canoso de Mario Falcón, también. Y mi Bruni se puso pálida y me tomó del brazo como para sostenerse bien.
—Me disculpo en nombre de él —dijo el canoso—. Mario es mi amigo y también un completo imbécil… y un ciego incapaz de apreciar la belleza de una mujer hermosa y exuberante como usted.
Me había salido perfecto. Había conseguido hacerle la cola a mi novia, como mis amigos, y el hijo de puta de Mario Falcón no le iba a tocar un pelo. Sí, mi Bruni estaba hecha añicos, con su amor propio pisoteado y humillada, pero bueno, me tenía a mí. ¿Qué más puede querer una ex gordita?


Pensé que Bruni se iba a desmoronar y yo iba a recoger los pedazos, incluso aprovecharme de la situación y hacer más cosas esa noche en la cama, cosas que habitualmente no quiere hacer conmigo. En cambio la vi inflar el pecho —con lo que los que estábamos alrededor abrimos los ojos, pues el escote se agrandó y las tetotas parecían explotar— y sonreírle a Julio. Lo tomó de una mano ahí delante mío, y se lo llevó a bailar. Julio iba contento detrás de ella, mirándole el culo.
—Mi amor, ¿qué hacés? —reclamé, porque ese tipo tampoco me gustaba nada.
—¡No jodas, Ramiro, vos no quisiste bailar conmigo en toda la noche!
Lo dijo con cierto desprecio. Y definitivamente con mucha revancha.
Supongo que fue eso lo que animó al canoso a tomarla de las ancas —no de la cintura, como debía— y bailar con ella de una manera a borde del escándalo. La pequeña multitud de hombres reunidos alrededor de ellos dos comenzó a aplaudir y festejar cada vez que alguno hacía un movimiento osado. No sé qué música había, pero el canoso aprovechaba cada movimiento para manosearle descaradamente el culazo y las tetas. Y todos vitoreaban. Con cada media vuelta, el culazo apenas contenido por esa minifalda tipo vincha se iba subiendo y se mostraba más y más, milímetro a milímetro. En un momento la conchita envainada en la tanguita blanca se dejó ver abiertamente y la multitud bramó. Observé a Bruna, se veía feliz, parecía no darse cuenta de nada, como tampoco cuando toda su mano pasó sin querer pero de manera indiscutible sobre el bulto crecido del canoso. Todos rieron y aplaudieron. Yo me hundí en la oscuridad de mi sillón.
Se me sentó Mario Falcón al lado, con un vaso ancho colmado de whisky, sin hielo. Miró a Bruna un segundo y me miró a mí. Y yo le sostuve la mirada.
—¿Por qué la despreció de esa manera? —le increpé—. Mire lo que está haciendo ahora.
Su tono fue de indiferencia.
—Si su novia es así de puta yo no tengo la culpa…
—¡Mi novia no es una puta! —Y justo en ese momento todo el mundo festejó. Miré y Julio, casi inmóvil, recibía la fregada del culo de Bruna en medio de un perreo tremendo—. Solo quiso expresarle su admiración.
—Conozco ese tipo de admiración. Me garcho una o dos putitas como su novia por día, pero más hermosas y con mejores cuerpos…
—¡Usted es despreciable!
—Querrá decir honesto.
—¡Mi novia es hermosa! ¡Y por supuesto tiene buen cuerpo! Quizá es un poco gordita, pero no conozco un hombre que no se la quiera coger. ¡Es más, varios ya lo han hecho!
—Escuche, si tanto lo ofende que no me guste, se la garcho y listo. De última, un polvo es un polvo.
—Su oportunidad ya pasó, señor. La había autorizado a Bruni a tener intimidad con usted pero ya no nos interesa.
—Como quiera, igual no me entusiasma nada hacerlo después de Julio.
—¿Qué quiere decir?
—Julio tiene una poronga de 22 x 7 y es un lechero como no conozco otro. Meterla después de él es embromado…
—¿Pero qué está diciendo…? Mi Bruni no va a hacer nada con ese tipo. Solo tiene autorización con usted.
—Oh, sí que lo va a hacer. Conozco a Julio. Se va a coger a su novia esta misma noche, y se la va a llenar de leche. Eso es seguro.
