viernes, 28 de julio de 2017

Bombeando (04) (Parte II) (Tamy)

Bombeando (04) (Parte II) (Tamy)

Por Rebelde Buey

El camión cisterna llegó envuelto en polvo y humo blanco. Era más viejo y destartalado que la camioneta de don Roque. Seguro que el hijo de puta habría llamado a algún viejo como él, amigo de toda la vida, para mostrarle —y ufanarse de— la pendeja que se había cogido.
Pero del camioncito salió un muchacho de unos 30 o 35 años, alto, ancho de hombros, de abdominales planos y cabello enmarañado. Tenía los ojos claros y la piel bronceada por el yugo, con una cicatriz fea en la mejilla mal afeitada, que le deba un aire de narcotraficante “bueno” de telenovela.
Tamy me soltó de inmediato y se fue hacia él.
—Hacete cargo de mi hijo, cuerno...
Fue tan fría en la forma de decirlo que me dejó sin reacción. En cambio no fue nada frío el andar y el bamboleo reguetonero de caderas cuando se dirigió hacia el tipo. No puedo asegurarlo porque nomás veía la espalda de ella, pero me juego una paja a que ya le sonreía.
—Tamy, comportate —la grité entre dientes. Por toda respuesta solo levantó una mano con desdén, ni siquiera giró para mirarme y tranquilizarme.
—Hola, preciosa —la saludó Machete con una sonrisa. Así, "hola, preciosa", como si estuviera en un boliche. Algo me decía que mientras yo estuve entreteniendo a Botellita, el viejo estuvo haciendo algo más que cogerse a mi mujer en el auto. Machete parecía tener demasiada información.
Don Roque lo saludó con un apretón de manos y un guiño.
—Hay que llenarle el tanque a esta belleza.
No se refería a mi auto, eso seguro.
Tamy ya estaba junto a Machete, que la miró de arriba a abajo sin disimulo, como si fuera una cosa garchable puesta en un escaparate. Se dieron un beso en la mejilla, casi rozándose lo labios, y yo me acerqué y me pegué a mi mujer como para marcar y proteger lo que por derecho solo me pertenecía a mí. Machete ni me registró, siguió mirando y sonriendo a Tamy.
Entonces don Roque, supongo que fastidiado porque yo me le pegué a su hembra, dijo con una brutalidad total:
—Acá el cornudo necesita nafta para llegar al primer pueblo. ¿Qué descuento le podés hacer?
¡Ah, no! Ya conocía el versito del descuento.
—No, ¡qué descuento! —salté— No quiero descuento de nada. Solo llene y cóbreme lo que me tenga que cobrar.
—Te la voy a llenar, no te preocupes —dijo, y esta vez miró a mi mujer a los ojos, y ella le sonrió. Ahí me di cuenta que se habían acercado mucho entre sí, y con los brazos en jarra, Tamy lo estaba tocando disimuladamente—. El único problema es que se me rompió la bomba del tanque.
—¿Qué bomba? ¿De qué estaba hablando?
Ya me estaba poniendo nervioso.
—La bomba que manda la nafta de la cisterna a su tanque.
—¿Pero puede cargarlo o no, carajo? —me impacienté.
Entonces don Roque me tomó de la base del cuello. Fuerte, muy fuerte.
—No sea soberbio, porteñito. ¿No le enseñé hace un rato que debe ser respetuoso con el prójimo?
El movimiento me sorprendió. Quedé a su merced con su manaza que me apretaba cada vez más fuerte y el dolor comenzó a acalambrarme las piernas. Vi a Machete sonreírle y zalamear a Tamy, que no parecía darse cuenta de nada a pesar de estar a mi lado.
—Por favor, don Roque... —murmuré, tartamudeando por el dolor, pero más por la humillación de ser sometido al lado de mi esposa.
—Todos ustedes son iguales, vienen a los pueblitos y se quieren aprovechar de nosotros.
Caí de rodillas al suelo, tomándome el cuello. Recién ahí Tamy pareció advertir algo:
—Mi amor, ¿te tropezaste?
—¡Maricón! —sentenció don Roque con desprecio.
Desde el suelo vi el brazo de Machete rodear la cintura de mi mujer y la mano apoyarse sobre un anca.
—Tiene que haber una forma.... —rogué al borde de las lágrimas.
—Hay una bomba manual —dijo el muchacho, sin darle mayor importancia. Seguía distraído con Tamy—. Pero yo no voy a accionarla. Está oxidada, se traba…
—Mi amor —dijo Tamy, ayudándome a levantar—, con Machete y don Roque pensamos que quizás lo mejor sea que ellos me lleven al pueblo así yo busco ayuda, y vos te quedas cuidando el auto con Botellita, y de paso tenés tiempo de calidad con él.
—¡No, no, no! —me apuré a decir, y restregué el hombro— No voy a dejarte ir sola a un pueblo desconocido, puede ser peligroso.
—No hay problema, ellos se ofrecieron a cuidarme.
Iba a gritarle a Tamy que se deje de joder, que me daba cuenta que se los quería coger. Eso me enfurecía, pero el dolor en el cuello y la mirada de pocos amigos de don Roque me hicieron recapacitar.
—Tamy, mi amor, no quiero separarte de Botellita —y miré a Machete, tratando de no bajar la mirada porque me parecía que el hijo de puta estaba manoseando a mi amorcito—. Yo puedo accionar esa bomba manual —Por un momento recordé la primera vez que fui a Lobos, la pileta vacía y la bomba, y me estremecí—. Total, ¿cuánto se puede tardar en llenar un tanquecito?
Tomara el tiempo que tomara, nomás agarrar la bomba me di cuenta que con esa porquería a mí me iba a llevar cien veces más. No solo estaba oxidada, estaba sucia de nafta y gasoil engrasado, de modo que había formado una costra en la varilla del pistón y se había taponado más de dos tercios del pico de salida. Machete instaló la bomba manual al pie del tanque cisterna y nada más.
—Ahí tiene —me dijo—. Bombee —y buscó a Tamy con la mirada, que estaba llegando al auto y quitándose las sandalias para entrar—. Yo voy a cobrarme con su mujer.
Y se fue con ella.


