PRÓXIMO RELATO EN...

viernes, 18 de noviembre de 2016

Dayana - Anexo 01

EN EL NOMBRE DEL PADRE
Dayana: Anexo 01
(VERSIÓN 1.0)

Por Rebelde Buey


Golpeó tímidamente. Venía envalentonado pero los gemidos al otro lado de la puerta lo acobardaron un poco. Siempre lo amedrentaba escuchar a su novia gemir cuando cabalgaba sobre la verga de su padre. Y peor si hablaban.
—¡Ah, por Dios, qué bien me coge, suegrito!
Toc! Toc!
—M-mi amor… ¿estás presentable?
Siempre se cogía a Dayana en esa habitación. O casi siempre, porque a veces, después de cenar, al padre le agarraban ganas y la tiraba y desnudaba sobre el sillón del living, como aquella primera vez, mientras él se quedaba levantando la mesa y lavando los platos.
—¿Qué querés, cornudo? ¡Dejá coger!
No solo los gemidos se escuchaban. La cama era un escándalo, y el golpeteo de las carnes en el bombeo eran como pijazos al corazón.
—Mi amor, es que… conseguí plata…

viernes, 21 de octubre de 2016

El Pueblo Mínimo:
La Turca: Anexo 01

EL PUEBLO MÍNIMO:
LA TURCA: Anexo 01: El Tune
(VERSIÓN 1.0.1)

Por Rebelde Buey


Esto que se relata sucedió luego de la segunda noche de la Turca en las Cuadrillas —en la que los compañeros de trabajo del Poroto abusaron masivamente de su mujer mientras éste dormía— y antes de la tercera y última noche de la pareja en Las Cuadrillas —donde una veintena de hombres le cogieron la boca a la mujer mientras él la abrazaba dormido por detrás.

Durante la mañana y la tarde el Poroto prácticamente no vio a la Turca, estuvo trabajando en el astillero y gestionando permisos para conseguir un lugar donde dormir con su mujer.
Para ella, en cambio, fue un día de revelaciones. Reconoció Ensanche por segunda vez con ojos nuevos. No porque el pueblo ameritara otra lectura, sino porque ella era una nueva mujer. No podía negar que lo había convertido en cornudo a su marido, se sentía más o menos justificada la primera noche cuando lo hizo con el Morcilla, pero dejarse coger luego por quince tipos no tenía perdón. Ni lógica: ella no era así. Lo bueno era que Poroto solo la descubrió con el Morcilla y la perdonó, no tenía ni idea de la segunda noche, así que “técnicamente” solo le había sido infiel una vez. ¿Pero qué pasaría si los compañeros de su marido se le insinuaban otra vez? Ella no estaba segura de poder negarse. Lo lamentó por su Porotito, la verdad es que no se merecía ser un cornudo, no era un cretino como la mayoría de los hombres. Y sin embargo…
En ese juego pasaba algo inexplicable que le hacía subir la adrenalina, que la envalentonaba y le daba miedo a la vez ¿Qué era? Un año viviendo sola en otro pueblo, con su marido apareciendo una semana cada seis meses, y nunca le había sido infiel al Poroto. De hecho, nunca desde que se casaron. Y no le faltaron oportunidades: el dueño de la casa que alquilaba le proponía pagar con una revolcada prácticamente todos los meses, y el almacenero, el chico de la verdulería, el del cyber, los vecinos… En ese año, de una manera u otra, la mayoría de los hombres de los alrededores de donde vivía se la quiso coger. ¿En Ensanche sería distinto?
Se encontró preguntándose no tanto eso —se sabía dueña de un cuerpo voluptuoso, caliente, así que descontaba que sería igual— sino más bien qué haría ella cuando las propuestas se repitieran. No podía engañarse, las cosas habían cambiado. El Poroto ahora era un cornudo y ella no pensaba deshacerlo.
Fue a recorrer Ensanche y ahora lo encontró más familiar, iluminado por el sol que se colaba entre nubarrones, con las casas raleadas entre manzana y manzana que esta vez no le parecieron solitarias sino discretas. Se preguntó en cuántas habría mujeres como ella, casadas y apenas satisfechas. Entró al almacén a curiosear —era el único lugar donde se podía entrar a ver algo y donde había una persona— y de pronto se encontró allí observando y evaluando al negro que atendía. Y por Dios, ¡era algo viejo pero estaba bueno! Hizo como que miraba unas baterías cerca de él, para verlo de cuerpo entero detrás de la caja. Era un negro alto y fibroso, rápido de mirada, con el rosto curtido que no llegaba a ser rústico. La Turca se dio cuenta que ese negro era un macho típico, como alguno de sus amantes que había tenido antes de casarse. Se lo podría coger sin ningún problema (se había dejado la noche anterior por quince tipos más feos). Se lo quería coger. “Ay, Porotito, mi amor… —pensó—. Me lo voy a coger”.
Le acercó un blíster con dos Duracell y le sonrió al negro.
—¿Sos nueva en Ensanche o estás de visita?
—Ni estoy de visita ni soy nada nueva…
Rieron. El negro la miró a los ojos y luego le miró sin el menor disimulo los pechos grandes bajo el pullover y las ancas generosas. La Turca se mojó ante tanta decisión.