Hice un gesto como para responderle pero callé. Mario Falcón se tomó medio vaso de un trago, me dio vuelta la cara y se puso a charlar con una morocha impactante. Era una mujer de cabello negro ondulado, ojos claros y piel tostada de muchos veranos. No solo era hermosa, tenía un cuerpazo de modelo y se había sentado en el apoyabrazos del sillón, y como vestía una minifalda ultra corta, le vi fácilmente la entrepierna. Ella me descubrió y me sonrió por mí. Igual, el hijo de puta de Mario Falcón le apoyó una mano en el muslo, que ella no retiró, y que enseguida él fue llevando despacio hacia adentro. Tragué saliva. Ella estaba mirándome otra vez.
—Voy a servirme un poco más de whisky —dijo de pronto Mario, y se levantó del sillón—. ¿Te traigo algo? —le preguntó a la morocha, que negó.
Se fue y quedamos solos. La morocha y yo. Ella se bajó del apoyabrazos, y cayó sobre el sillón, a mi lado. La minifalda se le subió peor y la tanga le quedó revelada sin más. Estaba tomada, como yo.
—Me estás mirando bajo la minifalda.
Me subieron los colores a la cara.
—No, no… Yo solo… Es que vos estabas sentada ahí arriba y…
—Me gusta que me miren. Me calienta.
Se mordió los labios al decírmelo.
—¿Eh…? Ah, sí, sí te estaba mirando… —cambié a triunfal, impúdicamente.
Ella se me acercó. Se me pegó, casi, y con un dedo índice me recorrió la apertura de la camisa.
—Me gusta el sexo anal. ¿A vos?
Temí que comenzara a salirme humo de las orejas.
—S-sss-sí… Sí… Sí, sí, sí…
—Además —agregó— busco a alguien con una pija especial… y que sea hombre como para asumirlo —me tomó de la mano—, ¿entendés?
Estaba de racha. Ya le había hecho la cola a Bruni, y ahora esta perra humeante se me entregaba para lo mismo.
—Y-y-y-yo…
—Sí, me hablaron mucho de vos… —me dijo, y juro que casi acabo en ese momento—. Creo que sos justo lo que necesito.
—¡Sí, sí! Yo soy lo que necesitás, yo soy el macho que estás buscando…
En ese momento la hermosa morocha se rio bastante sonoramente, aunque sin maldad.
—No, mi amor, no… —me dijo casi maternalmente— Como hace años que no me lo hacen, necesito… una pijita bien chiquita que me acostumbre para cuando lo haga un hombre de verdad…
Me desconcertó por completo.
—Pero yo… yo soy… Hoy mismo le hice el culo a mi novia.
—Sí, me contó... Me viene bien que la tengas tan chiquita, sos justo lo que necesito...
Me sentí abochornado por completo.
—Yo no la tengo tan chiquita. ¿Mi novia te dijo todo eso?
—Se lo estuvo contando a todas las chicas, como para contar algo divertido… —Me hundí en el sillón, quería que me tragara la tierra—. A mí no me hizo gracia. Bueno, sí me hizo gracia, pero también me dio una buena idea.
Mi humillación cambió a furia. Iba a matar a mi novia. Me levanté y miré hacia donde debía estar ella refregándose con Julio. No estaba. La busqué con la vista por todo el living. Tampoco. Hija de puta, ¿se habría ido con él? Tampoco. El canoso vino ahora con la morocha que yo me estaba chamuyando.
—¡Bruna! —Otra vez la busqué con la mirada: mis amigos, que en una u otra oportunidad se la habían garchado, estaban charlando y tomando. Nadie me la estaba cogiendo—. ¿No sabe dónde está Bruna?
Julio tomó un trago del vaso de la morocha, que le sonrió por el atrevimiento.
—Creo que bajó a comprar más bebidas —dijo, y no me dio más importancia, toda su atención se concentró en la morocha, a quien se le seguía viendo la tanga.
Me quedé tranquilo porque a mi Bruni no se la estaba garchando nadie, así que me puse a tontear y sociabilizar, especialmente con la morocha, que ya no estaba tan interesada en mí, más bien parecía fastidiosa conmigo, y terminó dándome su teléfono, aunque estoy seguro que es falso: 0-800 y algo.
A la media hora Bruni no aparecía y me intranquilicé. Volví a preguntar si la vieron y me dijeron que había ido a llevar a una de las chicas a su casa.
—¡Pero hace un rato me dijiste que se había ido a comprar bebidas!
—No sé —me dijo Carlos, palmas arriba en muestra de inocencia—. Yo solo sé que hoy no te la garché.