Ah, porque no les dije que en cuanto acepté bombear para que no se llevaran a mi mujer al pueblo, el hijo de puta de Machete dijo que nos ayudaba pero bajo el mismo arreglo que don Roque. Tamy pegó un saltito y la boca se le agrandó de oreja a oreja, aunque tuvo la deferencia de decirles:
—No me parece justo, ¡es un abuso! Ustedes dos cogiéndome y el pobre cornudo bombeando —Era una manera extraña de defenderme, porque la sonrisa no la hacía parecer muy indignada, más bien burlona.
Yo protesté. Por una vez apoyé a mi mujer para hacer frente común. Pero enseguida, casi al segundo, Tamy dijo:
—Aunque don Roque ya me cogió y se vació dos veces, mi amor. Un abuso más o un abuso menos no va a cambiar nada.
¡Maldita sea! Tamy siempre hacía la misma cuenta: una más, una menos... Al final se la terminaban garchando todos. Cuando llegáramos a casa tendríamos que hablar para corregir esto.


Cuando llegáramos a casa, no ahora. Porque ahora el turro de Machete la estaba metiendo en el auto, manoseándole el culazo a mi mujer, igual que horas antes había hecho don Roque.
—Papá, ¿el señor nuevo también va a hacer gritar a mamá...?
Botellita estaba a mi lado y miraba igual que yo cómo Machete y su madre se metían al auto.
—N-no sé mi amor, no creo —mentí, porque había visto el bulto del tal Machete y era descomunal. En realidad no el bulto, sino la verga larga y ancha que se le marcaba bajo la pierna del pantalón.
Don Roque había desaparecido, estaba meando al otro lado del camión. Yo le pedí a Botellita un destornillador, como para entretenerlo, y me lo trajo enseguida. Comencé a destapar el pico que conectaba a la manguera, y eso le resultó a mi hijo un juego de grandes y me pidió hacerlo él. Cedí mi lugar y aproveché para mirar furtivamente al auto, a unos siete metros. Tamy miraba hacia abajo con cara de sorpresa, seguramente maravillada por comprobar lo que se insinuaba dentro del pantalón de Machete.
Don Roque regresó de liberar su vejiga. Venía latigueando su verga de derecha a izquierda, sacudiéndolo. ¡Carajo!, tenía una víbora pitón entre las piernas. Con razón Tamy había querido ir al pueblo con él. Ya hablaríamos también de esto en casa. Botellita terminó de destapar el pico.
Fui al auto con el extremo de la manguera, para meterla en el tanque de nafta. La boca del tanque, ya saben, está pegado a los asientos traseros. Aproveché para hacer todo lento y así espiar —es decir, controlar— lo que tenía Machete entre las piernas y lo que le iba a hacer a mi mujer. Machete la tenía enorme, más imponente incluso que don Roque. Por suerte no tan monstruosa como la de Botellón, que mi mujer debía soportar cada verano, ensillada de verga mientras los otros la arengaban.
Tamy se había arrodillado y le ofrecía el culo y la concha a este nuevo hijo de puta, apoyándose e incluso sacando la cabeza por la ventanilla abierta para que el abusador estuviera más cómodo. Y el abusador estaba tan cómodo que, arrodillado detrás de ella, había apoyado el vergón sobre las nalgas de mi mujer, por la raya. Yo no estaba del lado de Tamy, sino del de Machete. Veía claramente esa manguera de carne, gruesa y pesada, apoyada sobre y entre las nalgas de mi mujer y llegar hasta cerca de la cintura. "No le va a entrar semejante pedazo", pensé, mientras veía cómo Machete soltaba la pija sobre la cola de Tamy para que sintiera y vibrara con ese peso muerto.
Metí la manguera en la boca del tanque, que de tan finita bailaba, y me asomé por la ventanilla.
—Señor Machete, no le va a meter todo eso, ¿verdad? —Tamy se rió— No quiero que la lastime.
—Mi amor, por ahí abajo salió Botellita, puede entrar lo que sea que disponga un buen macho.
A veces Tamy hablaba así. No durante el año, pero sí durante los veranos en la quinta de Lobos.
—No, bebé —dijo Machete, entre jocoso y amable, y comenzó a masajearle las nalgas—. Este pedazo te va entrar por la colita... quiero sentirte realmente estrecha.
Tamy rió, como si fuera un chiste. Yo me angustié. Aunque cada año se lo hacían Botellón, don José y el Indio, sabía que alguna vez me iba a tocar a mí y no quería que más machos me la siguieran ensanchando.
—No, Machete, ¡el culo no!
Machete ya se masajeaba la verga, como para endurecer y penetrar.
—Tranquilo, cuerno, que no le va a doler.
—¡No es eso!, ¡no quiero que me la estire!



PODÉS COMENTAR EL RELATO ACÁ ABAJO, COMO SIEMPRE

2 comentarios:

  1. Mikel (en patreon)24 de julio de 2017, 15:11

    es increible ese final...me encanto

    ResponderEliminar
  2. Muy buen final, Rebelde!!! Es el que se merece un cornudo tan tan cornudo como éste!!! Acabo de anotarme en tu nuevo blog, y veo que has llegado a los primeros 10 suscriptores... FELICITACIONES!!!!! PUI

    ResponderEliminar

Ya disponible para leer

Ya disponible para leer
CLICK PARA CHUSMEAR