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martes, 12 de septiembre de 2017

El Club de la Pelea (02)

—¿Te tenés que ir vestida así, amor?
Benigno tenía el corazón acelerado por más de una razón. Su mujer estaba allí, frente a él, mirándose en el espejo del placar con el sostén en una mano y terminando de acomodarse la remera. Estaba muy sensual. Los enormes pechos tenían una caída natural, única, y se le marcaban los pezones bajo la tela delgada. Los shortcitos de lycra que había comenzado a usar en los últimos días eran terriblemente breves, muchísimo más que los que usó al principio. Éste que llevaba puesto ahora venía estampado simulando ser tela de jean, pero era escueto como un culote y le dejaba medio trasero al aire, y al ser elástico, con cada movimiento mínimo se le enterraba un poco más entre las nalgas.
—Teneme —pidó ella, y le dio el corpiño.
Se quitó la calza, primero, y quedó en una tanguita chiquita, tragada por ese culazo inflado y redondo. Se la quitó también y quedó desnuda. A Benigno se le puso de piedra. Ella se colocó de nuevamente la calcita, ahora sin nada debajo, y volvió a mirarse al espejo.
—¡No podés ir así, estás desnuda debajo de la ropa!
—Uy, no te pongas histérico, Beni. Es para hacer más rápido cuando te quieran pegar.
Esa era la segunda cosa que le aceleraba el corazón. La indolencia con que ella se tomaba todo ese asunto y cómo había naturalizado cada uno de los abusos que le infringían los borrachines del club en estas últimas cinco semanas. A Antonio, don Omar y Pústula, que se encerraron con ella y se la garcharon los primeros diez días, le siguieron Champingnon —un tipo más joven y roñoso, lleno de granos de viruela—, don Gervasio —un viejo que a Benigno siempre le había parecido tranquilo, uno de los pocos que no festejaba cada vez que alguno se llevaba a su mujer al cuartito—, y Remolacha, un viejo hijo de puta que hizo gritar a su mujer como un chancho en el matadero. La tercera semana se la cogieron otros tres: don Tito, el Cortina y Jean Del; y la cuarta fue el turno del Rengo, el dueño del bar, que le tenía ganas desde el primer día. Benigno no conocía el nombre de los viejos, los fue aprendiendo a fuerza de cogidas y corneadas. A mitad de la segunda semana Gimena comenzó a informárselo. Salía del cuartito, venía hacia él, lo besaba cariñosamente en la frente, o en la boca —con gusto a pija—, y mientras el tipo que recién se la había cogido todavía se acomodaba la verga, ella le decía:
—Te volví a salvar, mi amor. Ya convencí a don Fulano de que no te pegue.
Pero en la tercera semana abandonó todo eufemismo.
—El que me acaba de llenar de leche es Jean Del, mi amor… No grité mucho, ¿no? No me gustaría hacerte quedar como un cornudo.
Le sonreía como con cierto prurito y se iba a entrenar a la pista de patinaje, y todos los viejos —excepto el que se la terminara de garchar, que solía tomar algo para hidratarse— giraba a mirarle el culazo de regreso.
Era cierto, ella terminaba encerrada con alguno en el cuartito para salvarlo de una golpiza segura, pero parecía negarse a ver que esos tipos del club buscaban problemas con el solo objeto de su intervención y negociar con una cogida.
Por eso ahora, viéndola frente al espejo, se indignó:
—Ya das por sentado que me van a querer pegar. ¡Vas predispuesta a dejarte coger!
—Hasta ahora siempre te metiste en líos, cada una de las veces que fuimos al club. La verdad es que ya sería hora de que dejes de comportarte como un chiquilín haciéndote el machito con esos viejos babosos…
—Pero yo no hago nada, Gime, ¡te lo dije mil veces! Inventan cosas para terminar cogiéndote. Por eso no quiero ir más…
—¡Yo no voy a ir sola a ese club lleno de viejos degenerados! Sin tu protección se van a querer pasar de vivos.
—¡Pero si ya te cogen todos cada vez que vamos! Mi amor, estos últimos veinte días cogiste muchísimas más veces con ellos que conmigo.
Gimena se quitó la calza y se puso la tanguita nuevamente.
—Está bien, ganás vos, como siempre. Me voy con la bombachita puesta, pero el corpiño lo dejo acá, es lo primero que sacan y tiran al piso cuando me meten en el cuartito. ¡Cómo se nota que no sos vos el que lavás en casa!
¿Era un triunfo o una derrota? Benigno no lo supo definir.
—Preferiría no acompañarte, amor… Un día de estos no vas a llegar a tiempo y me van a romper la cara…
—No seas maricón, Beni, cuando te ponés así de miedoso me pregunto si sigo viviendo con el machazo rudo con el que me casé…


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Se publica el 1 de Octubre

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Las cosas se ponen cada vez peor para la Turca y el Poroto... Bueno, sólo para el Poroto.