Fui a la habitación donde estaban los abrigos para agarrar mi celular y llamarla. Ya antes de llegar se escuchaban los típicos sonidos de una cogida. Una mujer jadeando. Una hembra, mejor dicho.
—Ahhhh… Ahhh… Así… Así… Oh, por Dios, sí…
Como la habitación daba sobre el extremo del pasillo, y el pasillo era corto, el sonido atravesaba la puerta y se instalaba en ese espacio que era como una cueva.
—¡Qué pedazo de culo! ¡Qué pedazo de puta! —decía una voz cascada por el whisky.
Fui a entrar. Por más que estuvieran cogiendo necesitaba el celu para hablar con mi novia. Moví el picaporte y empujé tan solo un milímetro o incluso menos, y me congelé sin llegar a abrir, manteniendo la puerta cerrada. Por educación, por crianza, no podía irrumpir en la intimidad de las personas. Sin embargo el ruido del picaporte les cortó la cogida a los que estaban adentro. Aproveché y golpeé cortito.
—Tengo que entrar un segundo, necesito mi celular…
Hubo un ruido de colchón. Un murmullo. Y juro que escuché, aunque fuera imposible:
—¡Es el cornudo! ¿Qué hacemos?
Fuera quien fuera la chica que estaba ahí dentro, tenía al novio en la fiesta.
—¿Hola? —dije, y volví a golpear.
—No puede entrar —me informó la inconfundible voz de Mario Falcón. Era cierto que no tenía problemas para voltearse putitas—. Estamos con un asunto… privado…
Me ponía incómodo interrumpir pero necesitaba comunicarme con mi novia. Recomenzó el woki-woki del colchón y los jadeos de mujer.
—¡¡Ahhhhh…!! ¡¡Ahhhhhhhhhh…!!
—¡Pedazo de puta, no puedo creer que te tragues media pija por el culo en la primera clavada!
—Eso no es… nada… ¡Ahhh…! Con tiempo y un amigo… ¡Ahhh…! me entran dos juntas… ¡Ahhhh…!
—¡¡Pedazo de putaaahhh…!! —bufó Mario Falcón, y enseguida escuché claramente un bombeo, un choque de carnes constantes que no se detenía.
Volví a golpear tímidamente.
—Señor Falcón, necesito el teléfono.
Esta vez no dejó de cogerse a su putita para responder.
—¡Dejá de joder, cuerno! ¡Le estoy haciendo un “hoyo en uno” hasta los huevos a este putón! ¡Volvé después!
No me gustó lo de cuerno. Otro más que había hablado con mis amigos. El putón increíble seguía gozando como una posesa.
—¡Ahhh…! ¡Ahhhh…! ¡¡Por Dios, Mario, qué pedazo de pijaaahhh…!!
La voz de la chica no se me distinguía del todo. Hablaba como si tuviera la cabeza hundida en una almohada, lo cual lamenté porque me dio curiosidad de saber quién era. ¿Sería la morocha?
—¡Te voy a estirar todo el cuerito, putón! Para que el cornudo no te sienta…
—¡Ya no me siente, Mario…! Ya no me sien… ¡Ahhhhhhhh…!
—Señor Falcón, necesito mi celular para poder hablar con mi novia… ¡Estoy  preocupado!
Otra vez cesó el ruido del colchón. Hubo una deliberación de cuchicheos, una risita femenina y la voz carraspeada de Mario Falcón.
—Está bien, cuerno, pasá. Pero sé discreto, que hay una señorita comprometida...
Suspiré aliviado y entré. Y madre mía, el olor a sexo era notable, fuerte. La habitación pequeña, de departamento, estaba iluminada muy tenuemente por un velador al que Mario Falcón le había puesto algo arriba para bajar aún más la luz y colorearla. Sobre la cama estaba el viejo de rodillas, en pelotas y con su vaso de wiski, panzón y flácido por donde se lo viese. Había un centenar de abrigos y carteras, y en el medio de esa montaña, enterrada en ese caos, una mujer evidentemente joven y por lo visto de cuerpo exuberante, arrodillada y con el culo en punta, hundiendo su cabeza y torso bajo los abrigos. Solo se le veía el culazo regalado, mal cubierto por una minifaldita tipo vincha, y los dos muslos que caían verticales y hasta las rodillas, como dos columnas poderosas. La tanguita blanca se estiraba a mitad de muslo y parecía que se iba a cortar de tan tirante. Mario Falcón estaba obviamente pegado a la mujer, detrás, con una pija gruesa y durísima apoyada en la canaleta que separa las dos nalgas, cubriéndola, sobrándola. Era un pijón grande, ancho, que metía miedo y daba envidia (al menos a mí me la dio).
—¡Bueno, agarrá el teléfono y andate de una vez!
Mario Falcón giró hacia la chica y la tomó de las nalgas, cada nalga con una mano. Y así como tenía el vergón en la raya, empujó y entró cabeza y carne.
—¡Ohhhhh…! —gimió la putita que seguía cubierta de abrigos.
Yo permanecí quieto. Ver cómo ese viejo hijo de puta taladraba ese culo llenito y redondo, carnoso, perfecto, y cómo iba hundiendo poco a poco y sin contemplaciones esa barra en el pequeño orificio me la hizo empalmar.
La verga no paraba de entrar. Cuando Mario Falcón enterró todo, cuando su vello púbico se aplastó con el culazo mal adecentado por una minifalda subida y plegada, el viejo, por alguna razón, giró hacia mí y sonrió.
—¿Te gusta, cuerno?
Me sorprendió la pregunta. Quizá la charla en el sillón lo había hecho más mi amigo. La putita infiel gruñó de placer al sentirse rellenada de pija, y paró el culazo un poco más, buscando que la entren más profundo.
—Rompeme el culo, Mario… —dijo la mujer. La voz me hizo acordar vagamente a la de mi Bruni, pero como estaba tan tapada de ropa sonaba grave y distorsionada.
Mario Falcón agarró más fuerte las nalgas, retiró un buen tramo de verga, que salió lento, con la misma morosidad de un corcho que sale de una botella, y volvió a clavar, ahora con violencia.
—¡Ahhhhhh…!!! ¡Hijo de puta, no podés tener esa pijaaahhh…!!
—¡Qué lindo que te hago el orto, putón! ¡Cómo te lo lleno de verga para el cornudo!
Y ahí Mario Falcón se acordó de mí.
—¿Qué hacés ahí parado? ¡Buscá tu telefonito y dejame coger tranquilo a esta puta!
Le dijo puta como si fuera una cosa, y ella, en vez de ofenderse, echó una risita de aprobación. Mario Falcón comenzó a pistonearla de verga adentro del culo en punta, lo enterraba y lo sacaba a buen ritmo, y era una pija grande, sobre todo gruesa. Yo permanecía al lado, casi pegado al culazo vejado sin revolver la ropa. Cada vez que la verga del actor salía por completo podía apreciarse la dilatación del cuerito de ese voluptuoso culo. Recuerdo que en ese momento pensé: “pobre el cornudo, cuando le quiera hacer la cola no la va a sentir”. E inmediatamente recordé que ese mismo día yo no había sentido demasiado a mi Bruni —bueno, en realidad, no había sentido nada, la pija me bailaba más que lo que habitualmente me bailaba en su conchita—, así que tal vez aquello no fuera tan raro ni tan grave.
—Cuerno, parece que te gusta más el espectáculo que buscar el teléfono.
Me sonrojé, porque algo de razón tenía, así que me escapé por la tangente.
—No me diga cuerno, me llamo Ramiro.
—Está bien, cuerno, no te enojes. Si querés mirar, quedate.
No lo quería admitir, pero ver a ese viejo soberbio y agrandado perforar sin misericordia un culazo tan bueno como aquel me calentaba sobremanera, y además el hecho de saber que le estaban garchando la novia a un pobre infeliz me sumaba morbo. Me quedé haciendo como que buscaba pero sin buscar realmente nada. Tenía el culo de esa mujer infiel a menos de medio metro.
El bombeo retomó. Los jadeos de la chica eran de antología, se notaba que disfrutaba. Sinceramente jamás había escuchado a una mujer disfrutar tanto. Salvo a mi propia novia, un año antes, en ese mismo cumpleaños, cuando se la cogieron mis amigos. Pero eso no contaba, ella estaba demasiado tomada y alegre, con el tiempo me había asegurado que no recordaba gran cosa, que con el alcohol no sintió nada.
Mientras veía la pija de Mario Falcón enterrarse y salir del culo redondito y lleno, me pregunté quién sería esa mujer. No era la morocha. Por la piel, no lo era. La minifalda no me decía gran cosa, todas habían venido de minifalda. La novia de Carlos quedaba afuera, su minifalda era estampada con flores y hojas color durazno, con fondo champagne-marfil (parecía un puto describiendo la prenda. ¿Sería puto?). De las otras chicas, podía ser cualquiera. Todas estaban buenas. Todas eran flor de putas y todas tenían novio. Hasta mi propia Bruni estaba buena y había venido con una minifalda igual a esa y unas botas también idénticas. Pero no podía ser ella. Primero, porque mis amigos y el canoso me habían dicho que había salido del departamento, pero sobre todo, porque por esta vez mi novia tenía mi autorización de cogerse a Mario Falcón, así que no tenía sentido que se estuviera ocultando. Aunque la tanguita estirada de muslo a muslo era similar a la que se había puesto en casa frente a mis ojos.
—Tenemos compañía, mi amor —le dijo Mario Falcón a la putita—. El cuerno quiere ver cómo te rompo el culo mientras tu novio sigue sin darse cuenta de nada.
La chica bufó de placer. Quizá de morbo. ¡Pobre cornudo, no me gustaría estar en sus zapatos!
—Vení, cuerno, ya que estás acá y al pedo ayudame a hacerla acabar.
Se me aceleró el corazón. No había tenido suerte con la morocha, pero quizá con este putón…
—¡Mande, jefe! —dije entusiasmado.
—Vení, abrile las nalgas que se la voy a mandar en serio hasta los huevos.
Me decepcioné un poco, ya me había hecho a otra idea. Igual obedecí. Tocar esas nalgas gorditas e infladas me hizo parar la pija. Era una piel suave, cálida, igual a la de mi novia, pero distinta porque iba granulada con piel de gallina, como si estuviera en un pre orgasmo todo el tiempo. Abrí las nalgas de esa novia emputecida y Mario Falcón retiró la verga por completo. El cuerito que alguna vez habría sido breve y apretado ahora era un agujero negro y profundo, con bordes reventados, como grumosos, detonados. Estiré más las nalgas hacia afuera y el cuerito latió. Y latió y latió. Mario Falcón apoyó el glande en el agujero. Un glande gordo bastante más ancho que el agujerito que iba a penetrar. Sentí en mis manos el vacilar de ese culazo a punto de profanarse y la piel se puso aún más de gallina.
—¡Ahí te va, putita…!
Y Mario Falcón empujó y la pija comenzó a avanzar sin ninguna resistencia. Y vi cómo esa barra de carne entró y siguió, y llegó a la mitad y avanzó más, y la carne de la pija se estiraba, se tensaba, y seguía entrando, y todo con mi ayuda. Y cuando pasó tres cuartos de pija y ese agujerito siguió tragando más y más pija, casi dejo de abrirle las nalgas para correrme la transpiración de la cara, porque yo estaba sudando como si fuera el cornudo del putón, vaya a saber por qué. Y recogí y abrí un poco más abajo hasta que por fin el vergón de Mario Falcón, el vergón entero, todo, de lado a lado, de la punta hasta los huevos, entró por completo.
—¡¡¡Ahhhhhhhhh…!! —gritaron ambos, y tragué saliva por enésima vez en la noche.
La chica dijo:
—Cuerno, qué bien me abrís para que Mario Falcón me llene el culo de verga…
Y fue terminar de decir eso y el viejo a bombear y el putón se soltó y comenzó a aacabar.
—¡Ahhhhh…!
—¡Tomá, putón! ¡Tomá, tomá, tomá! —le gritaba Mario Falcón bombeando con violencia
—¡Ahhhhh… por Diosss…! ¡Llename de leche, Mario!! ¡Llename de leche para el cornudo!!
—¡Para el cornudo, hija de puta! ¡Ahí te la suelto para el cornudo!
Yo seguía abriendo las nalgas de la chica, aunque no hiciera falta, lo que pasa es que de esa manera la manoseaba con impunidad. Se me hacía difícil, porque Mario Falcón la sacudía con tanta violencia cada vez que le enterraba pija que el culazo se iba para adelante y atrás como medio metro. La putita estaba acabando, y no solo por el gemido animal me di cuenta. Estaba tensa como una cuerda y la piel parecía enferma de un sarpullido. Y el otro hijo de puta que no aflojaba con el bombeo. Como se movía cada vez más fuerte, se había ido subiendo sobre ella, y ella ocultándose cada vez más entre la ropa. Entonces anunció.
—¡Te acabo, pedazo de puta! —La chica volvió a gemir, quizá esto le provocara otro orgasmo— Cuerno, dejá de abrirla y mineteala así acaba de nuevo mientras le termino de hacer el culo.
Sin dudas era mi día de suerte. Bajé mi mano y encontré a la chica empapada. Encontré el clítoris sin dificultad, era gordito, voluminoso, como el de mi novia. El contacto con ese botón durito y elástico me calentó como una pava, además que toda la tibieza de la conchita y los jadeos de ella me levantaron temperatura. Empecé a pajearla y ella también se revolucionó.
—¡Oh, por Dios, no puede ser tan cornudo!
—¡Te la echo, bebé…!
—¡Sí, Mario, échemlá mientras el cuerno me pajea!
Otra vez la tensión en la putita. Dios, cómo me gustaba tocarla y sentirla acabar. Si mi novia fuera así de fácil… De pronto Mario Falcón detuvo el bombeo furioso. Respiró. Me miró. Y me di cuenta por sus ojos y por la distensión de su cuerpo que ya estaba con el orgasmo encima.
—¡Te la lleno, cuerno! —me ofreció, porque entre los dos estábamos cogiendo. Clavó los dedos en el culazo, los clavó fuerte, los hundió en la carnecita delicada y mandó pija, pelvis y huevos bien bien adentro del culazo que tenía casi pegado sobre mi rostro—. ¡¡¡Te la lleno, cuerno, te la llenooohhh…!!!
Y la putita también comenzó a acabar. De nuevo. Aunque esta vez por mí.
Como la estaba pajeando, me junté con ella un poco más y terminé con mi rostro directamente apoyado sobre una de sus nalgas. Sí, tenía la gruesa verga de Mario Falcón taladrando casi pegado a mi nariz. Mis ojos no se podían apartar de esa pija entrando y saliendo del culito, el olor a verga de macho, quiero decir, de actor sobrevaluado, me impregnó los pulmones del mismo modo que impregnó de leche a esa novia de algún pobre infeliz. Quizá era porque estaba medio borracho, pero vi el pijón hincharse, endurecerse, engordar. Y luego aflojar y soltar la leche adentro de ese hermoso culo redondo. Vi la leche pasar como por una vena y viajar hacia adentro del recto de esa putita fácil que lo recibió triunfal.
—¡¡Seeeeeehhh, cuerno, seeeeeehhhh…!!
—¡Te estoy llenando, pedazo de puta! ¡Te estoy llenando el culo de leche!
Y sí que se lo llenaba. La pija no dejaba de entrar y salir violentamente, ahí, sobre mis ojos desorbitados. Y cada vez que entraba, que horadaba el cuerito, era un litro que le mandaba hasta el estómago. Seguí mineteando, la putita seguía acabando y Mario Falcón de a poco fue terminando de llenar de leche ese culazo de fábula.
En un momento los jadeos se aplacaron, las respiraciones se hicieron menos intensas y de a poco los sonidos de la fiesta volvieron a escucharse. Estábamos satisfechos. Sí, ayudar a esa hermosa chica a tener un orgasmo mientras le llenaban el culo de verga me dio una satisfacción difícil de explicar, como si no me fuera necesario acabar.
Pensé que con toda esta intimidad se me revelaría la identidad del putón que estaba guampeando al pobre infeliz de su novio, pero no. Ella quiso reservarse. Busqué mi teléfono y me echaron, no sin antes pedirme:
—Cuerno, llamá a mi amigo Julio, el canoso, que la putita ésta me quiere regalar una doble penetración anal.
Tragué saliva. Ooootra vez.
—¿P-puedo ver…? Digo: ¿ayudar…?
—No, cuerno, ya estuviste más de lo que te corresponde.
Entonces los abrigos se removieron un poco y la putita oculta debajo propuso:
—Decile al cornudo que si se toma una botella entera de vodka puede mirar cómo me meten dos vergas en la colita...



Abrí los ojos, la cabeza me explotaba. Me había despertado en el sillón del living, el mismo donde un año antes me dormí mientras empezaban a cogerse a mi novia. Esta vez, por suerte, había sido distinto. Esta vez se habían cogido a otra y yo había participado provocándole varios orgasmos. La cabeza me daba vuelta, igual que los recuerdos. ¿Cuántos se habían cogido a ese terrible putón? La botella entera de vodka que había aceptado tomar para participar me había nublado no solo la vista sino también la conciencia. La putita era tan parecida a Bruni y yo estaba tan alcoholizado que en un momento se salió de entre las ropas y se la garcharon a cara descubierta. Era tan parecida a mi Bruni que en un momento la nombré “Bruni”. Era el alcohol el que me jugaba una mala pasada, aunque los demás también le decían Bruni. ¿Pero cuántos se la habían garchado? ¿Solo Falcón y el canoso? Recordé que esos dos habían logrado —juntos y al mismo tiempo— entrarle verga por el culo a la puta desconocida [más adelante en un Anexo]. Maldición, no debo tomar así nunca más…
El living no estaba vacío. Carlos, Mario Falcón, Julio y Bruni charlaban animadamente. Pero había alguien más. Una mujer. Una mujer muy bien vestida y hermosa, moro… carajo, ¡estaba la morocha! Se la veía muy regalada, muy putita entre los dos viejos. Mi novia vino hacia mí apenas me vio despierto.
—Amor —me dijo confidente—. Me voy con Julio a su departamento.
Una alarma se me encendió.
—¿Qué? ¿Estás loca? ¿Y yo?
—Vos te quedás acá, estás muy borracho.
—No te podés coger a Julio, ¡yo solo te autoricé con Mario Falcón!
—Pero me despreció. ¡Y eso me baja la autoestima!
—¡El trato era con Mario Falcón! ¡Vos sos fanática de Mario Falcón, no de Julio!
—¿Y qué diferencia hay? Un viejo pichi floja u otro es lo mismo. ¡Vas a ser igual de cornudo que lo que habías aceptado!
—¡No! ¡Julio es un turro hijo de puta y tiene una verga así de grande! Lo vi hacerle una doble penetración anal con Mario Falcón a una chica…
—¿Qué decís? ¡Dejá de inventar cosas para no cumplir tu parte del trato!
—En serio, amor…
—¡Estás borracho, Ramiro! ¿Me vas a decir que vos también te la cogiste?
Dudé. Minetearla era casi como coger, y admitir eso me iba a traer más problemas. Estaba borracho como para no distinguir a la chica o la cantidad de machos que se la habían cogido en la habitación, pero no tanto como para no saber que había estado allí haciendo acabar a ese putón.
—Yo… no sé… —mentí—. Puede ser… es que tomé demasiado…
—Bueno, amor, me voy a lo de Julio. Mario Falcón nos lleva en su auto, solo nos lleva, no quiere cogerme…
—¡No, no! ¡Con Julio no! —grité exaltado, y me levanté del sillón, pero estaba tan intoxicado que el mundo me dio vueltas y tuve que tirarme acostado en el sillón para no vomitar. La cara se me llenó de sudor frío.
—Vos te quedás acá, cornudito… —Mi novia desparramó las gotitas de mi frente con dos de sus dedos—. Te quedás acá, yo voy a cumplir con la otra parte del trato…
—El trato era con Mario Falcón…
—Bien que te cobraste tu parte, degeneradito… Además, Julio va en su representación. Deberías agraderle… Agradecele a Julio… Dale, agradecele…
Todo me daba vueltas, y recordaba el vergón enorme de Julio entrando hasta la mitad en el cuerito de la desconocida mientras Mario Falcón hacía fuerza y enterraba su pedazo también, en el mismo agujero. Temblé.
—G-gracias, Julio…
Bruni agarró se puso el pilotín, agarró la cartera. Vi que todos se movían como para irse, la morocha también. Y muy alegre, dejándose manosear por Julio y charlando de manera cómplice con mi novia.
—Ah, y Miranda también viene al departamento de Julio. ¿No te molesta, no amor?
¡No! ¡La morocha no! Le iba a responder que no fuera. Le iba a gritar que se lo prohibía. Pero apenas si alcancé a atrapar el balde y vomité en él.
Ni logré recuperarme —la bilis en la boca— que vi cómo los dos zánganos tomaron a la morocha de las ancas y a mi Bruni del culo y se encaminaron hacia la puerta para llevárselas a algún departamento de Buenos Aires, quizá por el resto de la noche, quizá por todo el fin de semana, mientras yo me quedaba en lo de mi buen amigo Carlos, abrazado a un balde de plástico para devolver todo el maldito vodka que esa desconocida me hizo tomar.


FIN. 

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Relato Completo Acá Ni Gorda ni Flaca 2